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– Sí, ya lo sé -respondió ella abatida-. Ahora no puedo ayudarte con eso, ya sabes. Pero tal vez pueda arreglar hoy lo del traslado, si me dices de dónde has sacado los documentos.

Fue evidente que la oferta le resultó tentadora. Lo vio contar bolas imaginarias, si es que sabía contar.

– Los encontré. No puedo decir na más. Creo que sé de quiénes son. Gente peligrosa, ya sabes. Te encuentran estés donde estés. No, la verdad es que creo que esos papeles siguen siendo un buen seguro. Será mejor que espere mi turno en el patio, he avanzado bastante en la lista, llevo ya cinco días ahí.

La subinspectora Wilhelmsen no tenía fuerzas para continuar. Le ordenó que se bebiera el resto de la Coca-Cola; él obedeció la orden y se la fue bebiendo por el camino hasta las celdas. Ante la puerta de la suya, le devolvió la botella vacía.

– He oído hablar de ti, ya sabes. Dicen que eres justa. ¡Gracias por las Coca-Colas!

El hombre fue trasladado a la cárcel provincial ese mismo día. Wilhelmsen no estaba tan cansada como para no tener tiempo de mover unos hilos antes de irse a su casa. Aunque no podía sacarse de la manga plazas en una cárcel repleta, al menos podía influir sobre las prioridades. Aquel hombre maltrecho se sintió feliz cuando, ese mismo día, una vez instalado en una celda con ventana en la que al menos había algo parecido a una cama, recibió la visita de su abogado.

Estaban solos en una habitación, el jurista de traje y el hombre con síndrome de abstinencia. En el cuarto, se entraba desde una sala más grande, donde los más afortunados recibían visitas de la familia o de amigos; una habitación yerma y poco acogedora que intentaba sin éxito causar buena impresión; incluso habían montado un rincón de juegos para las visitas más jóvenes.

El abogado hojeó los documentos. Tenía el maletín sobre la mesa. Estaba abierto y la tapa era como un escudo entre ellos. Parecía más nervioso que el preso, cosa que el estado de salud del drogadicto le impidió apreciar. El abogado bajó la tapa del maletín y le tendió un pañuelo. Desdobló el trozo de tela y le ofreció el contenido.

Allí estaba la bendición, todo lo que necesitaba aquel hombre exhausto para conseguir unas horas de bien merecido éxtasis. Intentó cogerlo, pero fue en vano. El abogado retiró la mano a toda velocidad.

– ¿Qué has dicho?

– ¡No he dicho na! ¡Ya me conoces! ¡Yo no hablo de más! ¡El menda no canta, ya sabes!

– ¿Hay algo en tu piso que pueda darle pistas a la Policía? ¿Alguna cosa?

– No, no, na. Sólo el material. Mala suerte de cojones, ya sabes, eso de que vinieran justo antes de la entrega. No ha sido culpa mía.

Si el cerebro del hombre no hubiera estado atontado por veinte años de abuso de los estimulantes artificiales, quizás hubiera dicho otra cosa. Si el atisbo de la salvación en el maletín del abogado no hubiera debilitado la pizca de juicio que aún podía atribuírsele, tal vez habría contado que estaba en posesión de material comprometedor, papeles que había encontrado en el suelo después de otro encuentro en una sala de visitas, tras otro arresto. Si hubiera estado en posesión plena de sus facultades mentales, probablemente habría comprendido que para que los documentos cumplieran el papel de seguro de vida, tenía que anunciar que los tenía en su poder. Tal vez incluso debería haberse inventado una historia sobre que alguien se lo contaría todo a la Policía en caso de que le sucediera algo. De eso al menos hubiera sacado alguna ventaja, quizá le hubiera salvado la vida, quizá no. Pero estaba demasiado atontado.

– Tú sigue manteniendo la boca cerrada -dijo el abogado, y permitió que el detenido se sirviera del contenido del pañuelo.

Le dio también un cilindro del tamaño de una purera, en cuyo interior el reo, con manos entusiasmadas y cada vez más temblorosas, consiguió introducir el material. Sin pudor, se bajó los pantalones y se metió el pequeño contenedor alargado en el recto con una mueca.

