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– Tu hijo está bien y ahora duerme -pronunció la joven lentamente cada palabra-. Pronto lo verás. No… sigas… con… eso.

Raquel había bajado los ojos y sus labios temblaban.

– ¿Puedo seguir hablando? -pidió Saga

– Sí.

– No me interrumpas otra vez.

– No, no lo haré…

– Perfecto.

El semblante de la joven retornó ala placidez.

– Nos enfrentamos a un problema ciertamente grave. Te confesaré algo. -Bajó la voz hasta convertirla en un murmullo. Rulfo apenas la escuchaba-. Todo esto es demasiado para mí. Me supera… Cuando ellas me convirtieron en Saga, no sabían… Soy una tonta inexperta, cariño. Míralas. -Señalaba hacia las damas, inmóviles y en fila, casi desnudas, como bailarinas de cabaret saludando desde el escenario-. Todas viejas, todas inmensamente listas, esperando el momento preciso… Llevo solo un lustro al frente de este carro de once yeguas… Y te compadezco. Es tan difícil, tan extraño… Existen tensiones, alianzas… A unas les caigo bien y a otras… Algunas se están haciendo demasiado poderosas… Maga utiliza a Lorca de una forma que me pone los pelos de punta. Strix tiene en la boca a Poe…, aunque por ahora sus designios quedan a mi alcance. Yo uso todo el Eliot, el Cernuda y el Borges que tú… Sus versos siguen estables. Pero ya sabes lo que es esto: un mundo que crece sin control… En algún lugar, ahora mismo, alguien está escribiendo un poema que, sin saberlo, puede arrojarme del pedestal… Una frase, en un idioma cualquiera… Tengo miedo. Me aterroriza este cáncer infinito. Eliot, Cernuda y Borges bastan por ahora. Pero ¿y mañana…? ¿Y dentro de cinco minutos…? Estamos a merced de la imaginación. Un verso puede crearnos y otro destruirnos. Somos muy débiles. Somos lo que los poetas consiguen…

Un movimiento en la fila de las damas. Una de las más jóvenes se había separado del grupo y avanzaba con lenta languidez, como si desfilara por una pasarela. Era la número nueve, contando desde la niña: Rulfo recordó que recibía el nombre de Incantátrix. Observó con inquietud que venía hacia él.

– Por eso ese silencio de tu mente me desespera, me da pánico -prosiguió Saga-. Akelos y tú nos traicionasteis una vez…

– Yo no traicioné a nadie.

– Bien, tú quisiste engañarnos, si lo prefieres, y Akelos nos traicionó al ayudarte. Ahora podría ocurrir lo mismo. Si, al menos, fueras capaz de revelarme algo…

Se detuvo a unos pasos de Rulfo. Era una muchacha de pelo castaño oscuro, rostro anguloso y cuerpo atractivo que el ligero vestido revelaba hasta en sus más pequeños detalles. Dos gruesos pendientes adornaban sus lóbulos. Sus labios abultaban como rosas. Los movió para sonreír. Entre sus juveniles pechos respiraba una pequeña arpa de oro. ¿No decían Los poetas y sus damas que había inspirado a Lautréamont y a los surrealistas? Rulfo no lo recordaba. En aquel momento solo le importaba averiguar sus intenciones.

La vio inclinarse frente a él. Fue un gesto armónico, casi de ballet. Por un instante le pareció que quería hacer una reverencia, pero entonces vio cómo llevaba el esbelto brazo derecho al suelo, tendía la mano, frotaba la tierra con el índice.

– … un nombre, Raquel. Uno solo. El de una de ellas. Te protegeré de posibles represalias.

– No sé ningún nombre, Jacqueline… No sé…

– Entonces ¿qué hay dentro de ese silencio de tu mente?

– No sé, no sé…

– ¿Por qué has recuperado la memoria?

– Tampoco lo sé… ¡Créeme!

– Sí, sé que «lo juras»…

– Quiero colaborar, Saga, por favor…

Rulfo escuchaba retazos del interrogatorio, pero sus ojos seguían fijos en la dama del símbolo del arpa. La vio incorporarse con el dedo índice manchado de tierra y acercarlo a su rostro. Intentó apartarse, pero la chica aferró su mandíbula con la otra mano. Tenía la fuerza de una zarpa de oso. Su dedo índice empezó a deslizarse por la mejilla derecha de Rulfo. Ahora no podía ver lo que sucedía a su alrededor, solo escucharlo.

– De acuerdo… -La voz de Saga hablando en francés-. El problema sigue como antes, hermanas. Deliberemos.

– No le hagáis nada al hombre… -La voz de la muchacha-. Es un ajeno. Tuvo los mismos sueños que yo, pero no sabe nada…

La dama seguía escribiendo en su rostro. Rulfo percibía el cepo helado de sus dedos, la aspereza de la tierra con que pintaba sus mejillas, el perfume a flor marchita de su aliento. El rostro (a un palmo de distancia del suyo) era el de una joven hermosa, pero su expresión desagradaba: parecía sonámbula o drogada. Entonces separó los gruesos labios y recitó algo mientras escribía.

