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– No pude hacerlo, Christian, que Lavik te escogiera a ti fue una increíble suerte dentro de toda esta desdicha. Alguien en quien podía confiar, confiar de verdad.

No pretendía en absoluto que fuera una amenaza; sin embargo, la voz de Bloch-Hansen se tornó más incisiva.

– Que te quede una cosa muy clara -dijo con determinación y dureza -, mi buena voluntad tiene límites y te lo dejé bien claro el domingo. No lo olvides.

– No tendré ocasión de hacerlo -contestó Strup en un tono seco, para concluir la conversación.

Permaneció de pie, apoyado en la fría ventana. «Esto no es un jodido batiburrillo, es un puto caos», se dijo. Hizo otra llamada que finalizó al cabo de tres o cuatro minutos. A continuación salió a desayunar, aunque no tenía ni pizca de hambre.

Sentada ante una mesa de pino, delante de una ventana con laterales y travesaños de madera y cortinas de cuadros rojos, Karen disfrutaba del desayuno con un apetito bien distinto. La tercera rebanada de pan estaba a punto de desaparecer y el bóxer, tumbado con la cabeza sobre las patas entrecruzadas, miraba a su ama con ojos melancólicos y suplicantes.

– ¡Pedigüeño! -le recriminó, y siguió profundizando en la novela que tenía delante.

La emisora P2 la entretenía lo justo, el sonido salía de una vieja radio portátil colocada en la estantería sobre la encimera.

La cabaña estaba ubicada en una loma pedregosa con unas vistas panorámicas que, cuando era niña, creía que llegaban hasta Dinamarca. A los ocho años había evocado aquellos parajes sureños y los veía llenos de hayas y gente sonriendo. La imagen no había desaparecido, ni las burlas de su hermano ni la demostración científica de su padre, que le decía que todo eran imaginaciones suyas, lo habían conseguido. Al cumplir Karen los doce, la imagen había palidecido; el verano que empezó en el instituto, Dinamarca entera se había hundido en el mar. Había sido una de las experiencias más dolorosas en su camino hacia la madurez, tuvo la sensación de que las cosas no eran como ella siempre había creído.

No había tenido demasiados problemas para calentar el lugar, la cabaña estaba muy bien aislada y preparada para el invierno. Estaba provista de electricidad y todavía quedaba mucho del domingo cuando la casa alcanzó una temperatura agradable. No se atrevió a poner en marcha la bomba de agua eléctrica por si se congelaban las tuberías. No importaba, el pozo se encontraba a un tiro de piedra de la cabaña.

Habían transcurrido dos días y se sentía más tranquila de lo que lo había estado desde hacía muchas semanas. El teléfono móvil estaba encendido como medida de seguridad, pero sólo la gente del despacho y Nils disponían del número. Éste la había dejado en paz, pues las últimas semanas habían sido una dura prueba para ambos. Se encogió al recordar su mirada afligida e interrogante, y todos sus desesperados intentos de satisfacerla. El rechazo era ya una costumbre, y se dedicaban a hablar con amabilidad del trabajo, de las noticias y de las cosas cotidianas y necesarias. Ninguna intimidad, ninguna comunicación. A lo mejor sintió cierto alivio cuando ella decidió marcharse una temporada, aunque intentó protestar con lágrimas en los ojos y con preguntas desalentadas. En cualquier caso no había vuelto a dar señales de vida después de que mantuvieran la conversación de rigor para asegurarse de que ella había llegado bien. Estaba contenta de que él respetara su deseo de estar sola, pero no podía evitar sentir cierto fastidio al comprobar que realmente lo conseguía.

Sintió un fuerte escalofrío que la hizo estremecerse y derramó un poco de té en el platillo. El perro levantó la cabeza al notar el movimiento brusco; ella le lanzó un trozo de queso que el animal atrapó en el aire.

– No tienes bastante con un trozo -le dijo como para ahuyentarlo, sin que el perro mostrara signo alguno de perder la esperanza de cazar al vuelo otro pedazo, con su hocico lleno de babas.

