Pero al regreso a casa le aguardaba lo peor.
No menos de dos cadenas de televisión y tres periódicos lo esperaban para entrevistarlo, y, a poder ser, hablar con la protagonista. Supo actuar con rapidez. Al ver a los periodistas apostados en la acera, siguió adelante, estacionó en el garaje y llevó a la muchacha a su piso por el ascensor interior, dejándola al cuidado de Rulfo. Luego bajó al portal y habló con ellos. Salió del trance con su acostumbrada y respetable labia. Siempre le había resultado fácil engañar a los demás aun sin proponérselo, y ahora que sí se lo proponía no iba a ser menos. Explicó que era paciente suya y que todavía se hallaba impresionada por lo ocurrido. Citó varias caídas gatunas célebres, incluyendo la de la niña que salió despedida de un avión de pasajeros en pleno vuelo y sobrevivió. Por supuesto, no agregó que en casi todos aquellos casos lo milagroso era la supervivencia, y que la ausencia de lesiones era como otro milagro más añadido al primero. A esas horas de la tarde aún le quedaban dos citas telefónicas con radios nocturnas, pero se podía decir que lo peor había pasado y la curiosidad de los medios de comunicación también. Ballesteros deducía, no sin disgusto, que la tragedia que acababa milagrosamente interesaba mucho menos a la prensa que el milagro que acababa en tragedia.
Tras pensarlo un instante, decidió no añadir hielo. Trajo la botella de Chivas y los dos vasos a la mesa y sirvió cantidades generosas para Rulfo y él. La muchacha repitió que no deseaba beber nada. Él podía comprender su horrible dolor pero, por desgracia, seguía sintiendo una pizca de felicidad. Pensó que al día siguiente todo volvería a su cauce, pero en aquel momento necesitaba más que nunca sumergirse en la algarabía de sus emociones: se daba la circunstancia de que su Razón, en activo durante los últimos cincuenta años, se había marchado de vacaciones (mejor dicho, Eugenio: ha pedido una excedencia indefinida). ¿Acaso no había motivos para celebrarlo?
Rulfo miraba a Raquel.
– Deberíamos decidir qué vamos a hacer.
– A mí se me ocurre algo. -Ella le devolvió la mirada-. Yo no puedo matarme, pero estoy segura de que no soy inmortal.
– Ése no es el camino. Sé lo que estás pensando, pero ése no es el camino…
– Entonces os mataré yo. Os obligaré a matarme: tendréis que hacerlo para conservar la vida.
– Oye -intervino Ballesteros sin impresionarse, animado por las dos porciones de licor que había bebido-, por mí, ya puedes tirarte desde esa ventana cincuenta veces, rebotar y volver a probar. Pero no nos amenaces. Sabemos lo que has sufrido, pero Salomón y yo somos los únicos aliados que te quedan. Métete eso en la cabeza…
– No vamos a hacerte daño, Raquel -añadió Rulfo-. Nunca. En cuanto a ti, puedes hacer lo que quieras. Pero te advierto que mi vida ha dejado de importarme hace mucho.
– Vaya grupito de gente feliz -rezongó Ballesteros-. ¿Qué os parece si, en vez de alegrarnos tanto, hablamos sobre algo práctico…?
Rulfo asintió.
– De hecho, hay un asunto muy importante sobre el que debemos hablar. Los tres hemos tenido sueños que han logrado unirnos. ¿Quién los ha producido y por qué?
Los miró, buscando que participaran. La muchacha, arrellanada en el tresillo, tenía la vista fija en el techo y se mostraba completamente indiferente, como si no estuviera escuchando. Ballesteros, atrapado en mitad de un sorbo -ya era su tercer vaso- asintió con su voluminosa cabeza varias veces.
– Cierto, ése es un punto importante.
– Admitamos que ha sido Lidia… Es decir, Akelos. Es lo más probable. Ella era la número once, «la que Adivina», ¿no es cierto…? Sabía que iba a ser sentenciada por ayudarte y lo organizó todo para lograr nuestra colaboración después de que el grupo la anulara… Lo cual significa que quizá todavía podamos hacer algo. No se habría tomado la molestia de advertirnos tantas cosas si no hubiese sabido desde el principio que podíamos resultar útiles…
– Pero, según me dijiste -interrumpió Ballesteros-, erais realmente útiles. Fuisteis los encargados de sacar esa figura de la pecera y ocultarla…
Rulfo se quedó pensando. Miró a la muchacha otra vez, pero le pareció evidente que no iban a poder contar con su opinión. Debía sacar sus propias conclusiones.
Los sueños. La casa. La figura. ¿Estaba todo hecho, tal como sugería Ballesteros? No. En aquella secuencia había algo que se le escapaba, una pieza importante que no lograba encajar, una tarea aún pendiente. Movió la cabeza, irritado con su propia incapacidad para concentrarse. Los acontecimientos del día habían sido excesivos, se encontraba al borde del agotamiento. Se llevó los dedos a los párpados y se los frotó. Entonces, en medio de aquella breve oscuridad, oyó su voz.
– ¿Sabes lo que le hicieron?
La pregunta.
La que tanto había temido. La que soñaba que ella le hacía una y otra vez. Abrió los ojos: la muchacha lo contemplaba con abrumadora frialdad.
– ¿Sabes lo que ese verso le hizo?
Acércate y mira.
No contestó. Se limitó a desviar la vista.
Recordaba vagos fragmentos de aquella horrible noche, lo cual -pensaba- era una manera como cualquier otra de mantener la cordura. Pero, a ratos, relámpagos a todo color cruzaban su memoria y veía de nuevo el cenador al aire libre, las mariposas, Raquel atada a las flores… Ouroboros… La adolescente del vestido de lentejuelas…
… La estaca clavada en el césped…
… y otras imágenes probablemente irreales, como un mal viaje producido por alucinógenos.
Oh, sí. El peor de los viajes.
– Sé que te escribieron una filacteria en el rostro para drogarte, Salomón… Saga ha preferido mantenerte con vida, igual que a mí, sin duda para averiguar lo que aún no sabe: si alguien más nos ayuda… Pero fuimos la única excepción. -Sus labios no temblaban al hablar. Su semblante desordenado y salvaje brillaba de sudor, pero su tono era sereno-. ¿Quieres que te lo cuente todo, y luego decides si me quitas de en medio o no…? ¿Sabes cuánto tiempo me obligó a mirar…? ¿Puedes comprender, siquiera, todo lo que le hizo…?
El silencio casi se convirtió en oscuridad. Fue un silencio muy largo y muy hondo, como si el mundo hubiese dejado de existir.
un objeto
Las lágrimas fluyeron una a una, como renuentes, mientras ella hablaba.
un objeto, otro
– ¿Lo sabes?
un objeto, otro, todos
– ¿Sabes todo lo que le hizo a mi pequeño…?
Un objeto, otro, todos los que veía.
Sentía el impulso irrefrenable de destrozar cosas. Detrás de su vaso de whisky arrojó otro. Luego tiró un soporte de servilletas de papel. Su dolor no amainaba.
Apenas se percató de que Ballesteros entraba como una exhalación en la cocina y lo sujetaba de los brazos.
– ¿Te has vuelto loco?
Se había hecho de noche en algún momento. La casa y todo el vecindario se encontraban sumidos en el silencio, lo cual incrementaba aún más la sensación de estrépito de su reacción. Él mismo comprendía que era un desahogo inútil, pero tenía que hacerlo, no podía parar. Había estado aguardando hasta comprobar que ella se dormía, pero ya no podía soportar más aquella rabia.