– Esa puerta está fatal -se quejó-. Lo he dicho mil veces. En realidad es un milagro que a nadie le haya pasado nada grave. ¿En qué puedo ayudar al señor?
Myhreng le dedicó su sonrisa irresistible-para-señoras-mayores, pero ella desenmascaró sus intenciones y su boca adquirió un aire severo, y se le formaron mil arrugas alrededor como pequeñas flechas enfadadas.
– Me gustaría hablar con el abogado Lavik -dijo Myhreng, sin quitarse la sonrisa malograda.
La señora hojeó en un libro, pero no lo encontró.
– ¿No tenía cita?
– No, pero la cosa tiene cierta importancia.
Myhreng dijo quién era y la boca de la señora se frunció aún más. Sin añadir palabra, la secretaria pulsó dos teclas en un teléfono. El abogado Lavik lo iba a recibir, pero tardaría unos minutos en estar disponible.
Tardó media hora.
El despacho de Lavik era grande y luminoso. Era una habitación cuadrada con suelo de parqué y en las paredes sólo había tres cuadros, con lo que la acústica era desagradable; hubiera resultado útil tener más adornos en las paredes. El escritorio estaba llamativamente ordenado, tan sólo contenía cuatro carpetas. Un enorme armario archivero de madera noble ocupaba uno de los rincones de la habitación, junto a una pequeña caja fuerte. La silla para los clientes era cómoda, pero Myhreng sabía que estaba comprada en Muebles A y que era más barata de lo que parecía, porque él tenía una igual. En la estantería no había gran cosa, así que el periodista supuso que el bufete contaba con una biblioteca. Sonrió al percatarse de que uno de los estantes estaba repleto de viejos libros juveniles, en envidiable estado de conservación, a juzgar por los lomos.
Volvió a presentarse. El abogado parecía tener curiosidad y era probable que el sudor sobre su labio se debiera a que el termostato no funcionaba. Myhreng también tenía calor y se tiró un poco del jersey de lana.
– ¿Esto es una entrevista? -preguntó el abogado, con mucha amabilidad.
– No, más bien se podría decir que es un pequeño interrogatorio.
– ¿Sobre qué?
– Sobre tu relación con Hansa Olsen y el asunto de drogas en el que la Policía cree que estaba implicado.
Hubiera jurado que el abogado Lavik reaccionó. Un rubor suave, casi invisible, asomó en su cuello y con el labio inferior succionó algunas de las gotas de sudor del superior.
– ¿Mi relación?
Sonrió, pero la sonrisa no le quedó muy bien.
– Sí, tu relación.
– ¡Pero si yo no tenía nada que ver con Olsen! ¿Estaba implicado en un asunto de drogas? ¿Implicado? Por tu periódico había creído entender que fue víctima de unos traficantes de drogas, no que estuviera implicado en algo…
– Por ahora, es todo lo que podemos afirmar, pero tenemos nuestras teorías. Y la Policía también, creo.
Lavik se había sobrepuesto. Volvió a sonreír, esta vez le quedó mejor.
– Bueno, estás errando mucho el tiro si me quieres relacionar a mí con todo eso. Apenas conocía a Olsen. He coincidido con él, por supuesto, por aquí y por allá, pero no se puede decir que lo conociera, en absoluto. Trágico, por cierto, morir de esa manera. ¿No tenía hijos?
– No, no tenía. ¿Dónde metes tu dinero, Lavik?
– ¿Mi dinero?
Parecía sinceramente perplejo.
– Sí, ganas un montón de dinero. Si los datos que has proporcionado a Hacienda son correctos: 1,4 millones el año pasado. ¿Dónde los has metido? -¡Eso no es asunto tuyo! Para serte franco, tengo la conciencia completamente tranquila a este respecto; cómo invierto el dinero que gano legalmente no es, en absoluto, asunto tuyo.
Se interrumpió de pronto, se le había acabado la paciencia. Miró el reloj y dijo que tenía que preparar una reunión.
– Pero tengo más cosas que preguntarte, Lavik, muchas, muchas cosas más -protestó el periodista.
– Pues yo no tengo más respuestas -dijo Lavik con decisión, se levantó y señaló la puerta.
– ¿Puedo volver otro día que te venga bien? -insistió Myhreng mientras cruzaba la habitación.
– Será mejor que llames antes. Soy un hombre muy ocupado -concluyó el abogado, y cerró la puerta.
