– No te preocupes -jadeó-, los he contado: te debo dos vasos y un adorno de metal. -Se apropió de uno de los platos del fregadero y lo arrojó al suelo-. A lo que hay que sumar ahora…
– ¡Estás borracho…!
Rulfo quiso replicar, pero de pronto se dobló sobre sí mismo, presa de un llanto que casi le pareció una hemorragia de agua salobre.
– ¡Vas a despertarla, estúpido! -exclamó Ballesteros, intentando no alzar la voz-. Se ha dormido por fin, y vas a despertarla… ¡Cálmate de una vez…! ¡Estás completamente borracho…! -Era cierto que él no había bebido mucho menos y también sentía que todo daba vueltas a su alrededor. Y no era menos cierto que, después de las últimas revelaciones, la actitud de Rulfo le parecía comprensible. Sin embargo, consideraba que era preciso hacer todo lo posible para reducir la situación a términos muy simples, o de lo contrario ellos también enloquecerían-. ¡Escúchame de una puñetera vez! -Lo cogió de los brazos, obligándolo a mirarle-. ¡Qué vas a conseguir con esto…? Así no vamos a poder ayudarla… Y yo quiero ayudar… ¡Quiero ayudaros…! No estoy seguro de si fue mi mujer o no quien se me apareció en sueños y me ordenó que os ayudara… A estas alturas, lo mismo podría ser Julia que la bruja de Hansel y Gretel… Pero algo sí que sé: no voy a desobedecer esa orden. ¡Os quiero ayudar, coño…! De modo que trata de calmarte y déjame pensar qué es lo que podemos hacer…
Descender.
Obedeció. De repente se calmó por completo. No recordaba haber llorado tanto desde la muerte de Beatriz, pero no le avergonzaba que Ballesteros lo hubiese visto. De hecho, agradecía aquel llanto: había horadado un espacio muy profundo en su interior.
Descender. Descendamos más.
Se asomaba a ese agujero en el fondo de sí mismo y sentía vértigo.
– Ante todo, debemos pensar en ella -decía Ballesteros-. Es una… una pobre mujer que ha sido torturada por medio de su hijo… Veámoslo de esta forma… Así lo entenderemos mejor… El problema es que no podemos…
Descendamos por ahí.
A fin de cuentas, ¿no les había dicho eso? Por supuesto. Ahora lo recordaba. Les había dicho lo que iba a sucederles, lo que él iba a hacerles si ellas dañaban a sus amigos. Y ellas se habían limitado a ponerle una mano en la cabeza y acariciarle la pelambre sonriendo con triste condescendencia, como si dijeran: «Solo eres un pobre cachorro, de modo que no abuses de tu suerte».
– … no podemos acudir a la policía, porque ni siquiera sabemos quiénes, o qué, son las culpables… Pero, para mí, eso es secundario…
Comprendió algo mientras Ballesteros hablaba: ciertas cosas no pueden meditarse, carecen de explicación, de meta, de sentido, pero son las más importantes de todas. Un ciclón. Un poema. Un amor repentino. Una venganza.
Descendamos del todo.
– ¡Me da igual que sea brujería, poesía o psicopatía…! Lo más importante, lo prioritario ahora, es intentar que Raquel…
– Acabemos con ellas.
– … pueda… ¿Qué has dicho?
– Acabemos con ellas, Eugenio -repitió Rulfo. Se volvió hacia el grifo del fregadero, lo abrió y se lavó la cara. Luego arrancó un papel del rollo de la pared y se secó.
Ballesteros lo miraba fijamente.
– ¿Con… ellas?
– Con esas brujas. Con su jefa, sobre todo. Vamos a darles lo que merecen.
Ballesteros abrió la boca y la cerró. Luego volvió a abrirla.
– Eso… Eso es lo más tonto que he oído jamás… Es más tonto que tu conducta de hace un momento. ¿Qué te parece si te ayudo a romper platos? Prefiero eso a…
– Yo conocí a ese niño -interrumpió Rulfo-. No era ningún poema, ninguna invención imaginaria. Era un chaval de seis años. Tenía el pelo rubio y los ojos grandes y azules. Nunca sonreía. -Ballesteros, de repente, parecía haber descolgado todos los músculos que mantenían viva la expresión de su rostro. Escuchaba a Rulfo con los ojos entrecerrados-. Susana era una buena chica. Fue mi novia y mi mejor amiga durante un tiempo. Luego, solo mi amiga. A ella la obligaron a comerse a sí misma únicamente porque me siguió hasta ese almacén, preocupada por mí… Cosas extrañas, ¿verdad, doctor…? Cosas que hay que dejar fuera, tú lo decías… Pero ¿sabes…? De vez en cuando esas cosas entran en ti, y no puedes eludirlas. Son tan incomprensibles como la poesía, pero ahí están. Suceden todos los días, a nuestro alrededor, en todos los lugares del mundo. Quizá las producen ellas o quizá no, quién sabe, quizá ellas también son víctimas y las únicas culpables son las palabras, las cadenas de versos… Pero yo he presenciado dos de esas cosas, mejor dicho, tres, contando con Herbert Rauschen. -Elevó tres dedos de la mano izquierda frente a Ballesteros-. Y voy a devolverles la experiencia adquirida.
