sal de ahí
Ballesteros apenas podía creer lo que veía.
Rulfo estaba muerto, desangrado, en la bañera. Pero el agua a su alrededor se agitaba y saltaba por los aires salpicándolo todo, como si algún animal de gran tamaño rebullera dentro.
– Ahí está -murmuró la muchacha.
– Sal de ahí.
Ante la orden, la cosa se aquietó. El cadáver de Rulfo se mecía exánime, como si yaciera junto a un tiburón al acecho. Raquel se aproximó a la bañera y, en ese momento, los coletazos se reanudaron y el agua volvió a saltar. Su ropa y su cabello quedaron empapados, pero ella no se apartó: repitió una vez más la orden, al tiempo que hacía señas a Ballesteros para que se acercara.
Ballesteros obligó a su propio cuerpo a moverse. Le aterraba la simple idea de mirar dentro de aquella bañera. Pero antes de que hubiese podido llegar a dar un solo paso, contempló algo que casi le hizo perder la razón. Una especie de tubo flexible, negro y lustroso, del grosor de los muslos de un hombre, emergió por el borde de cerámica y saltó hacia las baldosas derramando agua con cada contorsión. Al principio pensó, horrorizado, en la serpiente más grande y repugnante que había visto jamás. Pero no podía estar seguro: todo sucedía muy rápido.
– ¡Ayúdame! -gritó Raquel y se arrojó sobre aquella cosa monstruosa, sujetándola por un extremo.
Venciendo sus náuseas, Ballesteros atrapó una parte de la resbaladiza y aleteante criatura. Se agitaba entre sus manos como un martillo neumático. Tuvo que emplear toda su energía para no soltarla. Pero no era una serpiente. Parecía más bien un pez, quizá una morena, una robusta anguila negra. O no: un felino. La piel era aterciopelada y firme y tenía extremidades, con músculos y rebordes óseos.
Salieron del baño con aquella frenética carga entre los brazos.
– ¡Dentro del círculo! -gritó Raquel.
La dejaron caer al suelo y Ballesteros comprendió que se había equivocado: eran piernas lo que había creído la gruesa cola de una anaconda; manos y pies, no patas de cuadrúpedo; rostro, no el hocico de un depredador; una cabellera desordenada y negra, no el pelaje de un felino…
Cuando despertó, el médico estaba tomándole el pulso.
– ¿Cómo te encuentras?
Rulfo alzó la cabeza sin contestar, confuso, y reconoció su propio dormitorio, la puerta del baño abierta y un retrato sobre una silla con el cristal rajado. Entonces lo recordó todo. Su ropa chorreante se le había pegado a la piel. Alzó las manos. Estaban húmedas de sangre y agua, pero no advirtió ni rastro de los cortes en las muñecas. Raquel se hallaba al otro lado de la cama.
– Impidió tu muerte -dijo-. Antes de salir, cerró las heridas y te mantuvo vivo. No quiere perder su receptáculo todavía -añadió, irónica.
Él hizo, entonces, la pregunta que más le importaba. Por toda respuesta, sus amigos miraron hacia el comedor.
Con el corazón latiéndole con fuerza, se incorporó y salió de la cama tambaleándose. Ignoró el consejo de Ballesteros de permanecer en reposo un poco más. Nada ni nadie le impediría hacer lo que estaba deseando. Nada ni nadie le detendría en ese momento.
Quería verla.
Abrió la puerta del dormitorio, se asomó al comedor.
– Hola, Salomón.
Estaba sentada en el suelo en medio de un charco de agua, dentro de un círculo pintado de blanco, abrazándose las piernas, tan empapada como él, los cabellos pegados a la frente tatuándole los pómulos. Se hallaba completamente desnuda y su piel poseía una tenue tonalidad azul, como si hubiese permanecido mucho tiempo en una cámara frigorífica. Su expresión sonriente contenía cierto matiz de desprecio que Rulfo jamás le había observado antes.
Pero, sin lugar a dudas, era
ella
y, por primera vez en su vida, se sintió en el infierno al contemplarla.
Luego comprendió que aquella apariencia también era una ilusión, una imagen frangible. Las damas podían ser lobas, guepardos, serpientes o lechuzas. En realidad, no tenían una sola forma, eran cosas que la poesía había convocado, cosas que habitaban en los resquicios del lenguaje, logogrifos profundos. La número trece lo había conocido y elegido, quién sabía por qué, para anidar en su interior. Tal como le había dicho Raquel, no existía ninguna razón personaclass="underline" era simple azar.
Ballesteros y Raquel entraron en el comedor y ocuparon sendas sillas alrededor. Rulfo permaneció de pie. La criatura agazapada dentro del círculo lo miraba sonriendo.
Raquel intervino sin elevar la voz.
– Te hemos hecho salir. Debes revelarnos cuándo será la próxima reunión. Y tendrás que darnos acceso al interior.
La dama no pareció oírla. Seguía mirando a Rulfo.