De repente pegó un salto y subió el volumen de la radio. Debía de haber un mal contacto porque el sonido se distorsionaba cuando giraba la tecla del volumen.

¡Lavik en la cárcel! Dios mío, eso tenía que ser una victoria para Håkon. Habían dejado en libertad a otro hombre, de 52 años, aunque ambas decisiones iban a pasar por un control y una revisión posteriores. Seguro que se referían a Roger. ¿Por qué habrían dejado en libertad a uno y mantenido en la cárcel al otro? Ella había estado convencida de que, o bien los encarcelaban a los dos, o bien los soltaban a ambos.

El noticiero no aportó nada más.

La mala conciencia empezó a manifestarse, le había prometido a Håkon que lo llamaría antes de marcharse de la ciudad. No lo había hecho, no tuvo fuerzas, tal vez lo llamase esta noche, pero sólo quizá.

Acabó la comida y el bóxer recibió dos trozos de queso adicionales. Iba a fregar los cacharros antes de salir para recorrer los dos kilómetros hasta el quiosco de prensa. No era mala idea seguir el asunto por los periódicos.

– ¿Dónde diablos se ha metido esta mujer? -Estrelló el auricular contra el escritorio; el teléfono quedó destrozado-. Mierda -dijo algo sorprendido y mirando cariacontecido el teléfono; luego acercó el auricular al oído y el tono seguía ahí, una goma elástica serviría como reparación provisional-. No lo entiendo -prosiguió más calmado-. En el bufete dicen que no estará localizable durante una temporada y en casa no contesta nadie.

«Y definitivamente no llamaré a Nils», pensó sin decirlo. ¿Dónde estaba Karen?

– Tenemos que encontrarla -dijo Hanne en un comentario superfluo-. Es urgente tener otra entrevista con ella, y lo mejor sería tenerla hoy. Si tenemos suerte, el tribunal de apelación no estudiará el caso hasta mañana, y para entonces podríamos brindarles otro interrogatorio, ¿no?

– Pues sí -murmuró Håkon

No sabía qué pensar. Karen había prometido avisarlo cuando se marchara. Él había mantenido su parte del acuerdo, no la había llamado ni había intentado dar con ella. Qué raro que ella no hubiera mantenido su parte, si es que realmente estaba fuera. Las posibilidades eran múltiples, tal vez estuviera reunida con toda discreción con un cliente. Tampoco había que tomárselo tan a pecho. No obstante, una sensación creciente de intranquilidad lo hostigaba desde el domingo. El consuelo que le proporcionaba saber que al menos se encontraba en la misma ciudad que Karen se había marchitado y había acabado desapareciendo del todo.

– Tiene un móvil con número secreto. Utiliza todo tu peso policial para hacerte con él. La operadora de móviles, su despacho, lo que sea. Procura traerme ese número, no debería ser tan difícil.

– Voy a seguir buscando al hombre sin bota, me da igual lo que digas -afirmó Hanne, que volvió a su propio despacho.

El hombre mayor de pelo gris estaba asustado. El miedo encarnaba un enemigo hasta ahora desconocido y luchaba enérgicamente contra él. Había estudiado los periódicos con lupa, pero era imposible hacerse una idea clara de lo que sabía la Policía. El artículo que apareció en la tirada dominical del Dagbladet era en sí suficientemente aterrador, pero no podía ser cierto. Jørgen Lavik había jurado y perjurado su inocencia, eso sí que rezumaba de los rotativos, con lo cual era imposible que hubiese hablado. Nadie más sabía quién era, así que no había, ni podía haber, peligro alguno.

El miedo no se dejó convencer, se le agarró con sus zarpas ensangrentadas al corazón y le provocó un intenso dolor. Durante un instante respiró de manera entrecortada para intentar recobrar el control de sí mismo. Cogió una cajita con pastillas del bolsillo interior de su chaqueta, sacó torpemente una píldora y se la colocó bajo la lengua. Le alivió, recuperó el ritmo respiratorio y consiguió correr un tupido velo sobre la parte más agobiada de su persona.