En uno de los salones sonaban valses en un piano de pared aporreado hábilmente por un tipo cuyo esmoquin resultaba algo grande. Los invitados dejaban las copas donde podían para lograr aplaudir. Otro hombre contaba chistes en francés coreado por carcajadas de placer. Rulfo se detuvo a escuchar, y de repente alguien se le acercó. Era una adolescente de pelo caoba ondulado y vestido de lentejuelas abierto por un costado. Sostenía una copa.
– ¿Se divierte?
Contempló aquellos ojos alegres, aquellos parpadeos aleteantes, aquel pequeño busto respirando en el borde del escote. Sonrió.
– Muchhho. -Aún se sentía un poco torpe, y eso le hizo enrojecer.
Pero a la adolescente no parecía importarle un rábano su forma de hablar. Se acercó más y, para su sorpresa, hundió los carnosos labios en los suyos. El beso fue más que agradable: despertó en él un inmediato deseo sexual. Le devolvió el juego de lenguas y de repente le pareció que podía hacerle el amor allí mismo, sobre la alfombra, delante de los invitados. La cogió del talle, pero la muchacha se alejó riéndose en un tono cantarín, ligeramente burlón, haciendo oscilar su delicada pedrería. A él no le ofendió aquel comportamiento. Pensó que era el más adecuado, teniendo en cuenta las circunstancias. Se trataba de una fiesta, no una bacanal. La gente se divertía pero no hacía nada incorrecto. Sin embargo, el contacto con la chica le había excitado. Decidió seguirla.
Se deslizó por la puerta y accedió a otro salón con mesas de bufé. Pero había demasiada gente y no lograba ver a la joven. Paseó junto a las mesas. Le ardían las mejillas. Le escocían. Recordó vagamente que alguien había dibujado o escrito algo sobre ellas, pero no recordaba qué. Le pareció gracioso.
De improviso descubrió a la adolescente al otro lado de las mesas, tras un zigurat de canapés. Ella le sonreía. Decidió que era muy bella. Algo estrábica, quizá, pero sus ojos destellaban como luceros y sus labios parecían peonías de sangre. Estaba llevándose a estos últimos una especie de bayonesa donde la cidra se derramaba por el borde. Mientras masticaba se alejó sin dejar de mirar a Rulfo, tamborileando sobre la mesa con sus pequeños dedos, como si estuviera dudando acerca de qué otra vianda elegir, y desapareció por una puerta remota. Esta vez no irá muy lejos, pensó él, divertido.
Alguien había empezado a recitar algo en el salón: La elipse de un grito /va de monte /a monte. Creyó reconocer un poema de Lorca pero no le prestó atención. Llegó a la puerta y descubrió un pasillo alfombrado. Al fondo, otra puerta se cerraba con un centelleo de lentejuelas. Sonrió y se dirigió hacia allí. Al abrirla encontró algo inesperado.
Oscuridad absoluta, densa, impenetrable.
Balbució algunas palabras, pero no obtuvo respuesta. Sin embargo, desde algún lugar le llegó un ajetreo de sedas arrojadas al suelo. Aquella simple percepción le hizo jadear. Sin importarle la enorme tiniebla, entró y cerró la puerta. Estaba casi seguro de que se trataba de una habitación pequeña. No descubrió interruptores. Dio un paso, luego otro. Tuvo la certeza de que la muchacha lo aguardaba allí dentro, desnuda. Sintió moverse algo a sus pies. Acercó la punta del zapato y tropezó con un objeto recio. Se agachó y lo tocó: textura de ropaje, dureza de lentejuelas. Sin embargo, la muchacha no se lo había quitado, obviamente, porque el vestido se movía. Pensó que podía ser la zona de la cintura, pero resultaba demasiado estrecha, larga y fría, y se deslizaba bajo la palma de sus manos.
Todo aquello le inquietó. Se levantó y retrocedió buscando la salida. A su espalda escuchó, inesperadamente, la voz de la chica, al tiempo que una risita:
– ¿Adónde vas…?
Pero él ya había abierto la puerta y salía, tambaleante, a la claridad. No comprendía lo que había ocurrido y no le importaba. Deseaba vivir otras experiencias. Aquella fiesta resultaba, en conjunto, ciertamente inusual, pero muy agradable.
Cuando regresó al salón se detuvo. Una mujer de pelo completamente blanco, anciana pero todavía hermosa, de ojos como topacios, vestida con un anacrónico modelo del XIX, se había sentado al piano. Recibió aplausos cuando sus delgadísimos dedos escalaron las teclas, iniciando una tonada muy suave que él reconoció enseguida -«Tenderly»-, al tiempo que cantaba con la voz humosa de una buena imitadora de Billie Holiday.
Su forma de cantar fascinaba a Rulfo. Se quedó allí parado, deseando únicamente escucharla. La anciana pareció percatarse de su fervor, porque durante la pausa entre las estrofas le regaló el guiño de uno de sus densos y brillantes topacios.
Aquella música lo sumía en una ondulación de placer, un ensueño tan delicado como una filigrana de plata. Sin embargo, pese a que estaba pendiente de cada gesto de la intérprete, percibió algo con el rabillo del ojo. Se volvió y comprobó que, por casualidad, se encontraba de pie junto a una ventana. Lo que le había distraído era un movimiento en el cenador del jardín.
La escena que contempló allí retuvo su atención durante más tiempo del que había pretendido en un principio.
En el cenador se celebraba otra especie de fiesta, al parecer más interesante, a juzgar por las mujeres desnudas de nalgas lunadas y blancas como cruasanes sin cocer que se aglomeraban bajo las guirnaldas. Por alguna razón, le pareció importante contarlas: doce. Estaban tan juntas unas con otras que resultaba difícil saber qué hacían. Entre los resquicios de sus cuerpos vislumbró a una chica de vestido rojo y pelo negro. Creyó conocerla, pero no pudo recordar su nombre.
Y frente a ellas vio
algo más.
Se esforzó en averiguar qué era. Parecía una estaca enterrada en el césped. Y sobre ella, como clavado en la punta… Aguzó la vista. ¿Qué había?
¿Qué era aquello, por Dios? ¿Un muñeco roto?
La canción acabó con un arpegio cristalino y estalló una salva de aplausos que hicieron que Rulfo girara la cabeza. La anciana se inclinó y le envió un beso aéreo que él devolvió encantado. Cuando retornó a la ventana, alguien había corrido las cortinas.
Una pregunta, sin embargo, comenzó a asediarle. Una duda largamente postergada. Tenía mucha relación con lo que acababa de contemplar.
Deseoso de saber la respuesta, buscó a su alrededor y vio a un hombre gordo de cabellos blancos bebiendo champán. Se acercó a él, abrió la boca y emitió algunos sonidos desarticulados. El tipo lo miró con cierto desprecio y se apartó. Rulfo se maldijo a sí mismo por olvidar que había perdido la capacidad de hablar.
Alguien en el salón había empezado a recitar «El gusano conquistador» de Poe. En ese momento se sintió muy mareado. La luz comenzaba a ser derogada de sus ojos. Anduvo algunos pasos trastabillando hasta tropezar con otro hombre que no vestía de esmoquin sino una especie de largo caftán. El hombre le dijo algo y Rulfo intentó pedir disculpas, pero descubrió que ni siquiera sabía cómo hacerlo. Cayó al suelo de rodillas, entre una nubada de palabras inglesas. Mientras cerraba los ojos pensó en la pregunta que no había podido hacer.