– He perdido la esperanza -dijo Saga con un suspiro-. No hay remedio.
Movió la cabeza tristemente. Raquel seguía mirándola con ojos aterrados.
Es inútil.
– Es inútil -dijo Saga y dio media vuelta.
De pronto el pánico la dominó. Tiró de las ataduras, desesperada.
– ¡Saga, mátame! ¡Mátame ahora mismo, por favor…! Jacqueline…!
Casi todas las damas habían desaparecido ya. Saga las siguió y. entró en la casa.
Solo la mujer obesa se había quedado rezagada. Se inclinaba hacia el niño con el medallón de macho cabrío colgando entre sus pechos.
– ¡Cada vez que me acerco, tú te alejas…! ¡Quédate quieto en algún sitio, que solo quiero hablar contigo, mocoso…! ¿Quién podría enfrenar a este potrillo…? ¡Ay, miras como una vaca frisona! ¡Qué ojos más grandotes…! ¿Sabes a quién te pareces…? A tu mamá, cuando nos miraba fijamente… Sí, igual que tu madre… No la de ahora, claro, esta estúpida llorona, sino la antigua, la verdadera… ¿La recuerdas?
– No -dijo el niño.
– ¡Pues tendrías que haber visto qué mirada…! Tú has salido a ella, te lo aseguro. Vas a ser un jovencito enloquecedor, ya verás. Las chicas no te dejarán en paz… Bueno, tu madre era muy mandona también, hay que reconocerlo… Ahí donde la ves, llorando como una idiota, y era de cuidado tu mamá…
– Mi madre no es idiota -dijo el niño.
– Es una forma cariñosa de expresarme… -De repente la mujer se incorporó de un salto y giró hacia la casa-. ¿Queréis hacer el favor de bajar la música…? ¡Así no se puede hablar…! -Resopló, se ajustó las gafas en el puente de la nariz, retornó al niño y sonrió con dientes manchados de carmín-. Se creen que a todas nos gusta bailar, y no es así. Algunas preferimos conversar, ¿no es cierto…? Lo único puro son las palabras. Solo los versos merecen la pena.
– Maleficiae… -gimoteó Raquel.
Deseaba que todo pasara lo más pronto posible, pero sabía que ni siquiera eso le sería concedido.
Todo pasaría muy lento.
– Maleficiae, por favor…
– ¿Quieres callarte y dejarme charlar un rato con el pequeño…? Qué pesada es tu madre… ¿Puedes soportarla…? Bah, no le hagamos caso, a ver si así se calla. ¿Sabías que existe un país llamado México? ¿Y sabías que en ese país vive una serpiente que tiene cuatro narices…?
– Es mentira -dijo el niño.
– Es más verdad que el mundo. Que se me rompan las bragas si miento. Cuatro narices. Me pregunto para qué querrá cuatro: ¿olerá cuatro cosas diferentes a la vez…? Se llama nauyaca, y es capaz de comerse a sí misma…
– Ma-male-ficiaeee… No…
– Te haré una pregunta… -Cogió la carita del niño entre sus manos de uñas pintadas-. ¿Quieres dejar de mirar a tu mamá…? Odio que no me escuchen cuando hablo, guapo… Voy a hacerte una pregunta, presta atención: ¿qué es lo único que jamás podría comerse una serpiente que se comiera a sí misma?
– La cabeza -respondió el niño.
– ¡Eso es! ¡Qué listo eres…!
– Por fa fa-vor… Por…
– ¡Cállate de una vez¡ -chilló la dama en dirección a la muchacha y susurró unas cuantas palabras inglesas. De repente Raquel sintió que seguía moviendo la boca, la lengua y la garganta, pero no lograba hablar. No emitía sonido alguno. Su llanto también había enmudecido-. Esto es otra cosa. Qué tranquilidad, qué silencio… ¡Oh, no pongas esa cara, pequeño, no le he hecho nada a mamá…! Solo le he quitado el sonido… Conocía un viejo verso sasánida en lengua pelvi que hubiera logrado lo mismo en menos tiempo, pero ya soy vieja y no lo recuerdo. No obstante, mejor esto que nada… ¡Pero, mírala…! Ahora que no puede gritar, no quiere cuentas con nosotros, ¿te has fijado…? ¡Qué falta de consideración, cerrar los ojos…! -Recitó otro verso, esta vez en francés, y los párpados superiores de Raquel se abrieron y tensaron con la fuerza de muelles de acero, como amarrados a los balcones de las cejas. Sus ojos emergieron grandes, empavorecidos y quietos como gemas de ónice.
No podía cerrarlos.
No podía dejar de mirar. No podía gritar.
– Así está mejor -dijo la mujer, y se volvió otra vez hacia el niño.
Rulfo movía la cabeza, asintiendo. Todo le parecía correcto. Se encontraba en un estado no demasiado feliz pero sí adormecedor, esa clase de letargo que sucede al orgasmo. Le hubiese gustado sentarse, ya que llevaba mucho tiempo atado y de pie, pero hasta eso parecía a punto de tener remedio: los gentiles mayordomos habían anunciado que le quitarían las ligaduras.
Por otro lado, era satisfactorio comprobar que Raquel había dejado de gritar y llorar. Una «tranquilidad», como decía la mujer obesa de las gafas. Ahora todo transcurría con placidez: la infinita variedad de polillas y mariposas nocturnas hechizaba la vista, la temperatura era excelente, se escuchaban valses, conversaciones y carcajadas provenientes de la casa y canto de cigarras en el jardín. Por si fuera poco, los mayordomos habían empezado a desatarle. ¿Qué más podía pedir?
Agachada junta a él, la señora de las gafas dibujaba o escribía algo en el pecho del niño desnudo. Rulfo los contempló con divertida curiosidad.
– Estás delgaducho. -Al tiempo que hablaba, la señora se aplicaba en trazar las pequeñas letras con una caligrafía sorprendentemente buena mediante la uña de su dedo índice-. Te aseguro que si vivieras conmigo no ibas a estar así… Hago una bouillabaise que te chuparías los dedos. Pero los buñuelos de viento son mi especialidad…
Rulfo reconoció el verso incluso antes de que estuviera completo y lo aprobó con un movimiento de cabeza. Era uno de los poemas más hermosos que conocía.
Amada en el amado transfor
– Qué piel más blanca, qué fácil escribir sobre ti… ¿Sabes qué es esto…? Una bellísima línea de san Juan de la Cruz… ¿Te suena ese nombre…? Oh, era un señor muy bueno y muy santo que componía poemas entre deliquios místicos… Te contaré un secreto: cuando se inspiraba, sus ojos se convertían en rombos, en losanges negras, y se sentía arrebatado como por las garras de un neblí… ¿Puedes creerlo? Fue muy santo, desde luego, pero también algo pendón, aunque solo en su juventud…
Los amables mayordomos habían terminado de desatarlo. No sentía ni el más leve hormigueo, lo cual le resultaba sorprendente, ya que recordaba haber permanecido inmóvil varias horas seguidas. Lo cogieron de los brazos y se dejó llevar: sabía que se dirigían a la casa y estaba deseando participar en la fiesta. Solo se detuvo para invitar a Raquel a acompañarle, pero cuando se volvió hacia ella quedó asombrado: la muchacha tenía los ojos desmesuradamente abiertos y miraba al niño con extraña y perturbadora expresión. Pese a su estado de absoluto bienestar, Rulfo se sintió un poco inquieto.
– Perdddón -murmuró con lengua pastosa, e hizo amago de acercarse a ella, pero los mayordomos se lo impidieron entre sonrisas.
– Venga con nosotros y veremos qué se puede hacer -sugirió uno de ellos.
Le pareció buena idea buscar ayuda en el interior de la casa. Se dejó conducir. A su espalda escuchó la voz de la señora declamando: Amada en el amado transformada. Quiso volverse para indicarle que así no se acentuaban esas palabras, pero ya habían llegado a la luminosa terraza.
La fiesta se encontraba en todo su apogeo. Rulfo cogió una fina copa de champán y deambuló con parsimonia de un salón a otro. Nunca había presenciado un acontecimiento de aquellas características, y lo más sorprendente era que nunca había deseado hacerlo. Pero, ahora que por fin participaba en uno, lo encontraba muy agradable, incluso sensual. Todo, desde los dibujos de las alfombras hasta el brillo satinado de los vestidos de las mujeres, le atraía. Temió al principio que alguien se burlara de él o adivinara que no estaba a la altura de las circunstancias, pero no sucedió nada de eso. Pronto se dio cuenta de que no solo lo admitían sino que, por sus expresiones y gestos, cabía deducir, incluso, que se preocupaban de su comodidad.