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– Por Dios, ¿qué te pasa? -La secretaria, que iba siempre como un pincel, se había asomado estupefacta a la puerta y se abalanzó sobre su jefe-. ¿Va todo bien? Tienes el rostro completamente gris.

La preocupación parecía sincera; aquella mujer idolatraba a su jefe. Además, sentía un terror obstinado ante la piel gris y húmeda desde que su marido había fallecido en la cama junto a ella cinco años antes.

– Ya estoy mucho mejor -aseguró él, que se desembarazó de la mano que la mujer había posado sobre su frente-. Es cierto, muchísimo mejor.

La secretaria salió atolondrada a por un vaso de agua. Cuando regresó, el viejo había recobrado parte de su color facial natural. Se bebió el agua con avidez y con una sonrisa ajada pidió más. La mujer se precipitó por otro vaso que desapareció con la misma premura.

Después de haberse asegurado repetidas veces de que todo iba bien, la secretaria se retiró con reticencias a la antesala. Inquieta, frunció el ceño y dejó la puerta entreabierta, con la esperanza de que el hombre al menos diera alguna señal antes de morir. El hombre gris se levantó con firmeza y cerró la puerta tras ella.

Tenía que hacer de tripas corazón y recomponerse. Tal vez debiera tomarse unos días libres. Lo más importante era mantenerse completamente neutral con todo lo que estaba cayendo. No le podían pillar, lo más sensato era mantener el tipo mientras se lo pudiera permitir. Pero debía, «tenía» que averiguar lo que sabía la Policía.

– ¿Cuánto se puede ganar en realidad con las drogas?

La pregunta resultaba llamativa, puesto que la formulaba una investigadora que llevaba muchas semanas trabajando con un caso de estupefacientes. Pero Hanne Wilhelmsen nunca tenía miedo de plantear preguntas banales y, en los últimos tiempos, había empezado a preguntárselo seriamente. Si hombres más o menos respetados, con unos ingresos muy por encima de lo que ella consideraría altos, estaban dispuestos a arriesgarlo todo para ganar unos cuartos de más, tenía que tratarse de grandes cantidades de dinero.

Billy T. no se sorprendió en absoluto. Las drogas eran una cosa difusa y poco clara para la mayoría de la gente, incluso dentro de la Policía. Para él, en cambio, el concepto era bastante tangible: dinero, muerte y miseria.

– Este otoño, las Policías encargadas de los asuntos de drogas en los países nórdicos han requisado once kilos de heroína a lo largo de seis semanas -dijo-. Hemos arrestado a unos treinta correos en todos estos países, y ha sido gracias a la investigación de la Policía noruega. -Parecía orgulloso de lo que contaba, y probablemente tenía razones para estarlo-. Un gramo proporciona un mínimo de treinta y cinco dosis. En la calle, cada dosis cuesta unas 250 coronas. Así que te puedes hacer una idea de las sumas de las que estamos hablando.

Hanne apuntó las cifras en una servilleta, pero ésta se desgarró.

– ¡En torno a ocho mil setecientas coronas por gramo! Eso son… -con los ojos cerrados y la boca moviéndose en silencio, renunció a la servilleta e hizo una serie de cálculos mentales, luego abrió los ojos- 8,7 millones por kilo, casi cien millones por los once kilos. ¡Once kilos! ¡Eso no ocupa más que un cubo lleno! Pero ¿hay mercado para tanto dinero?

– Si no hubiera mercado, no lo importarían -comentó Billy T. en tono seco-. Y la introducción en el país es desesperantemente sencilla con el tipo de fronteras que tenemos nosotros, ya sabes, incontables entradas de barcos y aterrizajes de aviones, además del tráfico de los coches que entran por los pasos fronterizos. Es evidente que es imposible llevar a cabo un control demasiado efectivo. Pero, por suerte, la distribución es más problemática. La lleva un mundillo completamente podrido, y a eso nosotros le sacamos partido. En las investigaciones sobre drogas dependemos de los chivatazos. Aunque gracias a Dios, chivatazos tenemos un montón.

– Pero ¿de dónde sale todo?

– ¿La heroína? En su mayor parte de Asia. De Pakistán, por ejemplo. El sesenta o setenta por ciento de la heroína noruega viene de allí. Por lo general, el material ha pasado por África antes de llegar a Europa.