Fredrick Myhreng estaba solo con la bibliotecaria. Se había contagiado de la actitud distante de su jefe y dio la impresión de que iba a negárselo cuando Myhreng pidió permiso para usar el servicio, pero al final accedió.
Al llegar se había fijado en una ventana con cristal ahumado situada a medio metro de la puerta de entrada, en el pasillo. Mientras esperaba había supuesto que debía de dar al servicio, pero no era exactamente así. Tras la puerta con un corazón de porcelana había una antesala con lavabo, mientras que el propio servicio estaba separado por una puerta con cerrojo. La sacudió un poco, pero en vez de entrar, sacó una navaja multiusos. Tenía tres destornilladores y no le resultó difícil aflojar los seis tornillos que sujetaban la ventana de cristal ahumado. Myhreng sabía lo suficiente de carpintería como para sonreír un poco al comprobar que la ventana estaba atornillada. Debería estar sujeta con masilla, si no acabaría atascándose. Aunque por ahora no había sucedido, quizá porque era una ventana interior y poco expuesta a la humedad. Se aseguró de que a los tornillos les quedaban un par de vueltas de rosca y tiró de la cadena. A continuación se lavó las manos y sonrió amablemente a la señora, que, en cambio, no se dignó a decirle adiós cuando salió del bufete. Él no se lo tomó a mal.
Ya era de noche. Hacía un frío tremendo, pero Myhreng no tenía prisa por entrar. Había empezado a inquietarse. Los ánimos desbordados de la mañana habían dado paso a una vacilación inquieta. En la Facultad de Periodismo no le habían enseñado nada sobre cómo entrar en casas ajenas u otras ilegalidades, más bien al contrario. Ni siquiera sabía por dónde empezar.
El edificio tenía oficinas en las tres primeras plantas y viviendas en las dos superiores, por lo que se podía deducir del telefonillo. En las películas, el ladrón solía llamar a todos los timbres y decir «Hi, it's]oe», con la esperanza de que alguien conociera a algún Joe y le abriera la puerta, pero dudaba de que eso funcionara. La puerta del portal estaba cerrada a cal y canto. Optó por la segunda mejor opción y sacó una palanca de hierro de su cazadora de cuero.
Fue bastante sencillo. Después de dos crujidos, la puerta cedió. Ni siquiera los pernios chirriaron cuando entornó la puerta lo bastante como para colarse hacia dentro. A la izquierda, tres lindos escalones conducían a otra puerta y ya habían echado sal contra las heladas de la noche. Myhreng estaba preparado para un nuevo obstáculo, pero, por si acaso, probó el pomo antes de arremeter contra ella con la barra de hierro. A alguien se le debía de haber olvidado echar la llave, pues la puerta se abrió. Le pilló tan por sorpresa que, sin querer, dio un paso hacia atrás, se quedó con el pie en el aire y gimoteó cuando alcanzó el suelo más tarde de lo que habían calculado sus reflejos. Pero aquello no disminuyó su alegría por lo bien que iba todo.
Subió las escaleras al doble de velocidad que unas pocas horas antes. Al llegar a la ventana ahumada se detuvo un rato para recuperar el aliento y para comprobar que nadie daba señales de haberlo descubierto, pero no se oía más que el pitido de sus propios oídos; al cabo de un minuto, sacó un bote de plastilina. Con cuidado pegó un poco de la masa contra el cristal y, con ayuda del pulgar, la fue introduciendo por el borde. No era fácil calcular cuánto podía apretar sin que el cristal se desprendiera, pero después de un rato le pareció suficiente y repitió la operación un poco más abajo con otro pedazo de plastilina. Una vez que la hubo extendido, apretó con fuerza. La ventana no se movió.
Había empezado a sudar y sentía la necesidad de quitarse la cazadora, que además dificultaba sus movimientos, así que tras un segundo intento se la quitó. Los dedos habían dejado profundas marcas en la masa de plástico, a pesar de los guantes. Al tercer intento empujó con todo el peso de su cuerpo y sintió cómo cedían los tornillos. Afortunadamente la ventana se desprendió primero por abajo. Entornó el marco al mismo tiempo que se colaba dentro de la pequeña habitación. La ventana estaba completamente suelta, pero entera. Recogió la cazadora antes de quitar la plastilina y volvió a colocar el cristal en su sitio.