– Me van a cachear antes de volverme a meter en la celda, pero el culo no me lo van a mirar, sólo he visto a mi abogado -se rió el hombre, satisfecho.

Cinco horas más tarde lo encontraron muerto en su celda. La sobredosis lo había despachado a la muerte con una sonrisa dichosa en los labios. El material estaba en el suelo, ínfimos restos de la heroína en un pequeño trozo de plástico. En la hierba húmeda, dos pisos por debajo de la ventana enrejada de su celda, yacía un pequeño estuche con forma de puro; pero nadie lo buscó; se quedó allí, a la intemperie, hasta que, año y medio después, lo encontró un vigilante.

La anciana madre del preso no fue informada de la muerte hasta dos días más tarde. Vertió unas lágrimas amargas y, para consolarse, se bebió una botella entera de Eau de Vie. Había sufrido cuando el niño llegó al mundo sin que tal cosa estuviera planeada y lo acompañó llorosa a lo largo de su vida, del mismo modo que lloró en el momento de su muerte. Aparte de ella, nadie, absolutamente nadie, echaría de menos a Jacob Frøstrup.

Aunque el hombre ya se había comportado de modo amenazador la última vez que se vieron, esta vez estaba furioso, casi irreconocible. Los dos hombres se habían encontrado como la otra vez, en un aparcamiento al fondo del valle de Maridalen. Habían aparcado sus respetables coches en extremos opuestos del aparcamiento, cosa que llamaba la atención, puesto que sólo había otros tres vehículos en el lugar, todos aparcados juntos. Cada uno por su lado, se habían dirigido al bosque, el mayor con el equipo adecuado, el más joven pasando frío con su traje y sus zapatos negros.

– ¿En qué coño estás pensando? ¿No tienes otra ropa que ponerte? -le espetó el mayor, una vez que se hubieron adentrado unos cientos de metros entre los árboles-. ¿Pretendes que te mire todo el mundo?

– Relájate, no me ha visto nadie.

Le castañeteaban los dientes. El pelo oscuro ya se le había humedecido y la lluvia le había teñido los hombros de negro. Se parecía a Drácula, una impresión que se veía reforzada por los colmillos afilados que en aquellos momentos asomaban incluso cuando cerraba la boca, puesto que los labios se le encogían a causa del frío.

A poca distancia escucharon el zumbido de un tractor. Se apresuraron a esconderse detrás de sendos troncos de árbol, una medida de seguridad absolutamente innecesaria: se encontraban a más de cien metros del camino que cruzaba el bosque. El sonido del motor fue desapareciendo.

– Tenemos una política clara de no reunimos nunca -continuó el que estaba más enfadado-. Y ahora he tenido que reunirme contigo dos veces en muy poco tiempo. ¿Has perdido completamente el control?

La pregunta era superflua, el hombre mojado parecía estar fuera de sí. Su comportamiento desvalido y cutre se hacía aún más patente en contraste con el traje caro y el peinado a la última moda. Ambas cosas estaban a punto de desintegrarse. No respondió.

– ¡Sobreponte, hombre! -El mayor parecía completamente desesperado y agarró al más joven de las solapas, lo sacudió; el otro no presentó resistencia, su cabeza colgaba como la de un muñeco de trapo-. Escúchame, escúchame ahora mismo. -El mayor cambió de técnica; lo soltó y habló despacio y articulando, como quien se dirige a un niño pequeño-:

Cerramos el negocio. Vamos a pasar como de la mierda de los dos o tres meses de los que hablé. Recogemos nuestros bártulos. ¿Me oyes? Pero me tienes que contar en qué punto estamos. ¿El pájaro de la cárcel sabe algo sobre nosotros?

– Sí, sobre mí. Sobre ti no sabe nada, por supuesto.

El mayor se puso casi a gritar:

– ¿Qué coño querías decir entonces cuando me contaste que no habías sido tan idiota como Hansa? ¡Me dijiste que no tenías contacto con los correos!

– Te mentí -respondió el otro con apatía-. ¿Cómo narices iba a reclutarlos si no? Les he proporcionado droga dentro de la cárcel. No mucha, pero la suficiente como para poder mover los hilos. Corren detrás de la droga como los perros tras las perras en celo.