– Me lo imaginaba -dijo, y firmó la hoja.
A continuación hojeó la carpeta durante unos minutos, luego volvió a coger el documento y finalmente se encaminó hacia la salida y se presentó ante el público para anunciarle lo que éste ya sabía. Al entrar de nuevo se quitó la chaqueta y la colgó sobre el respaldo de la silla. Seguidamente sacó punta a tres lápices con sumo esmero y se inclinó hacia el interfono.
– Suban a Lavik -ordenó, se soltó la corbata y sonrió a la algo estirada mecanógrafa que estaba escribiendo en el ordenador-. ¡Me parece Else que vamos a tener un día muy largo!
Aunque Hanne le advirtió con antelación, Håkon se impresionó al ver a Lavik entrar por la puerta detrás de su abogado Si no hubiese sido físicamente imposible, el fiscal adjunto habría jurado que Jørgen Lavik había perdido diez kilos durante el fin de semana. El traje se balanceaba y daba la impresión de que el hombre estaba hueco debajo de la ropa, el color facial era inquietantemente gris y el contorno de sus ojos hinchados estaba rojo. Parecía caminar hacia su propio entierro y, por lo que a Håkon le constaba, éste podía estar más cerca de lo que la mayoría quería pensar.
– ¿Le han dado algo de comer y de beber? -le susurró con preocupación a Hanne, quien contestó asintiendo descorazonadamente con la cabeza.
– Sólo quiso un poco de Coca-Cola. No ha probado bocado desde el viernes -contestó ella en voz baja-. No es culpa nuestra, lo han tratado a cuerpo de rey.
El juez también pareció preocuparse por el estado del detenido. Midió varías veces a Lavik con la mirada hasta que ordenó a los dos policías que lo custodiaban quitar la cabina de acusados y poner una silla en su lugar. La estricta mujer del ordenador se liberó por un instante de su propia imagen, bajó del estrado y ofreció a Lavik un vaso de agua y una servilleta de papel.
Una vez que el juez hubo comprobado que Lavik no se encontraba tan cerca de la muerte como aparentaba, pudieron comenzar. Sand tomó la palabra y, en el momento en que se levantaba, Hanne le dio un golpecillo de ánimo en el muslo. El impacto fue más fuerte de lo pretendido y con el dolor le entraron ganas de salir corriendo al excusado.
Cuatro horas más tarde, tanto el fiscal como el abogado defensor habían seguido el ejemplo del juez y se habían quitado la chaqueta. Wilhelmsen también se había despojado de su jersey, mientras Lavik daba la impresión de tener frío. Sólo la mujer del ordenador mantuvo el gesto impertérrito. Hacía poco más de una hora habían hecho un pequeño receso, pero nadie en la sala había tenido el valor de salir y mostrar la zarpa a los lobos que deambulaban por los pasillos. Cada vez que se hacía el silencio en la sala, era fácil comprobar que el exterior seguía repleto de gente.
Lavik aceptó hablar, pero lo hizo con una lentitud exasperante; medía cada palabra con una balanza de oro. La historia del abogado no aportó nada nuevo, lo negó todo y se ciñó a la versión que en su día le dio a la Policía. Incluso pudo explicar, de alguna manera, por qué habían encontrado sus huellas dactilares en los billetes. Su cliente sencillamente le había pedido dinero prestado, cosa que Lavik afirmó que no era inusual. A la ácida pregunta por parte de Håkon de «si se dedicaba a repartir dinero entre todos sus clientes más desfavorecidos», él contestó afirmativamente, y añadió que podía aportar testigos y testimonios para corroborarlo. Evidentemente, Lavik no pudo explicar por qué un billete de mil coronas, legalmente adquirido, había acabado junto al dinero sucio del narcotráfico en una bolsa de plástico debajo de un entablado en la calle de Moss, pero no se le podía achacar que su cliente hiciese cosas raras. Sobre su relación con Roger, relató una historia bastante creíble: en alguna ocasión había echado un cable al hombre ayudándole con cosas como la declaración de la renta, alguna que otra multa de tráfico, etc. El problema de Håkon Sand era que Roger había contado exactamente la misma historia.
En cualquier caso, la explicación sobre el billete de mil coronas fue bastante vacua. Aunque era muy difícil leer o captar algo en el rostro del pequeño juez, Håkon se sintió relativamente tranquilo. A este respecto, estaba claro que uno de los pilares de la imputación iba a aguantar. ¿Sería suficiente? Ya se vería al cabo de un par de horas, ahora tenía que jugarse el todo por el todo. Håkon inició el procedimiento.
