Basta. Pedos mentales.
Aquel súbito recuerdo trajo a su memoria un nombre. Habló con el doctor Tejera y le pidió que le telefoneara.
Recibió la visita por sorpresa, esa misma noche. Creyó que volvía a soñar, porque, de improviso, en la oscuridad dorada de su habitación (solo la lámpara de la cama encendida) vio aparecer el blanco cabello, la barbita bien recortada, el rostro amplio y la corpulencia del médico, que lo miraba con misteriosa tranquilidad.
– ¿Entró, por fin?
Comprendió de inmediato a qué se refería, pero no quiso contestar. Ballesteros acercó una silla y acomodó su anatomía con un suspiro de cansancio.
– ¿Por qué ha venido tan pronto? -inquirió Rulfo-. Creí que ni siquiera se acordaría de mí…
– Hoy no tengo nada que hacer, y no suelo dejar para mañana lo que puedo hacer hoy. ¿Cómo se siente?
– He tenido épocas mejores. Pero ahora no me encuentro demasiado mal -mintió-. Lo único que necesito es volver a fumar.
Ballesteros alzó las cejas y sacudió su cabeza nevada.
– Usted y sus vicios -rezongó-. Ya sabe que esto es un hospital. Y, aunque no fuera así, ¿cómo se atreve a decirle eso a un médico…?
– Me alegro de que haya venido -sonrió Rulfo-. De veras. Se lo agradezco, doctor.
– No se haga el tierno y cuénteme lo que ha pasado.
Rulfo quedó un momento en silencio rumiando aquella petición. Entonces se echó a reír. Pero su ronca carcajada no contagió a Ballesteros.
– La verdad, no sabría explicárselo.
Ballesteros se encogió de hombros.
– Si piensa que así será más fácil, le haré preguntas. El doctor Tejera me dijo que un buen samaritano lo había encontrado desmayado en la cuneta de una comarcal, junto a un almacén cerrado por incendio. ¿Cómo llegó hasta allí?
Hubo una pausa. Rulfo volvió a apoyar la cabeza en la almohada y miró al techo.
Había comprendido de repente el grave error que había cometido.
No dejarán testigos.
Aquella tarde había experimentado la necesidad de compartir con alguien su estado de ánimo, y había recordado el nombre del médico que lo había atendido al principio de todo. Pero ahora se daba cuenta de que había sido una metedura de pata, y no precisamente por la razón que aducía (la imposibilidad de explicarse) sino por otra, mucho más importante, más ominosa.
Contempló los cansados y leales ojos grises de Ballesteros rodeados por un rostro enorme de Papá Noel de incógnito, y sintió rencor contra sí mismo. No podía brindarle ni la más leve información, por que, en caso contrario, aquel pobre médico sufriría las consecuencias: como Marcano, como Rauschen…, quizá también como César, que no respondía a sus repetidas llamadas telefónicas…
No dejarán testigos.
A él mismo le sorprendía seguir conservando la vida y la memoria, pero el motivo de aquella excepción -sospechó- debía de ser que aún lo necesitaban: quizá para seguir interrogándolo. Saga lo había dicho: Tenemos mucho tiempo por delante.
No, no podía hablar. Ya había implicado a demasiados inocentes.
– ¿Y bien? -exigió Ballesteros.
– Le diré lo que recuerdo… Me temo que esa noche bebí más de la cuenta. Luego cogí el coche, salí de Madrid y aparqué en algún sitio para dormir la mona. Entonces desperté en este hospital.
Ballesteros lo escrutaba como si fueran los ojos de Rulfo los que dijeran cosas.
– Eso no es tan difícil de explicar -comentó-. Y puedo creerlo perfectamente. De hecho, tenía usted altos niveles de alcohol en sangre cuando lo trajeron. He estado revisando su historia antes de entrar a verle.
– Pues entonces, todo aclarado. Fue una borrachera estúpida.
– ¿Y la mujer?
Rulfo se le quedó mirando.
– Ya veo que ha hecho bien los deberes.
– Siempre los hago -replicó Ballesteros, ojeroso-. Ahora, dígame: ¿quién es la mujer que apareció junto a usted, también inconsciente…? ¿Otra borracha…?
