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El holandés que comía chocolate era todo un personaje. Primero desenvolvió la chocolatina con cuidado, siguiendo el borde del pegamento para que no se rompiera el papel, y luego partió la chocolatina siguiendo escrupulosamente las líneas marcadas por la fábrica. A continuación acható el papel sobre la mesa y separó las piezas dejando un milímetro exacto entre ellas. Finalmente empezó a comérselo siguiendo un esquema definido: comenzó por una esquina, luego cogió el pedazo que quedaba por encima en diagonal, después el de la siguiente fila en diagonal hacia atrás, y así fue subiendo en zigzag hasta que llegó arriba. Entonces empezó desde arriba y fue comiendo hacia abajo, siguiendo el mismo patrón, hasta que se acabó la chocolatina. Le llevó cinco minutos. Para acabar lamió el papel hasta que estuvo completamente limpio, lo alisó con los dedos unidos y lo plegó minuciosamente.

– En realidad ya he confesado -dijo finalmente.

Hanne pegó un respingo, se había quedado completamente fascinada por el espectáculo de su ingestión.

– No, estrictamente hablando no has confesado, aún -dijo y, sin hacer movimientos demasiado bruscos, sacó el papel que había preparado con los datos personales obligatorios en la esquina superior de la derecha-. No es necesario que confieses -dijo con calma-. Además tienes derecho a que esté aquí tu abogado. -Con eso había cumplido las reglas y le pareció intuir una sonrisa en la boca del joven cuando mencionó a la abogada, una sonrisa buena-. A ti te gusta Karen Borg -constató con amabilidad.

– Es buena.

El holandés había empezado a comerse la segunda chocolatina, siguiendo el mismo esquema que con la primera…

– ¿Te gustaría que ella estuviera ahora aquí o te parece bien que tú y yo tengamos una charla solos?

– Me parece bien.

No estaba del todo segura de si se refería a la primera alternativa o a la segunda, pero lo interpretó a su favor.

– Así que fuiste tú quién mató a Ludvig Sandersen.

– Sí-dijo, aunque estaba más pendiente de la chocolatina que de la conversación. Se le había movido un pedazo y el dibujo estaba alterado, era evidente que eso lo inquietaba.

Hanne suspiró y pensó para sus adentros que aquel interrogatorio iba a tener menos valor que el papel sobre el que lo iba a escribir; aun así merecía la pena intentarlo.

– ¿Por qué lo hiciste, Han? -Él ni siquiera la miró-. ¿No quieres contarme por qué? -Siguió sin haber respuesta, la chocolatina estaba a medias-. ¿Hay alguna otra cosa que me quieras contar?

– Roger -dijo, con voz alta y clara, y con la mirada lúcida durante una milésima de segundo.

– ¿Roger? ¿Fue Roger quién te pidió que lo mataras?

– Roger.

Estaba a punto de volver a desaparecer en sí mismo, la voz volvía a parecer la de un anciano. O la de un niño.

– ¿Se llama algo más aparte de Roger?

Se había roto la comunicación. La mirada distante había reaparecido. La policía llamó a los dos hombres fornidos, ordenó que no lo esposaran y le dio al holandés la última chocolatina, para la merienda. Él se puso muy contento y se fue con una sonrisa.

La nota con su número colgaba en el corcho. Respondieron enseguida al teléfono y ella se presentó. Karen sonaba amable, pero sorprendida. Hablaron durante varios minutos antes de que Hanne fuera al grano.

– No tienes por qué contestar a esto, pero, de todos modos, te lo pregunto: ¿Han van der Kerch te ha mencionado alguna vez el nombre de Roger?

Había dado en el blanco. La abogada se quedó completamente callada. Hanne tampoco dijo nada.

– Todo lo que sé es que anda por Sagene. Prueba allí. Creo que debes buscar a un vendedor de coches. No debería decirte esto. No te lo he dicho.

Hanne le aseguró que nunca lo había oído, le dio las gracias efusivamente, cortó la conversación y marcó un número de tres cifras en el teléfono.

– ¿Está Billy T.?

– Hoy tiene el día libre, pero se va a pasar por aquí, creo.

– ¡Cuando venga pídele que se ponga en contacto con Hanne en la once!

