Se están divirtiendo.
– Pero tienen a mi hijo -continuó ella-. No se atreverán a hacerle nada porque decidieron dejarlo con vida, pero lo usarán para presionarme. Y yo no voy a poder soportar esa presión. He pasado por todo, pero no pasaré por eso.
Los gritos habían cesado. Solo se percibía cierto ruido crepitante de hojarasca quemada. La luz continuaba tiranizando el aire, omnímoda, absoluta. Bajo aquel fastuoso resplandor nevaban copos negros, sombras poliédricas: un enjambre de mariposas aturdidas que, tras la cautela inicial, regresaban en masa y se sumergían en el mayestático fulgor.
– Yo me llamaba Raquel -prosiguió su voz desde la helada luminosidad-, igual que Saga es Jacqueline y la antigua Akelos era Lidia, pero mi apariencia no era ésta. Mi hijo se parece a mí tal como soy realmente: tengo el cabello de ese color y los ojos azules. La filacteria en mi espalda me convirtió en esto. -En esto. Su tono denunciaba repugnancia. Rulfo creyó comprenderla. De hecho, ¿no solía decir César que, deformado por la poesía, el recuerdo de ciertas personas se hacía falsamente hermoso?-. Jacqueline era una de mis adeptas cuando yo era Saga -continuó Raquel-. Me servía. Luego me sucedió.
I, sang craché!
La luz blanca había desaparecido devorada por un rojo voluptuoso, monárquico, aturdidor, que pintó todas las ventanas como si alguien hubiese corrido cortinas carmesíes en cada habitación. La silueta de la muchacha quedó orlada de sangre.
Su tono era pausado, casi titubeante. Al tiempo que hablaba, desandaba por el laberinto de su memoria.
Pero no se lo contó todo.
Le dijo que no lo había hecho por amor. Hubiese podido hacerlo de manera «aceptada» por el grupo, porque existen versos -le dijo- que logran hacerte sentir lo que deseas, versos que reproducen tus sueños con exactitud pero que, a su vez, no son otra cosa que nuevos sueños. Sin embargo, ella había querido sentir sin palabras. Nunca una dama había deseado algo parecido, porque sentir sin palabras era casi imposible: equivalía al silencio bajo el mar.
Le dijo que había creído que podía hacerlo porque, aunque sabía que estaba prohibido, ella era Saga y nadie cuestionaba sus decisiones. Vivir millares de años, conocer épocas y tierras, contemplar distintos techos de estrellas: todo eso acrecienta la curiosidad, no la extingue. Los paisajes habían mudado de piel como serpientes y el planeta cambiado de rostro mientras ella perduraba habitando cuerpos fugaces. Se propuso dar vida a una nueva vida, única forma posible de enlentecer aquella fugacidad. Ella era Saga, y nada de lo que decía, hacía o deseaba podía estar prohibido. No hubo amor, le repitió.
Sin embargo, no le dijo que, cuando aquella cosa que era vida sin serlo, porque carecía de palabras (o que lo era por completo, precisamente por carecer de ellas), creció en su vientre, tuvo miedo y experimentó la tentación de destruirla, pero no lo hizo. Y tampoco quiso contarle que, cuando nació, ella permaneció largo rato en silencio, mirándola. Siempre había creído que el silencio era malo. El silencio era el vacío, ausencia de belleza y eternidad. Pero, al ver su imagen escindida y exacta en aquellos ojos que tanto se le parecían,
estalló un silencio
en sus labios.
Supo que estaba cometiendo un grave error, una falta imperdonable. Sin embargo, al mismo tiempo sentía más allá de todo verso, de una forma que no podía expresar con palabras, que nunca podría separarse de eso. Ella y aquella cosa nacida de ella afrontarían juntas la condena, fuera cual fuese.
– Akelos me ayudó a esconder al niño durante un tiempo… Aún no sé por qué lo hizo… No por compasión, estoy segura. A veces sus planes tenían objetivos lejanos. Ella era «la que Adivina», conocía bien el futuro… En cualquier caso, su ayuda fue inútil. El grupo me descubrió y decidió expulsarme: hundieron mi imago en una urna con agua, dentro de una filacteria, Anulándome. Pero a Jacqueline, que ya era la nueva Saga, le pareció un castigo muy leve y decidió refinarlo. -Hizo una pausa. Se sentía anegada de náuseas, como si los recuerdos se hubiesen convertido en materia corrompida-. Me obligó a matar al hombre con el que había yacido, un simple ajeno… Luego quiso destruir también al niño. Entonces Akelos intervino de nuevo y su voto fue decisivo a la hora de permitir que mi hijo viviera. Jacqueline se enfureció. Se aseguró de que viviría en condiciones inhumanas. Me tatuó una filacteria y creó a la Raquel que conociste: un cuerpo tentador de ajena, pero ignorante y cobarde… Me borró la memoria, me entregó a los sectarios… A mis propios adeptos. -Rulfo percibió el dolor que le provocaba este recuerdo recién llegado-. Ellos me vendieron a Patricio. Durante todos estos años el principal placer de Saga ha consistido en verme humillada cada vez más…
Espesas capas rojas seguían ocultando los cristales de las ventanas como estores líquidos. En medio de aquella pleamar, con las mariposas atormentando la luz, el coro volvió a oírse, musical, remoto.