Cuando Rulfo calló, Ballesteros pareció despertar de un trance.
– Ya te voy conociendo… Salomón Rulfo, el impulsivo. El apasionado Rulfo. El caballero vengador… ¡Escúchame, zoquete! -Se plantó frente a él-. ¡Todo esto nos supera, a ti y a mí, y puede que a esa pobre chica también…! Bueno, quizá a ella no. Quizá ella esté muy acostumbrada a ver cómo los tejidos orgánicos se vuelven indestructibles, pero yo no, y tú tampoco… Llámalo poesía, brujería o física cuántica, todo esto supera mi modesto entender de médico general… De modo que, incluso admitiendo que tuvieras razón… Y no creas que te reprocho ese sentimiento… Si alguno de mis hijos… -Se detuvo, sin saber muy bien cómo continuar. He bebido más de la cuenta, pensaba-. En fin, comprendo y, en cierto modo, comparto tu… Pero, incluso si pudieras remediar algo con eso, ¿qué ibas a hacer…? ¿Comprar una pistola y marcharte a esa mansión de Provenza…? ¿Qué íbamos a hacer…?
– Hay una posibilidad. Acabo de recordarla.
Ballesteros lo miró.
– ¿A qué te refieres?
Rulfo iba a decir algo cuando escucharon el grito.
Sabía que necesitaba dormir. Sin embargo, al igual que la muerte, el sueño también parecía estarle vedado.
La habitación se hallaba a oscuras y apenas podía distinguirse la forma de los muebles. Aquella pequeña tiniebla le trajo a la memoria recuerdos insoportables: lo vio de nuevo encerrado en el cuarto y llevando una vida inhumana, pero al menos vivo, al menos junto a ella, al menos…
No pienses más en él. Intenta olvidarle. Ha muerto.
Por un momento se preguntó de dónde procedía aquel odio feroz, abismal, que Saga le demostraba. Intentaba adentrarse en la oscuridad de su pasado, pero solo hallaba vacío. Era incapaz, por supuesto, de resumir sus vidas anteriores. La dama número doce ocupaba ahora el cuerpo menudo de una mujer de pelo corto llamada Jacqueline, pero antes había sido otras muchas, igual que las demás. Ella no creía haberle dado motivos para aquella espantosa furia. La recordaba sonriente, inclinándose con humildad en su presencia durante las ceremonias…
Un ruido. Muy cerca. Dentro de la habitación.
Alzó la cabeza, alarmada, pero no vio otra cosa que las difusas siluetas de los objetos reveladas por la débil claridad que llegaba de la persiana: una puerta, un armario, una silla.
Tranquilízate. Intenta descansar.
Creía recordar que Akelos sí había sabido lo que la nueva Saga ocultaba.
Akelos y ella habían hablado mucho y «la que Adivina» la había prevenido en varias ocasiones contra su subalterna. En verdad, nunca había llegado a decirle claramente lo que iba a suceder, pero ahora se preguntaba si lo había sabido y había preferido callar. De ser así, ¿por qué había callado?
Se removió inquieta. Como procedentes de otro mundo, llegaron a sus oídos un clamor de objetos rompiéndose y los retazos de una discusión entre los dos hombres. Estaban peleándose. Sospechó que el motivo era ella, y no le gustó. Sabía que intentaban ayudarla de buena fe, pero pensaba que era como si, hallándose en el fondo de un pozo que llegara al centro de la Tierra, ellos le mostraran unos trozos de cuerda asegurándole, esperanzados, que con un esfuerzo lograrían salir. Se mostraban muy preocupados, siempre pendientes de todo lo que podía necesitar: había tenido que fingir que dormía para que el hombre de cabello blanco, el médico, decidiera dejarla sola después de ayudarla a trasladarse a la cama.