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– Estoy impaciente por ser escuchada. Reclamo mi derecho a ser escuchada.

Levantó la cabeza. Una montaña de pechos y falda se inclinaba sobre él con semblante indignado, el símbolo del macho cabrío balanceándose del enorme cuello.

– Primero: no vuelva a intentar lo que intentó antes. Segundo, y más importante: escúcheme siempre con atención, con pasión, con deleite… -De repente el rostro de la mujer se distendió. Los labios de carmín sonrieron y los ojos untados en rimel se abrieron desmesuradamente-. Baudelaire dijo una vez que, al beber aguardiente, sentía como si un escorpión le paseara por las entrañas. ¡Pues resulta que era cierto…! -Lanzó una risita cristalina-. ¿Quiere apoyarse en mi brazo…? ¡Qué pálido está…! ¿Un poco de ponche, quizá…? ¿Le apetece…? Vamos, acompáñeme…

Trastabillando, Rulfo se puso en pie apoyándose en el voluminoso y velludo brazo. Se dirigieron a la casa por otra vereda.

– Supongo que nos ha dicho la verdad -comentó la mujer mientras caminaba con rápidos pasitos tirando de Rulfo-. Es más: estoy segura de que nos ha dicho la verdad. Ahora debemos interrogar a la reina de las furcias. Tengo curiosidad por saber lo que nos va a contar…

Entre nubes de dolor, Rulfo vislumbró el lugar adonde se dirigían: un pequeño cenador al aire libre iluminado con candelabros y flanqueado por arcos de metal envueltos en hiedra. Guirnaldas de flores formaban el techo. Alrededor jugaban las polillas.

En el centro estaba Raquel.

X. EL INTERROGATORIO

Las mariposas estorban su mirada, se posan en su rostro, en su pelo. Puede espantarlas moviendo la cabeza, pero no lo hace. Sus manos están atadas a la espalda con una guirnalda de flores entre las que predominan caléndulas y pensamientos. Aunque las ligaduras son muy débiles, una línea de Verlaine le impide siquiera flexionar los dedos. Antes de llevarla al cenador la han desnudado y vestido con una simple túnica rojo oscuro hasta los pies. Su cabello suelto desciende en densas oleadas negras por la espalda. Permanece inalterable, silenciosa, firme. Parpadea solo cuando el soplo de un ala de mariposa sacude sus largas pestañas.

Ha llegado la hora, piensa.

Lo único que le preocupa es su hijo. No ha vuelto a verlo desde que Patricio (aunque no era Patricio ya, y ahora lo sabe) y el hombre de las gafas negras los encontraran en el motel. Comprende que el niño es su punto débil, y que ellas intentarán utilizarlo. Ignora si está preparada para soportar eso. Sin embargo, algo le dice que no se atreverán a hacerle daño. Ahora que lo recuerda todo, sabe que ellas tomaron una decisión, y que la unión del grupo exige que se respeten las decisiones de la mayoría. Su hijo será usado para amenazarla, para obligarla a hablar, pero no lo tocarán. Está segura. El problema consiste en resistir.

Dos figuras se acercan. Las reconoce. Maleficiae trae del brazo al hombre que la ha estado ayudando desde que todo comenzara. El hombre tiene el semblante pálido y se tambalea al caminar. También él deberá sufrir su particular tormento. Ella ignora por qué se ha visto involucrado, ya que es un simple ajeno. Intentó disuadirle de acudir a la cita, pero, de todas formas, comprende que las cosas no habrían sido muy diferentes si él le hubiera hecho caso. Siente compasión, pero ya no puede hacer nada.

Solo desea que se presenten todas cuanto antes.

Y, con ellas, aquella a quien está deseando volver a contemplar aunque sea lo último que haga: la que ha convertido su vida en un infierno.

Quiere verla otra vez, cara a cara, pese a que, al mismo tiempo, la mera idea de hacerlo le produzca un intenso pavor.

Rulfo decidió no ofrecer resistencia. Los individuos vestidos con libreas de mayordomo llevaron sus manos a la espalda y uno de ellos recitó una línea en francés, paralizando sus muñecas. Entonces las rodearon con una ringlera de flores.

La muchacha, junto a él, se encontraba igualmente atada. No le sorprendió demasiado verla allí; supuso que habían enviado a cualquier sectario para traerla. Percibió la indomable, fría voluntad que manaba de aquellos ojos oscuros: era la prisionera, pero parecía la reina. Él se hubiese contentado con poseer la mitad de su valor. Se preguntó vagamente dónde estaría el niño.

Iban a matarlos. Sobre eso no albergaba dudas. Lo que le obsesionaba era la forma.

Nunca había sido un hombre valiente, y ahora lo comprobaba. Su aparente coraje consistía, más bien, en rabia o indiferencia. Pero ya no iba a poder seguir dándole la espalda al miedo. A partir de aquel momento -comprendió- ya no podría dejar de ser cobarde hasta el final.

Y quizá ese final se demorase.

