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Detrás de la cortina había una estantería estrecha. Sorprendentemente contenía algunos libros. Al mirarlos más detenidamente resultó que eran libros pornográficos daneses, en edición de bolsillo. Por lo demás, la estantería estaba ocupada por algunas botellas medio vacías y otras completamente vacías, algún que otro souvenir de los países vecinos y una fotografía desenfocada de un chico de unos diez años. La cogió y la estudió detenidamente. ¿Tendría Jacob Frøstrup un hijo? ¿Habría en algún sitio un niño que tal vez hubiera querido al pobre heroinómano que murió de una sobredosis en la cárcel provincial de Oslo? Casi sin darse cuenta, limpió el polvo del cristal con la manga de la chaqueta, lo despejó un poco para la fotografía y la devolvió a su sitio.

La única ventana del salón estaba constreñida en el pasillo que se formaba entre la alcoba y el resto de la habitación. Se podía abrir. En el patio trasero, tres pisos más abajo, vio cómo el joven agente de policía se inclinaba con un brazo contra la pared y la cara hacia el suelo. Aún llevaba puestos los guantes de plástico.

– ¿Cómo andas?

No obtuvo respuesta, pero el chico se enderezó, miró hacia arriba e hizo un movimiento tranquilizador con el brazo. Inmediatamente después volvió a aparecer por la puerta. Pálido, pero sobrepuesto.

– Yo tuve que pasar por eso por lo menos cinco o seis veces -le dijo ella sonriendo-. Acabarás acostumbrándote. Respira por la boca y piensa en frambuesas. Suele ayudar.

No les llevó más de quince minutos revisar el apartamento. No apareció nada de interés, pero Wilhelmsen no se sorprendió. Billy T. le había asegurado que allí no había nada, que había buscado por todas partes. En fin, no había nada visible. Tendrían que empezar a buscar lo invisible. Envió al chico por herramientas al coche y él pareció agradecerle la oportunidad de volver a salir al aire fresco. Tres minutos después estaba de vuelta.

– ¿Pod dónde quiedes que empecemos?

– No hace falta que respires por la boca al hablar, ¿no hablarás al inspirar?

– Como no me tape la nadiz todo el dato, vomito, incluso hablando.

Empezaron por la pared que parecía más nueva, la que estaba detrás del sofá. Era de tablas de madera y eran fáciles de desprender. El joven manejaba bien la palanca y sudó la gota gorda. Allí no había nada. Volvieron a clavar las tablas y colocaron el sofá en su sitio.

– Mida, esto no está tan zucio como lo demás -murmuró el joven, que señaló una tabla del suelo de unos veinte centímetros junto a la pared.

Tenía razón. No cabía duda de que la tabla era mucho más clara que el resto del suelo mugriento. Además, la suciedad entre las tablas, que alisaba el resto del suelo, había desaparecido. Hanne sacó un destornillador, soltó la tabla y la apartó con cuidado. Apareció una pequeña cámara. Estaba repleta de algo envuelto en una bolsa de plástico. El pelirrojo se emocionó tanto que se olvidó respirar por la nariz:

¡Es dinero, Wilhelmsen! ¡Mira, es dinero! ¡Un huevo de dinero!

La subinspectora se levantó, se quitó los guantes de plástico manchados, los arrojó a un rincón y se puso un par limpio. Luego volvió a ponerse en cuclillas y sacó el paquete. El chico tenía razón. Era dinero. Un grueso fajo de billetes de mil. A toda velocidad calculó que debía de haber por lo menos cincuenta mil coronas. El agente había sacado una bolsa de plástico de un bolsillo y se la tendió abierta. El dinero casi no cupo.

– Buen trabajo, Henriksen. Serás un buen Torvald.

Al chico le gustó el piropo y, por la pura alegría de ver la posibilidad de salir de aquel lugar pestilente, lo recogió todo por propia iniciativa y cerró la puerta a sus espaldas antes de seguir a su superiora escaleras abajo.

Jueves, 19 de noviembre

Nadie podía sostener que los resultados fueran predecibles. A decir verdad, nadie aparte de Hanne había esperado ningún resultado. Sand se había olvidado de las huellas dactilares de Lavik el jueves anterior, tras un simple encogimiento de hombros. La muerte de Han van der Kerch había dejado todo lo demás en la sombra. Se había montado un jaleo considerable con el asunto del olvido del cinturón. Bastante gratuito, puesto que el chico podría haber usado tanto la camisa como el pantalón para el mismo fin. La experiencia decía que no había manera de parar a un suicida una vez que estaba decidido. Y Han van der Kerch lo estaba.

– ¡Sí! -Hanne Wilhelmsen se inclinó hacia delante con la cadera girada, cerró el puño y bajó el brazo doblado como si tirara de una cadena imaginaria -. ¡Sí!

Repitió el movimiento. La gente que estaba en la sala de emergencias lo presenció todo en silencio, algo cohibida.

La subinspectora Hanne Wilhelmsen arrojó un documento sobre la mesa ante el escuálido inspector. Kaldbakken lo cogió tranquilamente, en una elocuente reprimenda por lo inapropiado de su explosión de sentimientos. Se tomó su tiempo. Cuando lo dejó a un lado, intuyeron una sonrisa en su cara de tipo caballo.

