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Cada vez le parecía más urgente responderla, como si fuera vital, como si de eso dependiera su felicidad y su futuro y la felicidad y el futuro de muchos como él.

Siempre eran doce.

Doce.

Faltaba una.

Quería que alguien le dijera dónde estaba la que faltaba.

XII. EL DESPERTAR

Ballesteros alzó la cabeza tras auscultar la respiración del anciano.

– No está usted tan mal como cree, abuelo, así que no ponga esa cara.

El paciente esbozó una sonrisa, y su esposa, una viejecita menuda con gafas y rostro afilado, miró al techo y susurró algo en dirección a Dios. Pero Ballesteros pensó que Dios sí sabía la verdad: la insuficiencia respiratoria de aquel hombre había empeorado un poco, aunque no de forma preocupante. Además, lo mismo había ocurrido con el clima. Noviembre había comenzado con semblante hosco: gruesos nubarrones grises que no terminaban de cuajar en lluvia desfilaban por la ventana removidos por un viento helado. Tal circunstancia empeoraba invariablemente los bronquios de todos sus ancianos. Supuso que con una ligera modificación del tratamiento su estado mejoraría. A él no le ocurría lo mismo. Necesito algo más que una ligera modificación de tratamiento, pensó.

Devolvió la sonrisa que el matrimonio le dedicó al despedirse. Entonces sintió que los aceitunados y hermosos ojos de Ana lo contemplaban.

– Hoy trae usted mala cara -le dijo la enfermera cuando los ancianos se marcharon-. A ver, qué ha estado haciendo el fin de semana, confiese…

Lo deslumbraba con aquella semiluna de marfil sonriente enmarcada en su rostro moreno. Intentó bromear, como siempre hacía cuando hablaban a solas.

– Los lunes los he llevado mal toda la vida. En esto se nota que no he envejecido.

– Pero, no estará usted malo, ¿no?

Le quitó importancia al tema. Y lo hizo de manera muy simple, con un leve gesto y una sonrisa de confianza. Comprendió de repente que le resultaba muy fácil engañar. Todo el mundo le creía. Para evitar que supieran la verdad, para impedir que descubrieran las tinieblas que albergaba, solo tenía que sonreír y sacudir la cabeza. Eran los privilegios de la soledad y la profesión.

Se alegró de que la conversación y la entrada del siguiente enfermo quedaran interrumpidos a la vez por el teléfono. Su enfermera contestó, y él dispuso de cierto tiempo para cerrar los ojos. Aunque sabía que, si lo hacía,

el bosque

todo se repetiría de nuevo.

– Doctor.

– Qué.

Volvería a verla, como en los últimos días. Y todo sería espantoso.

– Es de parte del doctor Tejera, del Provincial. Quiere hablar con usted sobre un paciente ingresado.

el bosque era el sueño

Asintió y cogió el auricular. No era infrecuente que lo llamaran desde un centro clínico para comentarle el caso de alguno de sus enfermos, hospitalizado por cualquier motivo. Fuera como fuese, agradecía a Tejera aquel descanso: le serviría para dejar de pensar en la oscuridad que lo rodeaba.

Pero momentos después supo que estaba completamente equivocado.

Aquélla era la voz de la oscuridad.

El bosque era el sueño.

El mar, la vigilia.

Esta curiosa, doble certidumbre le asedió durante un tiempo impreciso. Si se dormía, si se hundía en la inconsciencia, todo quedaba quieto y sombrío. Era como encontrarse en medio de un bosque impenetrable. Pero al despertar se sentía flotando en un mar que cumplía casi todos los requisitos para serlo salvo la presencia de agua: respiración de olas, luz, balanceos, ausencia de peso. Entonces, en un momento dado, la luz se le convirtió en memoria.

Y lo traspasó.

Irónicamente, fue en ese instante cuando Caparrós (el nombre que aparecía en una de las muchas Tarjetas rectangulares que flotaban sobre él) le dijo a Tejera (otro de los nombres) algo parecido a: «Está mejor». Casi se echó a reír al oírlo, porque aquél era el primer día en que se sentía realmente mal.

– Díganos lo último que recuerda.

– Este hospital.

– ¡Y antes de venir aquí?

– Mi casa.

– ¿Dónde vive usted?

– Calle Lomontano, número cuatro, tercero izquierda.

Está bien, le decían, está muy bien. Luego descubrió que todo se desarrollaba de la misma forma absurda: al día siguiente se sintió mucho peor, y Caparrós y Tejera le dijeron que le iban a dar el alta; al otro, su estado había «mejorado del todo» pero él se encontraba sumido en una horrenda pesadilla de recuerdos. Se dio cuenta de que Caparrós y Tejera -que ya no eran Tarjetas sino Rostros, o, mejor dicho, Médicos- veían la llama, y la llama hablaba y respondía preguntas, y eso les hacía pensar que nada malo ocurría. Pero no advertían al hombre que se quemaba dentro.

Se defendió de las preguntas haciendo otras. Le contestaron que se encontraba en un hospital público de Madrid. Le dijeron que era domingo cuatro de noviembre, y que había estado casi setenta y dos horas en coma. Le explicaron quién lo había hallado -un camionero regresando de un reparto-, cómo había visto su cuerpo tirado en la cuneta de una comarcal cerca de aquel almacén abandonado y llamado a la policía, y éstos a una ambulancia. Diagnóstico provisionaclass="underline" coma etílico.

Le dijeron todo eso, salvo lo que más le importaba. Tuvo que preguntarlo también.

Tejera, que era quien estaba de guardia aquel domingo, asintió con la cabeza. Era un médico joven, moreno, de espeso pelo rizado. Tenía cierta tendencia a convertir la boca en un punto rosado cuando asentía.

– Sí, había otra persona junto a usted, también desmayada. Una mujer. Ignoramos su identidad. Carece de documentación y aún se encuentra en coma.

la miró

– ¿Puede describírmela?

– Lo siento, pero no la he visto. Está en la UVI y la llevan otros compañeros. Pensábamos que usted sabría decirnos…

– Necesito verla -dijo él, tragando saliva.

– La verá.

Pensó que existían dos opciones. Le habían asegurado que no estaba herida, pero eso no probaba nada. Quizá todo lo que él creía que le había sucedido a Susana era falso (rogaba por que fuera así). La otra posibilidad se le antojaba más increíble. ¿Por qué iban a dejar a Raquel con vida, si era obvio que deseaban hacerla pedazos?

No, no podía ser Raquel. Era absurdo. Y cruel. Sería mejor que estuviese muerta.

La miró.

Se hallaba inmóvil, clavada con sondas, sueros y cables a la cama. Tenía los ojos cerrados. La reconoció de inmediato.

– ¿La conoce? -preguntó Tejera.

– No.

Y le pareció que, después de todo, no estaba mintiendo.

La mañana del lunes, Merche, la enfermera de largas pestañas (sabía el nombre de pila de todas las enfermeras pero solo el apellido de los médicos), le anunció que iban a trasladarlo a un sitio más tranquilo que la sala de observación. Un celador fornido de rostro plano y redondo como la luna llena manipuló su silla de ruedas con parsimonia de chofer. Su nueva habitación, situada en otra planta, era todo lo agradable que podía ser un lugar de aquellas características, con una pequeña cama, una mesilla y una ventana basculante donde el cielo aparecía enmarcado como un cuadro de tormenta. El cambio de silencio le hizo caer de inmediato en un profundo sopor del que despertó casi gritando, tras haber soñado con una serpiente que escribía con su lengua un verso de Juan de la Cruz sobre su rostro y desplegaba sus anillos aceitosos para deslizarse por la órbita vacía de