– Eso son amenazas, agente. Son amenazas. Voy a presentar una queja por escrito. ¡Hoy mismo!
– Yo no soy agente de policía, Lavik, soy subinspectora. Una subinspectora que se te va a pegar a la chepa hasta que te derrumbes. Y adelante, quéjate.
El abogado estuvo a punto de escupirle a la cara, pero se controló y salió dando un portazo y sin decir una palabra más. Las vibraciones rebotaron entre las paredes durante varios segundos. Håkon estaba con la boca abierta y no se atrevía a decir una palabra.
– ¡Con esa expresión pareces tonto!
El hombre se sobrepuso y cerró la boca de golpe.
– ¿Qué sentido ha tenido eso? ¿Tienes pensado poner en peligro la vida de Karen? ¡Va a presentar una queja!
– Pues que la presente. -A pesar de haber estado considerablemente torpe, parecía contenta-. Le he metido el miedo en el cuerpo, Håkon. Y la gente con miedo mete la pata. No me extrañaría que a tu amiga Karen Borg le saliera aún otro abogado criminalista entre sus novios. Si Lavik lo hiciera, estaría cometiendo un gran error.
– Pero ¿y si le hacen algo?
– No van a hacerle daño a Karen Borg. Tan tontos no son.
Por un segundo sintió una duda aterradora, pero la descartó inmediatamente. Se restregó una de las sienes y se bebió el resto del café. Del cajón superior de su escritorio sacó un pañuelo y una bolsa de plástico. Con mucho cuidado, cogió por el asa la taza de la que el abogado Lavik apenas había bebido unos sorbos.
– Tenía agarrada toda la taza -dijo con tono de satisfacción-. Merece la pena tener el despacho un poco fresco. Supongo que se quería calentar las manos. -La taza desapareció dentro de la bolsa y el pañuelo volvió al cajón-. ¿Tienes algo que preguntarme?
– No te mereces la fama que tienes. Esa no es la manera en que tomamos huellas dactilares.
– Parágrafo 160 del Código Penal -le replicó como una empollona-. No necesito una orden judicial para cogerle las huellas dactilares, si es sospechoso en un caso penal. Yo sospecho de él, y tú también. Así que estamos cumpliendo la ley.
Sand negó con la cabeza.
– Esa es la interpretación más libre de la ley que he escuchado nunca. El tipo tiene derecho a saber que tenemos sus huellas dactilares. ¡Tiene incluso derecho a saber que las hemos borrado una vez que deje de ser sospechoso!
– Eso no va a pasar nunca -dijo ella segura de sí misma-. ¡Ponte a trabajar!
Se habían olvidado del cinturón. Pero si no le dejaban tener nada, ¿por qué se les había olvidado el cinturón? Al levantarse para ir al interrogatorio con la policía de la chocolatina, el pantalón se le había caído. Había intentado sujetárselo por delante, pero cuando le pusieron las esposas, se le caía constantemente. Los dos hombres rubios habían mandado al vigilante del pasillo por su cinturón y habían empleado unas tijeras para hacerle un agujero extra. Había sido todo un detalle, pero ¿por qué no se lo habían vuelto a llevar? Tenía que ser un error. Por eso se lo había vuelto a quitar, y esa noche lo había dejado debajo del colchón. Se había despertado varias veces para comprobar que aún seguía allí. Y no lo había soñado.
Se convirtió en su pequeño tesoro. Durante más de veinticuatro horas, el holandés se sintió feliz con su cinturón secreto. Se trataba de algo que los demás no sabían que tenía, de algo que estaba en su poder, pero que no debía estarlo. Era como si le proporcionara cierta ventaja sobre ellos. Dos veces en aquel día, justo después de que el guardia lo controlara a través de la mirilla, se lo había puesto a toda prisa, saltándose un par de enganches del pantalón por lo apresurado que iba, y había dado unos paseos por la celda con los pantalones en su sitio y una gran sonrisa en la boca. Pero sólo durante algunos minutos, luego se quitaba el cinturón y lo volvía a meter debajo del colchón.
