Aún abrazado a ella, bajó la cabeza y se apoyó en las dunas de sus pechos. Escuchó su corazón terrorífico, carnal, como un golpe de piedras contra el oído.
– ¿Qué ha sido eso? -preguntó ella de repente.
– ¿Qué?
– ¿No has escuchado algo?
El se irguió. Todo estaba en silencio.
– Solo tu corazón -dijo.
Pero ella parecía repentinamente alarmada. Se incorporó y rastreó la oscuridad. Rulfo la imitó. La habitación seguía como antes: quieta, sumida en tinieblas.
– ¿Qué has oído?
– No sé…
Al abrazarla percibió su carne fría y erizada. Entonces volvió a oír los latidos.
Pero ahora no procedían del pecho de la muchacha.
allí
Eran ruidos secos, rítmicos, y sonaban en el comedor. Se quedaron petrificados escuchando cómo aquellos retumbos se acercaban. Blam, blam…
De pronto Rulfo creyó ver algo imposible.
allí quieta
El corazón de Raquel, rojo y enorme, penetrando en el dormitorio, saltando y latiendo, estrellándose en la mesilla de noche.
La pelota rebotó tres veces más. Luego se detuvo. Y, silente como la llegada de la muerte,
allí quieta, en las sombras
entró la niña.
Allí quieta, en las sombras.
Con el mismo vestido roto. En sus ojos flotaba una tenue luminiscencia de luciérnagas destrozadas.
– No la mires -dijo Rulfo-. Aleja al niño de ella.
La muchacha obedeció sin hacer preguntas: se deslizó fuera de la cama y envolvió al pequeño, que seguía dormido, en sus brazos. La cabeza de la niña giró un instante hacia ellos y retornó a su posición original.
– Meteos en el cuarto de baño -indicó Rulfo, y tendió la mano hacia el interruptor de la mesilla.
Por fin pudo ver bien lo que tenía delante.
Plantada en el umbral del dormitorio, la niña permanecía rígida con los ojos fijos en los suyos y los labios distendidos. Su sonrisa y su rostro eran pavorosamente bellos, pero Rulfo pensó que hubiera preferido mil veces contemplar un cadáver corrompido que aquella máscara falsa de muñeca muerta. Porque ahora se daba cuenta de algo que en su anterior encuentro no había logrado percibir del todo: aquello no era una niña.
Ignoraba qué otra cosa podía ser, pero no era una niña, ni un ser humano, ni nada que se le pareciese. Si no mirabas esos ojos azules, vacíos e impersonales, el disfraz resultaba aceptable, como el que adopta la oruga de la falena sobre una rama.
Los ojos eran el error.
– A las doce de la noche del treinta y uno de octubre -dijo la niña cuidadosamente, sin entonación. Luego agregó una dirección concreta: un almacén abandonado situado en una comarcal de las afueras de Madrid-. Tú y la chica, tan solo. Con la imago. Nadie debe saberlo.
Había hablado con exacta tranquilidad, sin dejar de mirarle. A Rulfo le dio la impresión de que sus ojos estaban a punto de desprenderse de las órbitas. Eran como adornos mal colocados. Se le caerán, pensó. Imaginó la horrible escena: aquellos globos oculares estrellándose contra el suelo como pequeñas esferas de cristal y dejando dos oquedades detrás, dos aberturas por las que la noche de su cerebro (si es que aquella cosa tenía cerebro) lograría asomarse. Y quizá él sentiría entonces el soplo de esa noche ocular. Quizá percibiría el mal aliento de su mirada.
Salió de la cama despacio y se puso en pie, intentando controlar su temblor. La niña lo amedrentaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer, pero la presencia de Raquel y su hijo (al menos, ella le había hecho caso y se había ocultado en el baño) le daba valor.
– Escúchame bien… seas quien seas… Iré yo solo… La chica no vendrá… Y cuando os entregue la maldita figura… nos dejaréis en paz… ¿Me has oído…? -La niña no contestó: seguía mirándole y sonriendo-. ¿Me has oído?
Se sintió incapaz de contemplar un segundo más aquellos ojos. Soltando una maldición alargó la mano hacia el objeto que tenía más cerca: la lámpara de la mesilla.
Pero no había llegado siquiera a levantarla cuando los labios de la niña se movieron y, sin dejar de sonreír,
musitaron algo.
Las palabras emergieron con suavidad de gasa pero sorprendentemente diáfanas, las dos eses acentuadas con una vibración diminuta, el segundo «no» prolongado y una brevísima pausa después.
Rulfo dejó la lámpara y cayó al suelo bruscamente. Se había desplomado en silencio, como atraído por el centro de la Tierra. Quiso moverse, pero sus músculos estaban agarrotados. Todo su cuerpo lo estaba, en realidad, y hasta sus sentidos: sus tímpanos se combaron como ante los cambios bruscos de presión, sus cuerdas vocales enmudecieron yertas, los ojos paralizados le enviaron imágenes quietas de unos pies descalzos e infantiles.