– No la conozco. No la había visto en mi vida.
– Pues es una suerte, porque se encuentra muy grave. Casi en estado de muerte cerebral. El doctor Tejera me ha asegurado que no pasará de esta noche.
Toda la sangre se retiró del rostro de Rulfo.
– ¿Qué?
Ballesteros lo miró con calma.
– Que esa mujer desconocida la va a palmar esta noche -dijo tranquilamente-. Pero ¿por qué me mira así…? ¿No dice que no la conoce…? Claro que a lo mejor sobrevive. Quizá no esté tan grave. Todo depende de si usted la conoce o no.
– Hijo de puta -masculló Rulfo entre dientes.
Ballesteros esbozó la única sonrisa sincera que había logrado producir en aquellos últimos y largos días.
– Por lo visto, le afecta mucho el destino de la gente desconocida. Siempre supe que era usted buena persona.
– Y yo siempre supe que usted era…
– Un cabrón, sí. No se preocupe, dígalo. Lo tengo merecido. No está bien bromear con la salud de la gente. La verdad es que el estado clínico de esa señorita apenas ha variado en las últimas horas… Si acaso, ha experimentado una ligera mejoría: ya parece reaccionar a los estímulos. Y ahora, si me permite, este cabrón le va a hacer otra vez la pregunta: ¿quién es esa mujer y de qué la conoce?
– Ya le he dicho que…
– De acuerdo. Veo que he estado perdiendo el tiempo.
Ballesteros se levantó como un resorte, sorprendentemente ágil para su inmenso cuerpo, y salió de la habitación sin decir palabra. Rulfo respiró aliviado. Le dolía irritarle, pero al menos había logrado evitar las preguntas. Prefería un millón de veces soportar su indignación que ser responsable de todo lo que podía ocurrirle si hablaba.
– Adiós, doctor -dijo-. Un placer haberlo conocido.
Sintió un denso nudo en la garganta De nuevo se encontraba solo, pero ahora no cometería el error de implicar a otros. Recostó la cabeza en la almohada sabiendo con certeza que esa noche no lograría dormir. Entonces, apenas un minuto después de haber salido, Ballesteros entró de nuevo, cerró la puerta y se acercó a la cama. Parecía nervioso.
– Me he asegurado de que nos van a dejar tranquilos. Y ahora dígame de una vez la verdad… ¿Esa mujer es Saga?
Rulfo se quedó mirándolo completamente desconcertado.
No existía la muerte. Existía la tumba.
Todos los que la atendían, los que iban y venían registrando datos, anotando cifras, palpando su cuerpo con instrumentos delicados o simplemente abriendo sus párpados para iluminar su pupila, pensaban que no escuchaba, que no podía sentir. Hablaban de estado de coma y conmoción cerebral; la sometían a ese sinfín de torturas que, en nombre de la piedad, comete la medicina: introducían tubos en su garganta, rozaban sus córneas con gasas, golpeaban sus articulaciones con martillos de goma.
No eran culpables. ¿Cómo iban a saber que estaba viva, consciente y alerta dentro de aquella lápida de carne? Eran simples seres humanos: médicos, enfermeros, ayudantes… Personas que creían lo que creen las personas corrientes: que, si el infierno existe, es necesario morirse para conocerlo.
No, no podía culparles, pese a que, ciertas veces (muchas más de las que deseaba) se sentía capaz de estrangularlos con sus propias manos. Su rabia impotente y remota se volcaba contra ellos, y contra la máquina que contaba sus latidos, y contra aquella luz inclemente que traspasaba sus párpados, y contra el aire y la vida que la rodeaban como una burla cruel.
Ni siquiera enloquecía: se hallaba perfectamente cuerda bajo la locura, los ojos bien abiertos bajo los ojos cerrados, gritando en completo silencio, retorciéndose entre músculos quietos, absurdamente viva dentro de un cadáver.
– Veo un hospital. Me veo caminando por sus pasillos. Pero parece vacío. Entonces oigo algo: un eco, un murmullo lejano. Me doy la vuelta y distingo a una enfermera de espaldas…