– Yo tampoco -replicó Hanne, aunque no era del todo cierto-. Tenemos tiempo, el juez necesita al menos tres horas. Vamos a buscar un sitio tranquilo.
Bajaron la cuesta cogidos del brazo, esquivaron una gotera del tejado de un viejo edificio y consiguieron una mesa apartada en un restaurante italiano a la vuelta de la esquina. Un chico muy guapo con el pelo negro como el carbón los acompañó hasta la mesa, entregó una carta a cada uno y preguntó mecánicamente si deseaban algo para beber. Tras un instante de reflexión pidieron dos cervezas, que aterrizaron sobre la mesa apenas unos segundos más tarde. Håkon engulló medio vaso de una sentada. La cerveza le sentó muy bien. El alcohol le afectó instantáneamente, o tal vez fue su estómago hundido quien despertó de repente.
– Se va a ir todo a la mierda -dijo, en un tono casi alegre, y se limpió la espuma del labio superior-. No puede salir bien, van a volver a la calle para retomar sus negocios. Es culpa mía.
– No anticipes las desgracias -dijo Hanne, sin poder ocultar del todo que ella compartía su pesimismo, y miró el reloj-. Nos quedan un par de horas antes de tener que reconocer nuestra derrota.
Permanecieron sentados un buen rato sin decir palabra, con la mirada perdida a lo lejos. Los vasos estaban vacíos cuando sirvieron la comida. Los espaguetis tenían buena pinta y estaban calentitos.
– No será culpa tuya si sale mal -dijo, esforzándose para tragar los largos cordones blancos con salsa de tomate. Con una leve disculpa se colocó la servilleta en el escote para proteger el jersey contra las inevitables manchas-. Y tú lo sabes -añadió con énfasis, escrutando su rostro-. Si sale mal, habremos fallado todos. Acordamos jugarnos un ingreso en prisión, nadie puede reprocharte nada.
– ¿Reprocharme? -Estampó la cuchara en la mesa haciendo salpicar la salsa-. ¿Reprocharme? ¡Por supuesto que me lo van a reprochar! ¡No has sido tú ni Kaldbakken ni la comisaria general ni nadie en este mundo quien la ha cagado durante horas ahí dentro! ¡He sido yo! He dilapidado lo poco que teníamos, claro que deberían reprochármelo. -De repente ya no tenía hambre y apartó el plato con un gesto lleno de aversión, como si encerrase un asqueroso auto de puesta en libertad escondido entre los mejillones-. Creo que nunca lo he hecho así de mal ante un tribunal, tienes que creerme, Hanne. -Respiraba con dificultad. Avisó con la mano al joven camarero para pedirle un agua con gas y con limón-. Probablemente lo habría hecho mejor si me hubiese enfrentado a otro abogado. Bloch-Hansen me hace sentir inseguro, su estilo correcto y objetivo me saca de quicio. Creo que me había preparado para una batalla campal, pero cuando en vez de eso el adversario ha recurrido a un elegante duelo con florete me he quedado paralizado como un saco de patatas. -Se frotó la cara enérgicamente, sonrió y sacudió la cabeza-. Prométeme que no vas a hablar mal de mi actuación -le pidió.
– Te lo prometo por mi honor y conciencia -le juró Hanne levantando la mano derecha-. De verdad que no estuviste «tan» mal. Por cierto -añadió, cambiando de tema-, ¿por qué le has hablado al periodista ese de Dagbladet sobre la posible existencia de una tercera persona que estuviera todavía en libertad? Tal y como lo ha escrito en su periódico, se entiende que tenemos en el punto de mira a alguien en concreto. Bueno, ¿me imagino que lo ha sacado de ti?
– ¿Te acuerdas de lo que dijiste cuando me escandalicé tanto sobre el modo en que trataste a Lavik, durante el último interrogatorio antes de la detención?
Una profunda arruga en la base de la nariz indicó que estaba pensando con mucha fuerza.
– Mmm, no sé -dijo esperando la respuesta.
– Dijiste que las personas que tienen miedo cometen errores, que por eso quisiste asustar a Lavik. Ahora he querido hacer yo de coco. Tal vez haya sido un disparo al aire, pero quizás en estos momentos haya allí fuera un hombre muy asustado, un hombre muerto de miedo.