Beaux… dés… pipés…

Pronunció las tres palabras de manera muy diferente, apenas sin relación con el idioma del que procedían. La última fue emitida como un silbido.

– ¡No sabe nada…! -repitió la voz de Raquel-. ¡No tiene nada que, ver en…!

La dama terminó de escribir y soltó la cara de Rulfo. Se limpió el dedo en su esmoquin, dio media vuelta y se dirigió de nuevo a su puesto.

Rulfo estaba aterrado.

Es una filacteria, Dios mío, me ha escrito una filacteria en la cara.

Recordó el verso de Blake en el vientre de Susana. No estaba seguro del autor del suyo: quizá un Lautréamont. Sentía tanto miedo que no podía hablar y apenas respirar. Se había quedado helado, no solo las extremidades, como si se hubiese convertido en un tembloroso témpano. Sabía que iba a sucederle algo terrible. Acababan de sentenciarlo -no le cabía duda sobre eso-, aunque ignoraba a qué. Por un momento casi había soñado con la posibilidad de que lo dejaran libre, pero ahora comprobaba hasta qué punto se había dejado llevar por una esperanza absurda. Y lo peor era que la sentencia había sido ejecutada con cruel tranquilidad. Aquella chica semidesnuda que ahora se alejaba de él contoneando las estrechas caderas ni siquiera le había hablado: nadie le había hablado después de que la mujer obesa lo interrogara. Sin duda, lo consideraban peor que a un animal. Lo iban a torturar y ejecutar en un silencio despectivo, con más calma que la empleada en aplastar a un insecto.

Desde algún lugar remoto de su audición le llegaba la discusión de las damas en un francés rápido y susurrante: ¿Y si volviéramos a azotarla con un látigo de manatí…? Pian, piano… Ne quid nimis… No costaría nada llevara la yegua al picadero… Error garrafal. Hagámoslo con palabras… Las puertas no deben abrirse a la fuerza… Seamos prudentes… Lo conocemos todo, o casi todo, sobre ella: falta el pequeño detalle del porqué… Pero apenas las escuchaba. Permanecía temblando, los ojos cerrados y la piel bañada en sudor, aguardando los efectos del verso. Imaginaba cosas espantosas: que el rostro se le caería a pedazos y, aun así, seguiría vivo; que dentro de su cuerpo crecería una riada de cucarachas que buscarían la salida asfixiándolo; que sus órganos se devorarían a sí mismos. Todo le parecía posible. Sentía tanto miedo como un niño pequeño. Pero no sucedía nada.

Sabía que estaba perdido: era cuestión de esperar. Sin embargo, esa misma certeza le llevó a arrancarse del pecho la losa de aquel terror profundo. Volvió a llenar de aire los pulmones y una imprevista ráfaga de coraje le hizo despegar los labios.

– ¡Callaos ya!

Todas las miradas giraron hacia él. Pensó en una manada de lobos olisqueando sangre fresca. Pero ya no podía detenerse.

– ¡Panda de viejas brujas, callaos de una vez…! ¡Dejadla marcharse, a ella y a su hijo…! ¡Ya la habéis torturado bastante…! ¡No sabe nada! ¡La han utilizado…! ¡Alguien nos ha utilizado a los dos…! ¡Ahora lo único que hacéis es fingir…! ¡Estáis ahí, discutiendo, fingiendo discutir entre vosotras…! ¡Esta chica no sabe nada, ya os lo ha dicho…! ¡Y Susana tampoco sabía nada…! ¡Dejadnos libres o matadnos…! ¡Pero, sobre todo, callaos! -Estaba frenético. Tiraba de sus brazos atados con flores, pero algo más que las frágiles ataduras los mantenía quietos e inservibles-. ¡Callaos, cobardes! ¡Cobardes…!

De pronto se interrumpió.

Estaba completamente seguro de que, un instante antes, las damas llevaban vestidos rojos transparentes.

Ahora todas vestían de negro hasta los pies y sus semblantes mostraban una palidez de alabastro, de cadáver amortajado. Incluso sus peinados eran diferentes. Solo sus medallones eran los mismos. La transformación se había producido con la limpia suavidad con que las manecillas de un reloj cambian de posición.

Raquel también lo había notado. Se volvió hacia Rulfo.

– Cálmate, deja que sea yo quien hable…

– No les tengo miedo -mintió Rulfo.

Entonces Saga avanzó hacia él. Parecía haber reparado en su presencia por primera vez. Lo miraba con curiosidad, casi con un punto de diversión, pero en sus ojos Rulfo creyó advertir un vacío turbio y anodino habitado por sombras difusas: como un cielo gris donde se removieran barnaclas. Sintió que su cerebro era un dibujo agujereado y que los ojos de la joven lo manchaban obteniendo un calco perfecto, un estarcido de sus pensamientos íntimos.

Creyó que iba a morir. Deseó que así fuera.

Entonces Saga alzó la mano y acarició cariñosamente su mejilla en un gesto de lentísima bofetada. Luego dio media vuelta

un giro

y dejó de prestarle atención. Se dirigió a las damas.