Entonces la pequeña volvió a hablar: otra línea suave, entregada con bruscas pausas.
No el torcido taladro de la tierra
No el sitio, no, fragoso / no el torcido taladro de la tierra. Un espacio dentro de su mente horrorizada los reconoció: eran versos de Góngora. De repente sus manos se movieron sin que interviniera su voluntad. Una se afirmó delante, luego la otra, en un mecánico y doloroso juego de articulaciones, remolcando su cuerpo rígido. Dejó de luchar por levantarse e intentó recuperar el control de sus propios brazos. Pero no parecía que éstos fueran a necesitar de sus órdenes nunca más. Los sentía como si se hubiesen convertido en remos de madera manejados por otra persona. Las baldosas le arañaron el vientre y los genitales mientras se arrastraba sin mover los pies, como un insecto con las extremidades posteriores aplastadas. Los brazos se detuvieron cuando su cabeza quedó situada a medio metro de los pies de la pequeña intrusa, y entonces se alzaron como grúas, abrieron las manos y atraparon mechones de su propio cabello tirando con fuerza salvaje. Rulfo creyó que las vértebras del cuello se le partirían con un crujido de galleta fresca. Sintió un dolor lancinante en la nuca. Sus ojos, inmóviles como pasajeros en un ascensor, fueron elevándose y contemplando, durante una interminable agonía vertical, las espinillas, las rodillas, los pequeños muslos entre jirones de tela, la cintura, el medallón con forma de laurel, la esclavina, y, por último, con un tirón que le hizo creer que se había decapitado a sí mismo,
el rostro de la niña
que lo miraba desde lo alto sin modificar la sonrisa.
– Por si no lo sabías -murmuró aquella voz suave, sin inflexiones-, debemos aclararte algo: eres mierda de perro para nosotras, Rulfo.
De la boca paralizada de Rulfo goteaba la saliva. El dolor de sus vértebras le hacía pensar que alguien había incrustado en su nuca un perno a fuerza de martillazos. Deseaba perder el conocimiento y no podía. Ni siquiera lograba cerrar los ojos: tenía que mirar hacia arriba tirando de su propio pelo, hacia aquel rostro pintado y aquella carita de plástico que le sonreía con dulzura de virgen enloquecida.
– La chica y tú, el treinta y uno de octubre, a las doce de la noche, en el sitio indicado, con la imago -repitió la niña, mecánicamente-. Nadie debe saberlo.
Alzó un pie, pasó por encima del cuerpo de Rulfo, recogió la pelota, dio media vuelta y se alejó por el comedor a oscuras.
Solo entonces sus manos se abrieron, su cabeza golpeó contra el suelo y su conciencia se sumergió en la oscuridad.
Despertó bajo un caparazón de sábanas. La lluvia de fuego que penetraba por la ventana le hizo saber que ya era mediodía. Al intentar incorporarse, un súbito latigazo en el cuello le detuvo. Se sentía como si alguien hubiese exprimido todos y cada uno de sus músculos para extraer un misterioso zumo. Sin embargo, no parecía tener, milagrosamente, nada roto.
Una sombra color piel apareció en su campo visual. La muchacha, aún desnuda, estaba sentada en la cama, mirándole.
– Tengo las peores agujetas de mi vida, pero creo que puedo moverme.
Ella asintió.
– Usaron versos de poder. Quieren que sepas quiénes son las que mandan.
En aquel momento ni siquiera se dio cuenta de lo extrañas que resultaban sus palabras. Lo único que deseaba era levantarse. Me han torturado con versos de Góngora, recordó. Le pareció increíble que las Soledades, aquel monumento de la poesía barroca que él había leído decenas de veces, hubiesen convertido su cuerpo en un guiñapo manipulado por otra voluntad.
– ¿Qué pasó después? No recuerdo nada.
– Se marchó como había venido. Comprobé que solo estabas inconsciente y te llevé a la cama.
– Gracias -dijo Rulfo con sinceridad.
Hizo un esfuerzo y logró sentarse. La muchacha se apartó y caminó hacia la puerta, como si el hecho de que él se levantara fuese la prueba de que su presencia ya no era necesaria. Él le preguntó por su hijo.
– Desayunando -dijo ella.
Rulfo se frotó los ojos y capturó densas legañas. El dolor del cuello empezaba a menguar. Notaba los labios agrietados. Era como si hubiese pasado una noche entera con fiebre alta. Volvió la cabeza y descubrió a la muchacha de espaldas, ocupada en recoger los cojines del suelo y quitar las sábanas donde había dormido el niño. La visión de su cuerpo siempre constituía una felicidad para él, y se dedicó a experimentarla. Observó que la lustrosa melena azabache se había desplazado a un lado y contempló por primera vez, a la luz del día, la línea de sus vértebras y la simetría de sus nalgas color nata.