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– Lo sé. -Le contó la visita del hombre de las gafas negras la noche anterior y el hallazgo de la figura. Quería ser sincera: le reveló, incluso, que había tenido que mencionar su nombre.

– Hiciste bien -dijo Rulfo-. Estamos metidos en esto los dos. Además, por ahora solo se han limitado a las amenazas. En cualquier caso, dame la figura. Debemos entregársela.

– ¿Por qué?

– Ya te lo he dicho: la quieren.

– No podemos hacerle eso.

– ¿A quién?

La muchacha pareció confundida un instante y buscó algún tipo de respuesta.

– A ella… A Lidia Garetti… No sé… La figura era suya.

– Eso no lo podemos saber.

– Era suya -insistió ella-. Ahora quieren quitársela.

– Eso no es asunto nuestro. Dámela. Es mejor que la tenga yo.

Sus miradas se enfrentaron. Los ojos de la muchacha chispeaban. Por un momento a él le pareció que se negaría. Entonces la vio levantarse de la silla y salir de la habitación. Regresó con algo en la mano y lo dejó caer en la palma extendida de Rulfo. Él contempló la figura sin rasgos con la palabra «Akelos» grabada detrás y la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

– No voy a arriesgar nuestras vidas por esto. ¿Vas a llevarte algo más?

– Sí -dijo la muchacha mirándolo fijamente-. Está en la habitación del pasillo.

– Pues cógelo, vístete y vámonos.

Ella seguía mirándolo.

– Voy a vestirme. Cógelo tú, por favor.

– ¿Qué es? ¿Una maleta?

– No. Lo verás enseguida, nada más entrar.

Rulfo salió al pasillo y se acercó a la puerta cerrada. Pensó que daba a otro pequeño dormitorio. Hizo girar el pomo con el pañuelo. Lo recibió una inesperada oscuridad. Quiso avanzar, pero un ruido de arañazos lo detuvo, como si dentro se ocultara algún animal. Se quedó en el dintel, sorprendido. Cuando sus pupilas se amoldaron a la tiniebla, distinguió un camastro en el suelo y otros objetos desperdigados.

Pero toda su atención se dirigía hacia lo que había al fondo de la habitación.

El niño le devolvió la mirada con ojos muy fríos.

Pese a que formaban un trío llamativo, pasaban desapercibidos en un barrio como aquél. Con todo, escogieron las horas nocturnas para aparecer.

El hombre fue el primero en salir. Era robusto, de baja estatura, y presentaba cierto aspecto de desaliño, con la descuidada barba negra y el pelo rizado, que, sin embargo, no menguaba su indudable atractivo físico. La camisa que llevaba no parecía apropiada para la temperatura de aquella noche de finales de octubre. Pero los que salieron tras él vestían de manera más extravagante. La muchacha, de larga cabellera negra, muy joven, llevaba cazadora de cuero, minifalda, medias y botas hasta el tobillo, todo con señales de uso frecuente. Caminaba abrazada a un bulto que, sin duda, era un niño en zapatillas abrigado con una chaqueta negra de adulto.

Atravesaron el patio en silencio. La frialdad del ocaso reciente aromaba la atmósfera por encima de los contenedores atestados y el olor a comida procedente de las minúsculas viviendas.

– Lo tuve muy joven. Casi cuando era niña. No sé quién es el padre.

Rulfo distinguía las sombras de Raquel y su hijo por el retrovisor. Las luces dispersas de los coches, que eran como prolongaciones de la ciudad, se reflejaban en los ojos abiertos del chaval.

– Vive conmigo desde siempre. Yo no quería que lo viera nadie porque pensaba que… que la gente que me visitaba podía… hacerle daño. Le había enseñado a no moverse de esa habitación…

A Rulfo le costaba concentrarse en el tráfico. Mientras escuchaba a Raquel, su mente retrocedía una y otra vez a la horrible imagen de aquel niño de apenas seis años encerrado en el miserable cuartucho con varios soldados de plástico repartidos por el suelo y un cubilete con comida y otro con agua. Le parecía espeluznante, como comprobar que el infierno existía. Aunque periódicos y televisiones daban a diario noticias así, comprendió que no era lo mismo contemplarlo a través de la protección de un papel o una pantalla que encontrarlo en la realidad cotidiana de su propia ciudad.

– Patricio era el único que lo sabía, y me hacía obedecer amenazándome con hacerle algo… Hoy quiso llevárselo y no se lo permití. Es la única razón por la que sigo viva. La única. Me habría matado si él no llega a estar conmigo, te lo juro. No dejaré que nadie me lo quite. Te lo juro.

Se percató de algo. La voz de la muchacha no parecía muy diferente de la que ya conocía, pero sus palabras sí. Se expresaba con más soltura, como si su vocabulario hubiese mejorado. Y su tono denunciaba una firmeza inusitada. Parecía haberse vuelto más fuerte, menos dócil.