– ¿África? Eso es un rodeo, ¿no?

– Sí, geográficamente tal vez sí, pero allí hay muchos correos dispuestos. Pura explotación de africanos muertos de hambre que no tienen nada que perder. ¡En Gambia tienen escuelas para aprender a tragarse la droga! «Gambian swallow school.» Esos chicos son capaces de tragar grandes cantidades de la sustancia. Primero fabrican bolas de unos diez gramos cada una, las envuelven con papel de plata y calientan el plástico para sellar el paquete. Luego llenan un condón de bolas de esas, lo impregnan de alguna sustancia y se lo tragan entero. No te creerías lo que son capaces de tragar. Entre uno y tres días más tarde, sale por el otro lado. Entonces hurgan un poco en la mierda y, ¡hala!, ¡somos ricos!

Billy T. lo contaba con una mezcla de asco y entusiasmo. Casi había terminado de comer, una enorme cantidad de pan integral con fiambre. Todo lo que había comprado en la cantina eran dos botellas de medio litro de leche y un café. Se lo estaba comiendo todo en un tiempo récord.

– Como dijo el maestro Galeno: «Quien quiera comer y lo haga despacio, lo hará con sabiduría».

Billy T. interrumpió por un momento la ingesta y la miró sorprendido.

– El Corán -le explicó Hanne.

– Bah, el Corán…

Siguió comiendo al mismo ritmo.

Hanne no había tenido tiempo de desayunar aquella mañana, y mucho menos de prepararse una tartera. Una rebanada de pan seco con gambas descansaba a medio comer sobre su plato. Billy T. comentó que no habían sido precisamente muy generosos con las gambas y asintió en dirección al triste bocadillo. La mayonesa tenía mal aspecto; aun así, la subinspectora había aplacado lo peor del hambre. El resto no se lo iba a comer.

– La cocaína, en cambio, por lo general, viene de Sudamérica. Por Dios, ahí abajo hay regímenes enteros que se mantienen gracias a que nuestras sociedades generan la necesidad de droga en mucha gente. Sólo en este país se vende por miles de millones al año. Eso creemos. Con unos siete mil drogadictos que compran material por unas dos mil coronas al día, te salen unas sumas increíbles. ¿Que si da mucho dinero? Sin duda. Si no fuera ilegal, creo que yo mismo me metería en el negocio. De inmediato.

Ella no lo dudó, estaba perfectamente enterada de la costosa política de contribución familiar de Billy T. Por otro lado, con el aspecto que tenía sería bastante vulnerable en un control fronterizo. Al menos sería el primero al que pararía ella.

La cantina se estaba empezando a llenar, ya era casi la hora del almuerzo. Cuando varias personas hicieron ademán de quererse sentar en su mesa, Hanne consideró que había llegado el momento de volver al trabajo. Antes de que se retirara, Billy T. le prometió, por lo más sagrado, que iba a buscar la bota perdida.

– Estamos todos en guardia -sonrió el policía-. He distribuido una foto del alijo entre todas las unidades. ¡Ha dado comienzo la gran caza de la bota!

Amplió aún más la sonrisa y le dedicó un saludo de boy scout, llevándose dos dedos a la cabeza rapada.

Hanne le devolvió la sonrisa. Realmente el tipo era todo un policía.

La habitación ofrecía la garantía de no tener aparatos de escucha, como era natural. Se hallaba al fondo de un pasillo de la tercera planta del número 16 de la calle Platou. Desde fuera, el edificio parecía completamente aburrido y anónimo, una impresión que se veía reforzada por la gente que conseguía entrar. La casa alojaba el cuartel general de los servicios secretos desde 1965. Era pequeña y angosta, pero servía para sus propósitos. Era lo bastante discreta.

Tampoco el despacho era muy grande. Estaba vacío por completo, aparte de una mesa cuadrada de un material plástico que ocupaba el centro de la habitación, con cuatro sillas a cada lado, además de un teléfono que se encontraba en el suelo, en un rincón. Las paredes estaban desnudas y eran de un color amarillo sucio que reflejaba amablemente la luz hacia los tres hombres sentados a la mesa.