Intentó hojear las revistas que le habían dado. Nosotros los Hombres. Se sentía fuerte, pero aun así no conseguía concentrarse, no dejaba de pensar en lo que iba a hacer. Pero antes tenía que escribir una carta. No le llevó mucho tiempo. ¿Tal vez ella se alegrara? Era una buena mujer, y tenía buenas manos. Las dos últimas veces que lo había visitado, había fingido quedarse dormido. Le resultaba muy placentero, que le acariciaran la espalda, que lo tocaran.
La carta estaba lista. Cogió la banqueta del escritorio y la colocó debajo de la ventana que estaba en lo alto de la pared. Se estiró y consiguió enganchar el cinturón a las rejas. Hizo un nudo con la esperanza de que aguantara; antes había introducido el cabo del cinturón por la hebilla, de manera que formaba un lazo. Un buen lazo. Fue fácil introducir la cabeza.
Lo último en lo que pensó fue en su madre en Holanda. Durante un nanosegundo se arrepintió, pero era ya demasiado tarde. La banqueta ya se estaba moviendo bajo sus pies y el cinturón se tensó como un rayo. Durante cinco segundos, alcanzó a constatar que no se le había partido el cuello. Luego todo se volvió negro, en el momento en que la sangre, que entraba a raudales en la cabeza a través de las arterias del cuello, vio obstaculizado su regreso hacia el corazón por el cinturón que le comprimía la garganta. Al cabo de poco minutos, la lengua asomó por su boca, grande y azul, y los ojos parecían los de un pez fuera del agua. Han van der Kerch había muerto con sólo veintitrés años.
Viernes, 13 de noviembre
Billy T. lo había llamado un bloque de pisos, pero el lugar no merecía tal denominación. El edificio tenía que tener la peor ubicación de toda Oslo, estaba aprisionado entre la calle Moss y la de Ekeberg. Fue construido alrededor de 1890, mucho antes de que nadie se imaginara el monstruoso tráfico que acabaría destruyendo el edificio a mordiscos, aunque lo volvía a escupir por ser completamente intragable. Pero aún seguía en pie, a duras penas y en un estado completamente inaceptable para cualquiera que no fuera uno de los usuarios habituales de los bancos de la ciudad, cuya alternativa era un contenedor en el muelle.
Olía a cerrado y era nauseabundo. Según se entraba, había un cubo con restos de vómito viejo y alguna otra cosa indefinible, pero probablemente orgánica. Wilhelmsen ordenó al pelirrojo de nariz respingona que probara la ventana de la cocina. Él tiró y empujó, pero el cristal no se movió.
– Esta ventana hace años que no la abren -jadeó el joven, y recibió un breve asentimiento en respuesta, que él interpretó como el permiso para abandonar aquel intento-. Joder, cómo está esto -constató, y parecía que no se atrevía a moverse por miedo a contagiarse de bacilos desconocidos y mortalmente peligrosos.
«Es demasiado joven», pensó Hanne, que ya había visto demasiados zulos como aquél, a los que algunos llamaban hogares. Dos guantes de plástico atravesaron el aire.
– Toma, ponte éstos -dijo, y ella también se puso los suyos.
La cocina se encontraba a la izquierda según se entraba por el estrecho pasillo. Por todas partes había vómitos de hacía varias semanas. En el suelo había dos bolsas de basura negras. La subinspectora se valió de la punta del zapato para abrirlas un poco. La peste se extendió por la habitación y al pelirrojo le entraron ganas de vomitar.
– Disculpa -jadeó-. Discúlpame.
El chico salió corriendo y ella sonrió un poco y entró en el salón.
No debía de tener más de quince metros cuadrados, a los que había que restarle una alcoba para dormir instalada provisionalmente. La habitación era cuadrada y, más o menos en el centro, habían colocado un puntal. Una cortina marrón de tela barata estaba corrida hacia una pared, enganchada con un clavo a una tabla del techo. La tabla estaba torcida, probablemente había sido puesta allí en una borrachera.
Al otro lado de la cortina había una cama casera, igual de ancha que larga. Era imposible que hubieran lavado aquellas sábanas aquel año. Al levantar el edredón con dos dedos plastificados vio que la sábana bajera parecía la paleta de un pintor, donde la gama de colores era de matices marrón con algo de rojo. Había una botella de medio litro de aguardiente a los pies de la cama. Vacía.