Выбрать главу

Hanne se sorprendió. Algunos de los números empezaban con cifras que no se usaban para eso, pero tampoco tenían prefijos. Siguió pasando las páginas y se detuvo junto a unas iniciales:

– H. V. D. K. -exclamó-. ¡Han van der Kerch! Pero no reconozco el número…

– Compruébalo en la guía telefónica -dijo Billy T., aunque la cogió de la guantera antes de que Hanne tuviera tiempo de reaccionar-. ¿Cómo aparece Van der Kerch? ¿En Van, en Der o en Kerch?

– No lo sé, pruébalo todo.

Lo encontró en Kerch. El número no coincidía con el del cuaderno. Hanne estaba decepcionada, pero tenía la sensación de que en aquellos dos números había algo inexplicable. Era como si tuvieran algún parecido, aunque fueran completamente diferentes. Le llevó treinta segundos comprenderlo.

– ¡Eureka! El número de la guía telefónica es el número del cuaderno menos el siguiente número en la serie, si cuentas también con los números negativos y luego le quitas el menos. Billy T. no comprendió una palabra.

– ¿Cómo?

– ¿Nunca has visto los pasatiempos esos de números? Te dan una serie de números y luego tienes que descubrir la regla para agregar el último número a la lista. Una especie de test de inteligencia, eso dicen algunos, a mí me parece más bien un pasatiempo. Mira: el número del cuaderno es 93 24 35. Si a 9 le restas 3, sale 6. 3 menos 2 es 1, y 2 menos 4 es menos 2. Pasamos del menos. 4 menos 3 es 1, y 3 menos 5 es menos 2. Al 5 le restamos el primer número, 9, y nos da menos 4. El número de la guía telefónica tiene que ser 61 21 24.

– ¡Exacto! -Estaba francamente impresionado-. ¿Cómo has aprendido a hacer eso?

– Bah, la verdad es que hubo un tiempo en que tuve intención de estudiar Matemáticas, los números son algo fascinante. Esto no puede ser casualidad. Busca el número de Jørgen Lavik.

Usó el mismo método y tuvo suerte. El número aparecía codificado en la página ocho del cuaderno. Billy T. encendió el motor, que resonó con un bramido tan triunfal como se podía sacar de un viejo Opel Corsa, y se adentró en la tarde grisácea.

– O bien Jørgen Lavik compra muchos coches usados, o esto es la prueba más firme que tenemos en este caso -dijo Hanne en tono triunfal.

– Eres un genio, Hanne -respondió Billy T. con una sonrisa que le partía la cara en dos-. ¡Una puta crack!

Siguieron un rato en silencio.

– ¿Sabes? Creo que me han entrado bastantes ganas de comprarme el Kadett ese -murmuró Anne en el momento en que entraban en el garaje de la Comisaría General.

Jueves, 12 de noviembre

Jørgen Ulf Lavik estaba tan seguro de sí mismo como en la ocasión anterior. Håkon Sand se sentía cohibido en sus pantalones de pana con rodilleras y un jersey que tenía desde hacía cinco años, con un caimán agotado al que no le gustaba el agua de la lavadora. El traje del abogado contrastaba fuertemente con la teoría de que el tipo era un tacaño.

– En realidad, ¿qué hace él aquí? -preguntó Lavik dirigiéndose a Wilhelmsen, pero señalando con la cabeza a Sand-. Yo creía que eran los policías los que hacían el trabajo de los negros.

Ambos se ofendieron, probablemente fuera la intención.

– ¿Y qué estatus tengo hoy? -continuó el abogado, sin aguardar la explicación de la presencia de Sand-. ¿Soy sospechoso de algo o sigo siendo sólo «testigo»?

– Eres testigo -dijo secamente la subinspectora.

– ¿Podría preguntar de qué se supone que soy testigo? Ya es la segunda vez que me presento aquí. Colaboro encantado con la policía, ¿sabéis?, pero a partir de ahora voy a tener que oponerme a más visitas, como no tengáis pronto algo concreto que preguntarme.

Wilhelmsen se quedó mirándolo fijamente durante varios segundos y Lavik tuvo que apartar la mirada, aunque la desvió desdeñosamente hacia Sand.