U, vibrement divines des mers virides!
Luces verdes sustituyeron a las rojas.
– Pero Saga también odiaba a Akelos por haberme ayudado… No cesó hasta conseguir que el grupo la acusara de traición, y presionó para que la sentencia fuera aún más severa que en mi caso: la condenaron a ser destruida del todo, no solo su cuerpo, también su espíritu inmortal… Por eso buscan la imago. Pero te juro que no la he ocultado para devolverle el favor a Akelos: tan solo sé que debo hacerlo… Aún no entiendo…
El coro volvió a oírse, interrumpiéndola,
O, l'Oméga…
y la luz verde se desvaneció. En la oscuridad, brillaron dos ojos.
… rayon violet de Ses Yeux…
Eran los de Saga. A su espalda, en fila, otra vez mudas, quietas e imprevistas, el resto de las damas.
La fiesta parecía haber concluido.
Ahora estaban desnudas y cubiertas de sangre.
No.
Vestidos rojos. Llevaban vestidos de rejilla casi transparentes, muy cortos y ceñidos, en color rojo brillante, como telarañas ensangrentadas. Sus ojos eran blancos, sin pupilas. Tampoco. Se trataba de los párpados: estaban pintados de blanco y ellas los mantenían entornados. Y no era cierto que los dientes fueran amenazadores: dos pequeñas líneas color marfil dibujadas en las comisuras ofrecían la falsa impresión de colmillos, pero de nuevo se trataba de maquillaje. Eran doce mujeres extravagantes. O eso parecían.
Otra vez el silencio y la oscuridad. Solo el viento, al agitar la vegetación circundante, producía ruidos como de cuerpo avanzando por un cañaveral.
– Hay algo que siempre me sorprendió de ti. Ese espíritu tuyo, tenaz y altivo al mismo tiempo, como encaramado en un árbol solitario, elevado por encima de todos… Esa voluntad que nada ni nadie ha podido quebrantar… Cuando te expulsamos lo comprobé. Los hombres profanaban tu cuerpo, el látigo quemaba tu carne, pero tú seguías siendo majestuosa. Quisiera saber cómo funciona eso… -La joven miraba los ojos de Raquel con tal fijeza que a Rulfo le pareció que, en efecto, deseaba comprender algún tipo de mecanismo-. Cuando mataste al ajeno, eso afloró por un segundo… Me atemoriza, te lo confieso: me da miedo lo que eres por dentro, y sospecho que también te lo da a ti. Porque es silencio. No he descubierto aún versos que lo arranquen. Quizá existan, quizá ahora mismo estén creándose. En algún momento, una combinación de palabras te hará saltar, y eso estallará. Ahora estás Anulada y podría matarte de forma prosaica, pero, si lo hiciera… ¿qué quedaría de lo que estoy viendo…? Si no puedo obtenerlo, ¿qué gano arrojándolo al barro…? -Se detuvo y despejó casi con ternura el cabello de la frente de Raquel. La muchacha apartó la cara-. Lo intentaré de nuevo. Una y otra vez. Descubriré de qué estás hecha. Tiraré de ti hasta que bajes del trono. No puedo permitir que eso que tienes no me consuma también a mí… Quiero quemarme con eso. -Deslizó una mano por la mejilla de la muchacha-. Puedo comprender que Akelos te admirara y quisiera ayudarte, porque… Bueno, durante el tiempo que pasé con ella en su casa… ¿Sabes…? Llegó a perder su… ¿diríamos entereza? Se convirtió en una rata chillona… A fin de cuentas, solo el dolor la separaba de la humanidad. En el dolor, dioses y hombres son iguales.
La muchacha giró hacia ella. Su voz sonó muy débil.
– Saga, te lo ruego… Sé lo que pretendes… Por favor, te ruego que… que no le hagas daño…
La joven retrocedió con expresión ofendida. Su cuerpo menudo y blanco era completamente visible para Rulfo bajo la leve malla del vestido. Los senos apenas estaban desarrollados. El sexo era una mancha de vello.
– Jamás. Ya tomamos esa decisión. ¿Es que no me crees…? Dime. ¿No me crees?
– Sí.
– Tu hijo queda fuera de esto. No entra en nuestro debate.
– ¿Dónde está? ¡Quiero verlo, por favor…!
– Aún duerme. Pronto lo verás.
– ¡No es propio de él dormir así! ¡Me estás mintiendo…!
De repente Rulfo casi pudo notar el cambio: una variación ligera pero repentina, como si alguien, en pleno invierno, hubiese abierto la ventana de una habitación caldeada para dejar paso a una bocanada gélida del exterior