– ¿Decepcionado? -dijo con voz ronca.
– No. Ahora ya no. Beatriz fue una hermosa mentira. Tú eres, simplemente, una verdad repugnante. No estoy decepcionado.
– Es increíble. -Ella abrió de par en par sus grandes ojos verdes-. Aún me amas.
– Dinos cuándo os reuniréis de nuevo -repitió Raquel con firmeza.
Beatriz giró la cabeza con brusquedad, como si su diálogo con la persona que le interesaba se hubiera visto interrumpido por un interlocutor indeseable.
– Hola, Raquel. Esta apariencia de ajena te sienta muy bien.
– ¿Cuándo os reuniréis de nuevo?
– ¿Dónde está tu pequeño, Raquel?
– ¿Cuándo os reuniréis de nuevo?
– Tu hijo te envía saludos. ¿Quieres verlo?
Hubo un silencio, pero no fue perfecto: la mujer, o lo que fuese aquella cosa acurrucada dentro del círculo, producía, entre las pausas, un perceptible bordoneo de gata enferma, como si el aire resonara al atravesar su garganta. Repentinamente, Raquel se dirigió a Rulfo.
– ¿Alguna vez escribiste poemas inspirados en Beatriz?
– Uno solo. Cuando murió.
– ¿Podrías encontrarlo fácilmente?
– Lo sé de memoria.
– ¿Cuántos versos tiene?
– Catorce.
– Recita los cuatro primeros, por favor.
Al principio, él pareció no haberla oído. Miraba fijamente el rostro de Beatriz. La dama aún mantenía la sonrisa, pero ahora semejaba hallarse al acecho, como si no supiera muy bien qué iban a hacer ellos.
– ¿Salomón?
– Sí.
– Recita los cuatro primeros versos, por favor.
Inhaló profundamente y buscó en su memoria. No tuvo que hacer un esfuerzo especial. Repetidos y recordados una y otra vez, los versos viajaron hacia sus labios con docilidad, como sus lágrimas. Al principio su voz era trémula, luego se hizo más firme.
Niégate los crepúsculos
Olvídate de los sueños
Y mírate iluminada
Del sol de tu presencia.
Al final del tercero, la sonrisa de Beatriz desapareció. Con el cuarto, se inclinó hacia atrás y jadeó entrecortadamente. En sus labios despuntó algo similar a una lengua hendida, un résped violáceo, una cinta color livor afilada como la cola de un látigo. Pero, durante un fugaz instante, su expresión recordó a Rulfo la que adoptaba cuando hacían el amor. Apartó la vista, horrorizado, repugnado, y se secó los ojos con el dorso de la mano.
– Da resultado -dijo Raquel-. Está atada a ti con esos versos. ¿Cuándo os reuniréis de nuevo? -repitió.
La dama número trece los miró. En el borde de sus párpados se acumulaba la sangre.
– Tienes los días contados, Raquel. -Su voz era como la hojarasca al ser removida.
– Responde.
– No te servirá de nada saberlo. Aunque tuvieras acceso, ¿qué harás…?
– Recita los siguientes cuatro versos, Salomón.
Su voz resonó con más fuerza.
Tu hermoso cabello negro,
Tu dulce mirada verde:
He perdido tu figura
En el fondo del recuerdo.
El rostro que había sido de Beatriz Dagger mostraba ahora confusión y miedo. Se abrazaba a sí misma balanceándose adelante y atrás. Parecía sentir una especie de dolor. Y había adelgazado bruscamente: la espalda empezaba a revelar, como en una bajamar de la piel, la impronta de vértebras y costillas.
– Dios mío -murmuró Ballesteros.
– Dime cuándo y dónde volveréis a reuniros.
– Dentro de cuatro noches… -La dama temblaba, pero volvió a sonreír-. Demasiado pronto para ti, ¿verdad, Raquel…?
La muchacha miró a ambos hombres, momentáneamente desesperada con la noticia, pero ellos apenas habían escuchado la respuesta: contemplaban hipnotizados aquel espectro de cabellos húmedos, magro y azulenco, agazapado en el suelo.
– ¿Dónde será la reunión?
– Sabrás dónde sin que yo te lo diga.
– ¿Tenemos acceso?
– Lo tenéis. Pero te arrepentirás. -Y volvió el demacrado rostro hacia Rulfo-. Os está llevando a la muerte.
– Te equivocas -dijo Rulfo-. Ya estamos en la muerte.
Se dirigieron a la cocina para conversar. Raquel aseguró que no existía riesgo de que escapara hallándose dentro del círculo.
Por un instante, ninguno de los tres dijo nada. Miraban al techo, a la pared o a los ojos de los demás. Estaban agotados, física y mentalmente; solo la muchacha parecía conservar las fuerzas, aunque había perdido gran parte del ánimo que poseía.
– Dentro de cuatro noches -musitó-. Solo cuatro noches. Saga debe de haber sospechado algo y ha adelantado la reunión. Puede hacerlo en casos excepcionales.