El dinero y las huellas dactilares conformaron la parte más importante de su argumentación. Luego repasó la relación misteriosa entre Roger y Lavik y habló de los números de teléfono codificados. Hacia el final, derrochó veinticinco minutos en exponer lo que Van der Kerch le había contado a Karen, antes de culminar con una retahíla tenebrosa acerca del peligro de destrucción de pruebas y el de huida.
Eso era todo lo que tenía, punto final. No dijo ni una sola palabra sobre las vías de comunicación y suministro que manejaba Hans A. Olsen a través del difunto y desfigurado Ludvig Sandersen, nada sobre las hojas de códigos, absolutamente nada sobre la presencia de Lavik en la cárcel los días en que Van der Kerch entró en psicosis y Frøstrup tomó la sobredosis.
El día antes se había mostrado muy seguro de sí mismo, lo habían estudiado y comentado, lo habían discutido y argumentado. Kaldbakken se había mostrado favorable a lanzarse con todo lo que tenían, invocando la convicción que había abanderado Håkon tan sólo unos días antes. Pero finalmente el inspector había tenido que rendirse, Håkon estuvo convincente y seguro de sí mismo. Ya no lo estaba. Buscaba febrilmente la réplica final y contundente que se había pasado toda la noche ensayando, pero ésta se había desvanecido. En su lugar tragó saliva un par de veces, antes de balbucear que la Policía mantenía la demanda. Luego se le olvidó sentarse y durante unos segundos se produjo un silencio embarazoso, hasta que el juez carraspeó y le recordó que no necesitaba permanecer de pie. Hanne le obsequió con una leve sonrisa alentadora y otro golpecito en el costado, más flojo que la primera vez..
– Respetado tribunal -empezó diciendo el abogado defensor ya antes de ponerse totalmente de pie-. No cabe duda de que nos encontramos ante un asunto ciertamente delicado. Nos enfrentamos a un abogado que ha violado lo más sagrado.
Los dos compañeros que ocupaban el banquillo de la acusación se sobresaltaron. ¿Qué demonios era esa? ¿Pretendía el abogado Bloch-Hansen apuñalar por la espalda a su propio cliente? Miraron en dirección a Lavik intentando captar alguna reacción, pero el rostro triste y cansado del abogado no contrajo ni un músculo.
– Es una buena máxima no utilizar palabras más fuertes que las que uno mismo pueda respaldar -continuó Bloch-Hansen, que se puso de nuevo la chaqueta como para asumir una actitud formal que hasta entonces no había resultado perentoria en la enorme sala sobrecalentada. Sand se arrepintió de no haber hecho lo mismo, hacerlo ahora sería absurdo-.
Pero resulta lamentable… -Hizo una pausa retórica, casi pedante, para subrayar sus palabras-. En cualquier caso, resulta lamentable constatar que la abogada Karen Borg, que me consta que tiene una reputación y un criterio intachables como letrada, no se haya percatado de que ha violado el párrafo 144 del Código Penal. -Una nueva pausa, el juez buscaba la mencionada disposición, mientras que Håkon esperaba paralizado el desarrollo de los acontecimientos-. Karen Borg está sujeta por la ley de secreto profesional -prosiguió el defensor-. Y la ha quebrantado. Entre los documentos que ha incluido veo algo que se parece a un consentimiento por parte de su difunto cliente, supongo que pretende que sirva de coartada a la terrible infracción que ha cometido. Pero esto no puede, en modo alguno, ser suficiente. En primer lugar quiero hacer hincapié sobre el hecho de que el cliente en cuestión se encontraba en estado psicótico, lo cual es fácilmente demostrable, y que, por lo tanto, no estaba en condiciones de decidir lo que mejor le convenía. Y, en segundo lugar, quiero dirigir la atención del tribunal sobre la llamada carta de despedida del suicida, documento 17-1. -Pasó parsimoniosamente las páginas hasta dar con la copia de aquella carta desesperada-. A tenor del contenido, resulta bastante poco claro, diría incluso muy poco claro, que los términos utilizados encierren una exención del secreto profesional. Tal y como yo interpreto este escrito, partiendo de que es una despedida, parece más bien una patética declaración de amor a una abogada que, seguramente, fue muy buena y cercana.