No era suficiente; los dos lo sabían.
– ¿Detención? ¿Por qué motivo? ¿Por asesinato? No. ¿Por tráfico de drogas? No creo. No tenemos ningún alijo.
– Claro que lo tenemos -objetó Kaldbakken-. El alijo de la casa de Frøstrup no era nada desdeñable.
– Usa un poco la imaginación, Håkon -le increpó Hanne con una sonrisa torcida-. Algo tienes que poder sacar de todo esto. Las acusaciones que escribís suelen tener carencias y ser imprecisas; aun así, conseguís la preventiva sin problemas.
– Se te olvida una cosa -dijo Håkon-. Se te olvida que este hombre es abogado. Eso no se le va a escapar al tribunal. A éste no le meten en la cárcel en veinte minutos. Si queremos intentar encerrar a ese mierda, tenemos que estar seguros de que lo vamos a conseguir. En todo caso esto va ser un jaleo de la hostia. Como decidan no encerrarlo, esto se va a poner más caliente de lo que queremos.
A pesar del escepticismo de Håkon, Kaldbakken estaba convencido. Y nadie podía desacreditar al autoritario inspector cuando se trataba de labores policiales. Punto por punto, los cuatro repasaron el caso tal y como estaba, sacaron lo que no se sostenía, apuntaron qué más necesitaban y al final tenían el boceto de una acusación.
– Estupefacientes -concluyó por fin el inspector-. Tenemos que pillarlo por los estupefacientes. Tampoco hace falta que empecemos a lo grande. Tal vez nos debamos conformar con los veinticuatro gramos que encontramos en casa de Frøstrup.
– No, tenemos que apuntar más alto. Si nos basamos sólo en esos gramos, nos cerramos la posibilidad de usar todo lo que no tenga directamente que ver con esa cantidad. Si queremos tener una oportunidad, tenemos que incluir todo lo que tenemos. Hay tanta mierdecilla en esa lista que tenemos que dársela toda al tribunal.
Håkon parecía ahora más seguro. Su corazón había empezado a latir como un helicóptero ante la idea de que por fin se encontraban ante un punto de inflexión.
– Vamos a elaborar una acusación de carácter general, sin especificar el espacio temporal ni la cantidad. Luego lo apostamos todo a la teoría de la liga y nos apoyamos en la afirmación de Han van der Kerch de que realmente existe una organización de ese tipo. Y que sea lo que Dios quiera.
– ¡Y podemos decir que tenemos un chivatazo de una fuente! -El chico de la nariz respingona no se había podido contener-. ¡Tengo entendido que suele funcionar en los casos de drogas!
Se produjo un embarazoso silencio. Antes de que Kaldbakken asesinara al chico, Hanne intervino.
– Esas cosas nosotros no las hacemos nunca, Henriksen -dijo con decisión-. Supongo que con la emoción hablas por hablar. Lo voy a apuntar en la misma cuenta que tu vomitona. Pero nunca pasarás de ser un novato como no aprendas a pensártelo dos veces antes de hablar. Se pueden coger atajos, pero nunca se pueden hacer trampas. ¡Nunca! -Y añadió-: Y además te equivocas por completo. Lo que menos les gusta a los tribunales de instrucción son los chivatazos anónimos. Que lo sepas.
El chico había recibido su bronca y concluyeron la reunión. Hanne y Håkon se quedaron.
– Esto hay que consultarlo con la comisaria principal. Y con el fiscal del Estado también. Para cubrirme las espaldas, en realidad debería consultárselo al mismísimo rey.
Estaba claro que no sentía únicamente alegría ante la idea de lo que le esperaba. El desánimo se le había instalado en el pecho una vez que el helicóptero se había calmado. Estaba tentado de preguntar a Hanne si no podía ir ella con la demanda de encarcelamiento.
Ella se sentó a su lado en el pequeño sofá. Para su gran sorpresa, Hanne colocó la mano sobre su muslo y se inclinó hacia su hombro con confianza. El leve aroma de un perfume que no conocía le hizo inspirar profundamente.
– Ahora es cuando esto empieza -dijo ella en voz baja-. Lo que hemos hecho hasta ahora no ha sido más que reunir pedacitos, un pedazo aquí y otra allá, pedazos tan pequeños que no merecía la pena intentar montar el puzle. Es ahora cuando vamos a empezar a hacerlo. Aún nos faltan un montón de piezas, pero ¿no ves ya la imagen de conjunto, Håkon? Ponte un poco chulo, hombre. Los héroes somos nosotros, que no se te olvide.
– No siempre da esa sensación, la verdad -contestó en tono hosco, y posó la mano sobre la de ella, que aún seguía sobre su muslo; para su sorpresa, ella no la retiró-. Pero tendremos que intentarlo de todos modos -dijo con desánimo. Luego le soltó la mano y se levantó-. Procura resolver todo lo que hay que hacer antes de la detención. Supongo que quieres hacerlo tú misma.
– Puedes estar seguro -dijo ella con decisión.
Estaban todos allí. La comisaria principal, con su uniforme recién planchado, permanecía seria y con la espalda estirada, como si hubiera dormido en mala postura. El fiscal del Estado, un tipo pálido y rechoncho con camisa de piloto y ojillos inteligentes detrás de los gruesos cristales de las gafas, tenía la mejor silla. El jefe del grupo de drogas -que, por lo demás, sólo lo era en funciones, dado que el verdadero jefe del grupo de drogas estaba sustituyendo al comisario de Hønefoss, el cual estaba ejerciendo funciones de abogado del Estado, que a su vez desempeñaba funciones de juez de segunda instancia- también se había puesto el uniforme para la ocasión. Le quedaba demasiado pequeño y la camisa se le abría sobre su abultada barriga. Tenía aspecto de buena persona, con la cara redonda y rosada; con finos rizos grisáceos. La diosa Justicia seguía sobre la mesa, en la misma posición, con la balanza alzada y la espada lista para la ejecución.