– Esto me anima -carraspeó-. Me anima de verdad.

– What an understatement!

Hanne quería más entusiasmo. Las huellas dactilares del abogado Jørgen Lavik, marcadas claramente en una taza de las Cantinas del Estado, eran idénticas a una hermosa huella completa de un billete de mil coronas encontrado bajo una tabla del suelo de un apartamento nauseabundo de la calle Moss, perteneciente a un heroinómano muerto. El informe de Kripos era unívoco e indiscutible.

– ¡No me lo creo!

El fiscal adjunto Sand agarró el documento y éste se partió por la mitad. Era verdad.

– Ya tenemos a ese tipo -exclamó el pelirrojo, orgullosísimo de haber contribuido a la resolución del caso-. ¡No tenemos más que detenerlo!

Evidentemente no era así. Las huellas dactilares no demostraban nada, pero, como pensó, era un indicio de la hostia de alguna cosa. El problema era que Lavik, sin duda, sería capaz de sacarse un montón de explicaciones de la manga. Su relación con Frøstrup había sido completamente legítima, con las huellas no bastaba. Todos los presentes lo sabían, tal vez a excepción del emocionado agente de policía novato. Wilhelmsen colocó un flip-over delante de los hombres sentados y sacó un rotulador azul y otro rojo. Ninguno de los dos funcionaba.

– Toma -dijo el pelirrojo arrojando un rotulador negro nuevo a través de la habitación.

– Recapitulemos lo que tenemos -dijo Hanne, y empezó a escribir-. Para empezar: la declaración de Han van der Kerch a su abogada.

– ¿Ha contado lo que le dijo el tipo?

Kaldbakken parecía sinceramente sorprendido.

– Sí, míralo en el documento. 11.12. El holandés dejó una carta, una especie de carta de despedida. Un cariñoso saludo a Karen Borg en el que le concedía permiso para hablar. Ayer se pasó aquí todo el día declarando. Es como creíamos, ¡pero qué gustazo que te lo confirmen! La cosa es que ya lo tenemos sobre papel.

Se giró hacia el flip-over y empezó a escribir en silencio.

1) La declaración de H. V. D. K. (Karen B)

2) Relac. Lavik-Roger el de los coches (n.° de teléfono en la agenda)

3) La huella de Lavik en el dinero de la casa de Frøstrup (!!!)

4) La hoja de los códigos encontrada en casa de J. F., que era del mismo tipo que la que encontramos en casa de Hansa Olsen.

5) Lavik estuvo en la comisaría el día que H. V. D. K. perdió la cabeza.

6) Lavik estuvo en la cárcel el día que Frøstrup tomó una sobredosis.

– La declaración de Han van der Kerch es importante -dijo, utilizando para señalar una regla mellada con la que aporreaba el punto uno de la lista-. El único problema, bastante considerable, por otro lado, es que el tipo no nos lo ha dicho a nosotros directamente. Es información de segunda mano. Por otro lado, Karen Borg es una testigo muy creíble. Puede confirmar que Han llevaba varios años metido en el tinglado; además, admitió su relación con Roger, el de los coches, y había oído rumores de que había unos abogados detrás de todo el tinglado. Los rumores son un fundamento bastante endeble para una detención, pero todas sus tribulaciones en torno a la elección de abogado muestran que tenía que disponer de información bastante clara. Por medio de la declaración de Karen Borg, al menos tenemos pillado a Roger. -Cambió la regla por un rotulador y subrayó enérgicamente el nombre de Roger-. Y nos estamos acercando a nuestro querido amigo Jørgen. -Enérgicas rayas bajo el nombre de Lavik-. El vínculo aquí es muy flojo, aunque hayamos establecido que se conocían. Lavik lo ha admitido una vez, y seguro que lo vuelve a hacer, aunque sin duda nos vendrá de nuevo con el cuento de que era un cliente, pero es un hecho incontrovertible que eso de codificar los números de teléfono es bastante curioso. Resulta pesado y sería raro que lo hiciera sin motivos. Además -dijo enfáticamente mientras, por si acaso, trazaba un gran círculo en torno al punto tres de la tabla-, hemos encontrado la huella dactilar de Lavik en el billete de Jacob Frøstrup. Los tribunales han demostrado dieciséis veces que era un camello. Además, tenía entendido que eran los abogados quienes recibían dinero de sus clientes; no al revés. A Lavik le va a costar explicar eso. Ésta es nuestra mejor carta, en mi opinión. -La subinspectora se detuvo, como esperando protestas; como no las hubo, siguió adelante-. El punto cuatro es ya otra cosa. Es muy interesante dentro del contexto general y estoy convencida de que las hojas de códigos nos dirían muchas cosas si fuéramos capaces de encontrar la maldita clave. Sin embargo, puesto que no tenemos pensado acusar a Lavik de asesinato, tengo dudas acerca de la conveniencia de sacar a relucir este asunto ahora. Puede que más adelante necesitemos algún as en la manga. En cuanto a la presencia de Lavik en el momento crítico de la vida de Kerch y de Frøstrup, debemos esperar. Así que nos quedamos con los puntos del uno al tres como base de una eventual detención. -Volvió a hacer una pausa-. ¿Tenemos suficiente, Håkon?