– ¡¡¡Está bien!!!

La atmósfera al otro lado de la ventanilla del coche tenía el aspecto de airados garabatos a lápiz y el aguanieve se adhería al cristal a pesar de los intensos esfuerzos del limpiaparabrisas. Había sido un otoño extraño, el frío intenso se había alternado con la nieve, la lluvia y hasta ochos grados centígrados. Pero ahora el termómetro se había aferrado a algún punto por la mitad del árbol, y desde hacía varios días la temperatura se mantenía en torno a los ceros grados.

– Te estás aprovechando bastante de nuestra vieja amistad, Hanne. -No estaba enfadado, sólo se hacía valer un poco-. Yo trabajo en Desorden, no soy el recadero de Su Alteza Wilhelmsen. Y encima hoy tengo el día libre. En otras palabras: me debes un día libre. Apúntatelo.

Para ver algo tenía que inclinar su enorme cuerpo hasta tocar el cristal. Si no hubiera sido por su tamaño y la cabeza rapada, se le hubiera podido tomar por una cuarentona de un barrio fino, con un BMW y el carné recién sacado.

– Estaré eternamente en deuda contigo -le aseguró Hanne, y pegó un respingo cuando él frenó bruscamente a causa de una sombra que resultó ser un adolescente despistado.

– Joder, no veo una mierda -dijo Billy T., que intentó limpiar el vaho que se formaba en la parte interior del cristal tan pronto como lo quitaba.

Hanne giró la clavija de la calefacción, sin que tuviera el más mínimo resultado.

– Propiedad pública -murmuró, y se anotó para sus adentros el número del coche para no volver a cogerlo en días de lluvia-. Sólo he encontrado a un Roger en el negocio del automóvil en Sagene. Así que, por lo menos, no vamos a tener que andar buscándolo -dijo, intentando consolarlo. El coche se subió a una acera y Hanne se golpeó contra la puerta y se dio un golpe en el codo con la manivela de la ventanilla-. Ay, ¿pretendes matarme?

Primero se enfadó, pero luego descubrió que habían llegado.

Billy T. aparcó junto a una pared de hormigón gris, que tenía pintado un gran letrero de prohibido aparcar. Apagó el motor y se quedó sentado con las manos en el regazo.

– ¿Qué es lo que vamos a hacer, en realidad?

– Sólo vamos a echar un vistazo. Tal vez asustarlo un poco.

– ¿Yo hago de policía o de bandido?

– De cliente, Billy T. Tú eres un cliente. Hasta que yo te diga lo contrario.

– ¿Qué estamos buscando?

– Lo que sea. Algún rasgo particular, cualquier cosa de interés.

Hanne salió del coche y cerró la puerta con llave, aunque fue bastante innecesario. Billy T. se limitó a cerrar la suya de un portazo, sin mayores contemplaciones.

– Nadie va a robar este trasto -dijo encogiéndose de hombros, sobre todo para protegerse del frío que le esperaba a la vuelta de la esquina.

La subinspectora adivinó las letras: «Sagene Car Sale». Aunque hubiera convenido cambiar los tubos de neón, pues en la penumbra sólo se podía leer: «Sa ene Ca S le».

– ¡Vaya, qué ambiente tan internacional!

Cuando entraron por la puerta sonó una campana lejana. Olía a Volvo Amazon. Un olor completamente mareante que procedía de la colección más grande que Wilhelmsen hubiera visto nunca de los así llamados purificadores de aire: cuatro árboles de Navidad de cartón, de unos cincuenta o sesenta centímetros de altura, estaban alineados sobre el mostrador de cinco metros de largo. Los árboles estaban a su vez decorados con árboles más pequeños que colgaban de hilos brillantes y con exuberantes dibujos de mujeres impregnadas de la misma sustancia. Como si fueran regalos al pie de los árboles, en torno a los troncos había unas pilas de tortugas de plástico con olor a ambientador que contribuían lo suyo a que el aire en torno a la caja registradora fuera uno de los más purificados de la ciudad. Las tortugas tenían las cabezas sueltas sobre un pequeño muelle y, cuando los policías abrieron la puerta y se formó corriente, los saludaron amablemente moviendo la cabeza.