Su casa continuaba convertida en un lamedal de objetos. Se disculpó, comenzó a recoger cosas y Raquel lo ayudó en diligente silencio. Luego Rulfo entró en la cocina y preparó una cena ligera a base de tortilla francesa y ensalada. Mientras ponía la mesa, descubrió que madre e hijo continuaban sentados donde él los había dejado, abrazados, silenciosos. Ella no tenía ropa para cambiarse, por lo que Rulfo le había dejado su albornoz de baño. El niño llevaba su propio y sucio pijama rojizo, y una de sus manitas se cerraba sobre el ramillete de soldados de plástico que había traído consigo.

– Bueno, no sé si tenéis apetito, pero yo sí -dijo Rulfo.

Le agradó comer con ellos, los tres sentados a la mesa. Observó al niño. Comía con las manos, parsimoniosamente, sin elevar la vista. Tenía el cabello pajizo y mal cortado, aunque parecía limpio. Sus sugestivos y grandes ojos azules y su fina boca rosada no eran de Raquel. Era muy hermoso, a su modo, pero resultaba obvio que había salido al padre, fuera quien fuese. Y existía otra detalle. Después de que ella le explicara la clase de horrenda vida que había llevado, Rulfo esperaba una expresión vacía, un temperamento apagado de borrego triste. Sin embargo, emanaba de su semblante y sus gestos una callada pero indudable personalidad, una dignidad que le sorprendió. El aspecto taciturno de su rostro no lograba socavar aquel aire casi majestuoso que lo rodeaba, incluso cuando, tras terminar en un santiamén los trozos de tortilla, inclinó la cabeza y recorrió el plato con rápidos lametones.

En un momento dado, el niño elevó la vista y sorprendió la mirada de Rulfo. Éste la apartó al instante, pero se dio cuenta de que el pequeño seguía mirándolo. Le sonrió en vano: la seriedad de aquellos labios era exhaustiva. En su carita no había vestigios de timidez o cobardía, pero sí una espantosa soledad y el recuerdo de un sufrimiento denso. Rulfo sintió un nudo en la garganta al pensar en la clase de vida que había generado aquella mirada. Cayó en la cuenta de que no sabía su nombre. Le preguntó a Raquel.

– Laszlo -dijo ella después de un titubeo.

Tras asegurar la puerta con la cadena y colocar delante una cómoda en previsión de visitas tan inesperadas como la de la noche anterior, Rulfo le propuso que durmiera con su hijo en la cama, y añadió que él se las arreglaría con el tresillo. Pero la muchacha se negó.

– No está acostumbrado a dormir con nadie. Dormirá mejor en el tresillo.

Lo decidieron así. Sin embargo, él no quiso dejar al niño solo en el comedor. Sacó unas sábanas, extrajo los cojines del tresillo y confeccionó una pequeña cama a los pies de la suya. El niño aguardó hasta que el lecho estuvo preparado y se acostó con los soldaditos en la mano. Se durmió enseguida. Cuando Raquel regresó del cuarto de baño y se introdujo en la cama, Rulfo apagó las luces.

El silencio se dilató en las tinieblas como una pupila.

Tenía muchas cosas que contarle: su encuentro con la niña, el teatro, las amenazas y el anuncio de aquella cita a la que ambos debían acudir (aunque aún no sabía cuándo ni dónde sería), pero comprendió que no era el momento apropiado para hablar de todo ello. Sin embargo, descubrió muy pronto que no podía dormir. Era imposible hacerlo al lado de ella. Aunque no la tocara, la sentía cerca, la oía respirar, percibía el longilíneo calor de aquel cuerpo perfecto. Se preguntó por un instante si lo que pensaba hacer estaría bien, con el niño tendido a los pies de ambos, y si a ella le apetecería. Pero reaccionó ante el impulso. Llevó una mano hacia la piel que yacía a escasos centímetros, una mano titubeante como una pregunta.

La muchacha, que parecía haberlo esperado, respondió girando en un silencio de planeta y le besó.

Todo había cambiado para ella.

Ya no se entregaba como un árbol vivo, las ramas de sus brazos en alto, intentando que los frutos de su cuerpo quedaran al alcance de los dedos que la invadían, consciente de que podía ser usada de muchas maneras, incluso golpeada o azotada. Había liberado su carne de las perdurables anillas que Patricio había engastado sobre ella, al igual que del collar. Ahora solo la dominaba su deseo. Se sentía a gusto acariciando y dejándose acariciar por Rulfo, besándolo y siendo besada. Ignoraba si había algo más en aquel sentimiento de puro placer, pero, por el momento, se contentaba con experimentar la dulce y postergada felicidad de compartir el goce con otro cuerpo.

Se esforzó en ser suave y prudente. Comprendió que ella necesitaba sobre todo su ternura. Tras un lapso de caricias y besos permanecieron abrazados, armonizando sus respiraciones. Rulfo se preguntó entonces si amaba a aquella muchacha. No lo creía así, y no lo deseaba. La experiencia con Beatriz le había enseñado que el amor también era doloroso. Sin embargo, al lado de Raquel se sentía como jamás se había sentido con nadie. Quizá no se trataba de amor, pero tampoco era un deseo ciego, autosatisfecho.