– Menudos nombrajos -dijo Susana.
– Son nombres clásicos de brujas: la leyenda de las brujas surgió a raíz de las damas, y por eso recibieron los mismos nombres que ellas. Ya os comenté que Laura, la mujer que inspiró a Petrarca, era en realidad Baccularia, la dama número uno. Fascinaria, la número dos, inspiró a Shakespeare: fue la Dama Morena de sus sonetos. Se narran también el encuentro de Herberia, la número tres, con Milton; de Maliarda, la número cuatro, con Hölderlin; de Lamia, la número cinco, con Keats; de Maleficiae, la número seis, con William Blake… Así, hasta el de Borges con Saga. Sé lo que estáis pensando: que todo esto es un cuento infantil mezclado con teoría literaria. Yo también lo creo, por cierto. Pero, como dice el poeta, «tiene método».
Susana flexionó las piernas sobre la alfombra. Acababa de encender un cigarrillo de marihuana.
– Resumiendo -dijo-: A lo largo de la historia, unos seres misteriosos, en forma de hermosas mujeres…
– O de hombres atractivos -matizó César-, o de viejos o niños… Pueden adoptar cualquier apariencia, ser cualquier persona…
– … se dedican a inspirar a los poetas. Muy bien. ¿Y por qué? ¿Qué interés tienen en hacer eso?
– Ése es el nudo gordiano. El gran secreto. Tened en cuenta que la leyenda de las Musas procede de ellas: diosas que otorgaban a los artistas el necesario hálito creativo… Pero… ¿por qué? -La sonrisa de César se hizo extensiva al resto de su semblante.
– Tú ya lo has averiguado -diagnosticó Susana con los dedos hundidos en el pelo. César hizo un gesto ambiguo-. ¡Tú ya lo sabes, maldita sea! -rió ella y le arrojó un cojín desde el suelo.
Se toman esto como un juego más, pensó Rulfo, una de esas orgías domésticas que improvisaban los fines de semana con los amigos.
Él no participaba de la diversión general. Un temor creciente escarchaba su estómago. Comprendía lo que sucedía, sin embargo: gracias a aquella inusitada aventura, César y Susana habían regresado a los viejos tiempos e intercambiaban miradas cómplices, sonrisas, todo el surtido de gestos que configura el lenguaje privado de una pareja que vuelve a sentirse cómoda tras un tiempo de frialdad. Tenía que impedir que se hundieran cada vez más en aquella peligrosa ciénaga.
– Bueno, ¿quieres contárnoslo de una vez? -pidió Susana.
– Calma, no seas impaciente… La clave la hallé en el encuentro de Milton con Herberia, la número tres, «la que Castiga». Os pondré en antecedentes. El poeta inglés John Milton realizó un viaje a Italia en su juventud, entre 1638 y 1639. Eso es rigurosamente histórico. Pero aquí se afirma que, durante su estancia en ese país, entró en contacto con la secta y presenció algunos de sus más extraños rituales. Por cierto que, según este libro, han sido muy pocos los poetas que han conocido la existencia real de la secta. Milton fue uno de ellos. Incluso llegó a contemplar a Herberia bajo la apariencia de una joven toscana llamada Alessandra Dorni. La vio bailar al sol durante uno de aquellos rituales, y esa misma noche
las llamas
asistió a una sesión de castigo en la cueva donde se reunían… Bueno, Susana, ya estás poniendo otra vez cara de incrédula… Te pido tan solo que escuches hasta el final
las llamas danzando ante sus ojos
y luego opines… Os leeré los párrafos donde se describe la sesión de castigo… Preparaos para escuchar lo más extraño que habéis oído jamás…
Las llamas danzando ante sus ojos.
Las llamas, hipnóticas, centelleando como látigos. Como aquel cuerpo asombroso que había visto en la despoblada landa de las afueras de Florencia. Lo habían conducido a través de un campo de centeno hasta unas peñas. Allí, bajo un raudal de plata, se hallaba la entrada. Su guía era un ravenés de diecisiete años vestido con un oscuro donfrón, y tenía el miedo escrito en el rostro. Él -un joven caballero inglés, morigerado, de tersas costumbres- no se encontraba más tranquilo. Había imaginado muchas cosas durante el trayecto, algunas absurdas, otras terribles, pero todas convergían en aquel cuerpo, aquella serpiente de piel humana: Alessandra Dorni. Pese al miedo que sentía, estaba deseando volver a verla.
Le habían prometido que la vería.
Y le habían asegurado, igualmente, que pronto desearía no haberla visto jamás.
Bajaron los peldaños de piedra hasta una espaciosa caverna iluminada por la luz de los pebeteros. El suelo de la entrada estaba cubierto de teselas al estilo pompeyano. Dibujos de gigantes centímanos se alzaban por las paredes hasta el techo. El vasto salón se hundía en la roca. En el centro yacía un ara de piedra oculta bajo paramentos negros y rodeada de cimbreantes llamas. Un espejo de cornucopia decoraba el fondo, y, a ambos lados, sendas escalinatas llevaban a cámaras superiores. Individuos enmascarados y silenciosos formaban el coro. Hacía un frío gélido, y el joven Milton se arrebujó aún más en su capa.
El ambiente era expectante. Todos aguardaban el castigo.
El condenado y Milton eran los únicos que carecían de máscara. El primero permanecía de pie junto al ara vestido con una túnica blanca. No estaba atado, pero parecía incapaz de moverse, o no deseoso de hacerlo. Su expresión era borreguil. Se trataba de un hombre maduro, de barba desgreñada. Milton sabía que había sido sentenciado por hablar de Ellas ante quienes no debía. Y sospechaba que haber sido invitado a presenciar aquella ordalía era, a su modo, una grave advertencia.
Mientras contemplaba las refulgentes llamas, recordó la última conversación que había mantenido en Florencia con uno de los sectarios, un hierofante de cierta importancia. Le había contado muchas cosas: el nombre y símbolo de cada una, la antigüedad inconcebible de la secta, las figuritas de cera que elaboraban, llamadas imagos, mediante las cuales podían vivir eternamente… Y su labor, consistente en conocer e inspirar a los poetas. Él lo había interrumpido para preguntarle por qué hacían eso. El hierofante no había respondido: simplemente, le había aconsejado que asistiera esa noche a la sesión de castigo.
Estaba allí para conocer aquel último enigma.
Un movimiento en una de las escalinatas del fondo llamó su atención. El chiquillo, de largo pelo negro y labios rojizos, no tendría más de doce años. Vestía una ligera túnica bermellón y era conducido del brazo por uno de los hierofantes. Descendieron los peldaños entre el denso silencio y avanzaron hacia el ara. El niño abría mucho sus ojos grandes y oscuros. Al advertir al condenado quiso ir hacia él, pero las recias manos que lo sujetaban le disuadieron.
– ¿Quién es? preguntó Milton al enmascarado que tenía más cerca.
– Su hijo menor. El castigo lo recibirá en su hijo. Ellas suelen hacer eso.
Nadie hablaba ni gritaba. El silencio en aquel antro era como si la muerte ocupara más espacio que la vida.
Otro movimiento. Esta vez procedente de las escaleras opuestas.
Milton la reconoció de inmediato. Alessandra Dorni arrastraba una larga túnica negra con arabescos plateados y pisaba los peldaños con suprema indiferencia, la cabeza erguida, el rostro hermoso e impenetrable, el medallón de oro con la forma de una serpiente oscilando entre sus pechos. Al llegar al pie de la escalera y, con la misma mecánica gesticulación, avanzó hacia el ara. Los sectarios se arrodillaron a su paso y el condenado desvió la vista.