Quizá no llegase nunca.

Ouroboros. Rauschen.

No pienses en eso.

Miró a su alrededor. El cenador estaba casi vacío: aparte de la muchacha y él, solo quedaban dos mayordomos. Sin embargo, en la amplia terraza, que podía divisar perfectamente desde donde se encontraba, se aglomeraba un bullicioso y festivo grupo de trajes de noche. Ignoraba dónde se había metido la mujer obesa.

De pronto parpadeó

una

y las vio frente a él. Supuso que ahora ahora eran ellas, no maniquíes. Se encontraban de pie, en fila, con trajes de fiesta de distintos colores y tamaños, zapatos de tacón, peinados de peluquería,

una, dos, tres, cuatro, cinco

maquillaje, medias satinadas, toda la parafernalia de la feminidad occidental. Los símbolos de oro brillaban sobre sus pechos.

una, dos tres, cuatro, cinco, seis, siete

Un pelotón de fusilamiento. Un tribunal inquisidor.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.

Podían ser brujas, pero no había nada extraño en sus apariencias: ni pupilas rojizas, ni narices ganchudas, ni excrecencias cómicas, ni rabos terminados en punta.

Ocho, nueve.

Salvo la mujer obesa, todas eran extraordinariamente hermosas, o así se lo parecieron. Sin embargo, a su modo, también anodinas, patéticas, impersonales (la elección de Miss Uni-Versos, pensó, y le entraron ganas de reír ante su propio juego de palabras). Si se trataba realmente de las damas, los poetas de todo el mundo habían amado tan solo espejismos inexistentes.

Diez, once.

Cierto que algunas mostraban detalles peculiares. La niña seguía siendo especialmente bella. Los ojos de la muchacha que se hallaba junto a ella estaban llenos de sombras. El rostro de la joven del símbolo de la rosa despedía cierta luminiscencia. La mujer obesa recordaba a un cincuentón aficionado a usar la ropa de su esposa en la intimidad. La número once, que portaba el medallón con forma de araña, debía de ser la nueva Akelos, la sustituta de Lidia Garetti, de pelo rojizo y ceñido traje corto.

Once. Faltaban dos.

Se había desatado un hondo silencio: no se oían risas, ni músicas, ni conversaciones. Era como si nunca hubiese habido fiesta. La casa parecía vacía y estaba a oscuras. Los candelabros del cenador formaban una única isla de claridad en medio de la noche. Y en el borde de esa isla, la hilera de las damas.

Faltaban dos.

Un revuelo mudo de mariposas, una agitación del aire, y otra figura apareció de pie frente a las demás. Era una chica muy joven, de baja estatura, pelo oscuro y corto, breve vestido de terciopelo negro y zapatos planos. Tenía el aspecto de un director de orquesta novato, con una sonrisa bobalicona en su carita agradable y huesuda, como si esperase aplausos.

– Bienvenida, Raquel… -Hablaba castellano con acento francés, como la mujer obesa-. Señor Rulfo, encantada. Me llamo Jacqueline. Deseo que se encuentre a gusto en nuestra casa. -Ni Rulfo ni la muchacha contestaron. La joven pareció algo cortada ante el silencio que había obtenido tras su amable saludo. Por un instante fue como si no se le ocurriera qué otra cosa decir. Las mangas del vestido le quedaban largas, casi hasta los dedos: las agitó, y una flor de mariposas se deshizo en el aire-. Uf, cada año hay más. Pero ¿a quién pueden molestar…? Seres inofensivos y encantadores… -Pareció aguardar de nuevo alguna reacción. Entonces se dirigió a la muchacha-. Has recuperado tus recuerdos, ¿verdad? Sabes quién fuiste. No entendemos muy bien esto. Hay muchas cosas que no entendemos sobre ti. Quizá puedas explicárnoslas. -Hizo un gesto amistoso, como animándola a hablar-. Dime, has recuperado los recuerdos, ¿no?

– Sí. He recuperado los recuerdos.

Raquel la miraba entornando los párpados, las cejas unidas en el ceño. En su actitud, Rulfo no solo percibió un intenso desprecio: también repugnancia, como si estuviese contemplando un insecto repulsivo a escasa distancia de su rostro.

– Lástima… A veces, lo más hermoso es el misterio de olvidar.

– En efecto. Particularmente, todo lo que me hiciste.

Quedaron mirándose en silencio, la joven sin perder su sonrisa ni Raquel aquella expresión de su ceño, como dos adolescentes que se guardaran rencor por algún tipo de trastada inolvidable. Entonces Rulfo se fijó en el medallón en forma de espejito redondo que brillaba sobre el escote de la joven: era el símbolo de Saga, la número doce, según Los poetas y sus damas. Ella era, pues, «la peor de todas». Pero no lo parecía ni de lejos. Se mostraba incluso algo tímida, como una aspirante a actriz que tuviera la oportunidad de interpretar un gran papel debido a enfermedad de la protagonista.