La cuenta aterrizó sobre la mesa pocos segundos después de que Håkon hiciese un discreto movimiento con la mano. Ambos se lanzaron por el recibo, pero Håkon fue más rápido.
– Ni hablar -protestó Hanne-. O pago yo todo o me quedo al menos con mi parte.
Con una mirada implorante, Håkon oprimió la factura contra su pecho.
– Permíteme que por una sola vez en este día me sienta como un hombre -le suplicó.
Tampoco fue mucho pedir, pagó y redondeó el importe con tres coronas de propina. El chico con el pelo aceitoso los acompañó hasta la salida sin soltar la sonrisa de su boca, y los invitó a volver. No pareció muy sincero.
La fatiga se había instalado como una capucha prieta y negra alrededor de la migraña. Los ojos se le cerraban cada vez que dejaba de hablar durante unos minutos. Sacó un frasco de suero para los ojos del bolsillo de su chaqueta, se echó hacia atrás, apartó las gafas y se llenó los ojos de líquido. Le quedaba muy poco suero y eso que había comprado el botecito esa misma mañana.
Håkon movió la cabeza de un lado para otro intentando distender un poco los músculos del cuello, que estaban tensos como las cuerdas de un arpa. Se encogió al forzar demasiado y notó un fuerte calambre alzarse en el lado izquierdo.
– ¡Ay, ay, ay! -rugió, frotándose febrilmente la zona dolorida.
Hanne miró el reloj por enésima vez, faltaban cinco minutos para la medianoche. Era imposible predecir si que la decisión tardara tanto en llegar era buena o mala señal. El juez sería muy concienzudo en su trabajo si decidía encarcelar a un abogado. Por otro lado, tampoco haría una chapuza si dictaba una sentencia de puesta en libertad. Estaba claro que, en cualquier caso, independientemente del contenido, recurrirían la sentencia.
Bostezó con tanto ímpetu que su mano pequeña y estrecha no alcanzó a tapar del todo su boca. La mujer se recostó echando la cabeza hacia atrás y Håkon pudo comprobar que carecía de amalgama en las muelas.
– ¿Qué experiencia has tenido con los empastes de plástico? -preguntó, de un modo muy inoportuno; ella le miró sorprendida.
– ¿Empastes de plástico? ¿Qué quieres decir?
– Pues veo que no tienes amalgama en los dientes. Le he estado dando vueltas a si me cambio los empastes o no. Leí un artículo que echaba pestes sobre la «plata», sobre toda la mierda que contiene, el mercurio y esas cosas. He leído incluso que hay personas casi inválidas debido al uso de amalgama. Pero mi dentista me previene, dice que la amalgama es mucho más dura.
Se inclinó hacia él, la boca abierta de par en par, y él pudo constatar que todo estaba completamente blanco.
– Ninguna caries -dijo ella sonriendo y con cierto orgullo-. Lo cierto es que soy un poco mayor para pertenecer a la «generación sin caries», pero teníamos un pozo donde crecí. Mucho flúor natural, seguramente era peligroso, pero en la vecindad éramos dieciséis niños y todos crecimos sin tener que acudir al dentista.
Dientes. Incluso los dientes acababan convirtiéndose en tema de conversación.
El fiscal adjunto se acercó de nuevo a comprobar el fax; como la vez anterior y la anterior y la anterior a ésa, estaba todo en orden. La lucecita verde lo miraba fijamente con aires de arrogancia, pero, por si acaso, revisó una vez más si el cajón alimentador tenía papel. Evidentemente estaba lleno. Un bostezo quiso abrirse camino, pero lo retuvo apretando las mandíbulas y sus ojos se llenaron de lágrimas. Agarró el mazo de cartas usadas y lanzó una mirada interrogativa hacia la subinspectora; ella se encogió de hombros.
– Por mi sí, pero juguemos a otro juego. Al casino, por ejemplo.
Les dio tiempo a jugar dos bazas hasta que la máquina de fax soltara un gruñido prometedor. La luz verde había cambiado a ámbar; al cabo de unos segundos, la máquina se tragó la primera hoja blanca de la bandeja. El folio permaneció un rato en las entrañas de la máquina hasta que sacó la cabeza por el otro lado, hermosamente adornado con la carátula del juzgado de instrucción de Oslo.