– ¿Qué coche tienes, Lavik?

AI tipo no le hizo falta ni pensárselo.

– ¡Pero si lo sabéis perfectamente! ¡ La Policía observó mi encuentro nocturno con un cliente! Volvo, modelo 1991. Mi mujer tiene un Toyota más viejo.

– ¿Los comprasteis nuevos o usados?

– El Volvo era nuevo. Una ranchera estándar. El Toyota tenía ya un año cuando lo compramos, si no recuerdo mal. Tal vez año y medio.

Seguía pareciendo completamente seguro.

– Supongo que el Volvo lo compraríais en Isberg, ¿no? -sugirió la subinspectora condescendiente.

Y así había sido. El Toyota lo habían comprado por vía privada, a través de un amigo.

La ventana estaba entornada y amarrada, con una apertura de apenas un centímetro. En el exterior, el viento soplaba con fuerza y, a intervalos regulares, sonaba un lento silbido quejumbroso, como un fino aullido, cuando el viento se abría paso a través del marco de metal y entraba en la habitación. Resultaba casi tranquilizador.

– ¿Conoces a un tipo que vende coches en Sagene?

Se arrepintió inmediatamente. Debería haber sido más astuta, haberle puesto una trampa más sutil. Esto no tenía nada de trampa. ¡Novata! ¿Estaba perdiendo la capacidad de hacer su trabajo? ¿Le habría privado la conmoción cerebral de la astucia de la que tanto se enorgullecía? La metedura de pata hizo que empezara a mordisquearse una uña. El abogado se tomó el tiempo que necesitaba. Se lo pensó muy bien, evidentemente más de lo necesario.

– La verdad es que no tengo por costumbre revelar el nombre de mis clientes, pero ya que me lo preguntáis: un viejo cliente mío se llama Roger, lleva una pequeña tienda de coches, y sí, puede que sea en Sagene. Yo no he estado nunca. Preferiría no decir nada más. La discreción, ya sabéis. En esta profesión hay que ser discreto; si no, te quedas sin clientes.

Cruzó las piernas y enlazó las manos alrededor de las rodillas. La victoria era suya, eso lo sabían todos.

– Es curioso que tenga tu número de teléfono guardado en código. -Hanne probó suerte, pero no la tuvo.

El abogado Lavik insinuó una sonrisa.

– Si tuvieras idea de lo paranoica que es la gente, no te sorprendería en absoluto. Tuve un cliente que insistía en revisar mi despacho con un detector de aparatos de escucha cada vez que teníamos una reunión. ¡Le estaba ayudando a hacer un contrato de alquiler! ¡Un contrato de alquiler!

Su risa fue contundente y sonora, pero nada contagiosa. Wilhelmsen no tenía más preguntas, y no había nada apuntado en sus papeles. Capituló. El abogado Lavik se podía ir. Sin embargo, en el momento en que se estaba poniendo el abrigo, la subinspectora se levantó de pronto y se colocó a treinta centímetros de la cara del abogado.

– Sé que tienes trapos sucios, Lavik. Y tú sabes que yo lo sé. Eres lo bastante buen abogado como para saber que en la Policía sabemos mucho más de lo que podemos utilizar, pero te voy a prometer una cosa: voy a estar encima de ti. Todavía tenemos nuestras fuentes, nuestra información y nuestros datos ocultos. Tenemos a Han van der Kerch en la cárcel. Ya sabes que ahora no está diciendo gran cosa, pero tiene una abogada con la que ha hablado, una abogada con un calibre ético completamente distinto al de un chupatintas como tú. No tienes ni idea de lo que sabe ella, y no te puedes ni imaginar lo que nos ha contado a nosotros. Vas a tener que vivir con eso. Mira por encima del hombro, Lavik, porque voy detrás de ti.

El hombre se había puesto de color rojo oscuro, con manchas blancas en torno a la nariz. No había retrocedido ni un centímetro de la cara de la subinspectora, pero sus ojos daban la impresión de haber desaparecido en el fondo de su cabeza cuando le chilló de vuelta: