Le ofreció a Hanne un café, pero ella prefirió un vaso de zumo. Se quedaron charlando durante media hora, después de lo cual la abogada le enseñó la cabaña y ella expresó la debida admiración. La subinspectora nunca había echado raíces en ningún sitio en el campo, sus padres siempre habían preferido viajar al extranjero durante las vacaciones. El resto de los niños de la calle la habían envidiado, pero ella les habría cambiado sus viajes por dos meses en el campo con una abuela, puesto que la única que tenía ella era una actriz fracasada y alcoholizada que vivía en Copenhague.
Al final se instalaron a la mesa de la cocina. Hanne sacó una máquina de escribir portátil de una funda gris y se preparó para el interrogatorio. Les llevó cuatro horas. En tres páginas, la abogada habló sobre el estado mental de su cliente, sobre su relación con ella y sobre cómo interpretaba la propia Karen los verdaderos deseos del chico. A continuación redactaron una declaración de cinco hojas que, a grandes rasgos, era igual a lo que ya tenían. Firmaron detenidamente en el margen de cada hoja, además de al final de la última de ellas.
Se había hecho tarde. Hanne miró su reloj antes de aceptar la invitación a comer. Estaba muerta de hambre y calculó que le daría tiempo a comer y estar de vuelta en la ciudad antes de las ocho.
La comida no fue especialmente refinada. Albóndigas precocinadas en salsa, con patatas y una ensalada de pepino. La ensalada no pegaba nada, pensó Hanne para sus adentros, pero no se quedó con hambre, sin duda.
Karen se puso un chubasquero amarillo enorme y unas botas de marinero para acompañar a la subinspectora al coche. Se quedaron un rato comentando el paisaje antes de que Karen le diera un abrazo impulsivo a la otra mujer y le deseara buen viaje. Hanne le respondió con una sonrisa y le deseó que disfrutara de sus vacaciones.
Arrancó el coche, encendió la calefacción y puso a Bruce Springsteen a todo trapo. Luego salió traqueteando por el desastroso camino. Karen no se movió, sino que se quedó allí despidiéndola con la mano. Hanne vio por el espejo como la figura amarilla se iba encogiendo hasta desaparecer detrás de una curva. Ésa, pensó con una sonrisa en los labios, es el gran amor de Håkon Sand. Estaba totalmente convencida.
Sábado, 28 de noviembre
– ¿Habéis oído el del tipo que se presentó en un prostíbulo sin un duro? ¿Y al final lo mandaron con la vieja Olga para que se diera un revolcón?
– Sííí -jadearon los demás, con lo que el contador de chistes volvió a apoltronarse en la silla y se bebió el resto del vino sin decir palabra. Era el cuarto chiste verde que intentaba contar, sin apenas respuesta de los demás. Pero su silencio no duró mucho, se sirvió más de beber, sacó pecho y lo volvió a intentar:
– ¿Sabéis lo que dicen las chicas cuando les dan una gran…?
– Sííí -gritaron los otros cinco a coro; el contador de anécdotas cerró la boca.
Hanne se inclinó sobre la mesa y le dio un beso en la mejilla.
– ¿No podrías dejar de contarnos esas historias, Gunnar? La verdad es que después de haberlas oído unas cuantas veces no tienen mucha gracia.
Sonrió y le acarició el pelo. Se conocían desde hacía trece años. El hombre era más bueno que el pan, bastante bobo y el tipo más cariñoso que conocía. En compañía de otros amigos de Hanne y de Cecilie metía la pata continuamente, pero a pesar de todo era uno de ellos y las anfitrionas lo amaban y lo consideraban casi parte del inventario. Era lo más cercano que tenían las dos mujeres a un viejo amigo íntimo del barrio. Su piso se hallaba pared con pared con el suyo y estaba hecho un desastre. Carecía por completo de gusto y no se tomaba las tareas domésticas muy en serio, así que le resultaba mucho más agradable apoltronarse en los profundos sillones de sus vecinas que pasar la noche en su propio nido sucio. Se pasaba por su casa al menos dos veces por semana y era, literalmente, uno de los invitados imprescindibles en todas las cenas.
A pesar de las vulgaridades del pesado de Gunnar, la noche pintaba bien. Por primera vez desde que, una lluviosa mañana de septiembre, encontraron un cadáver desfigurado en el río Aker, Hanne se estaba relajado. Era la una y media de la madrugada y hacía dos horas que el caso no era más que un pálido fantasma olvidado. Tal vez fuera el alcohol lo que le había provocado ese compasivo efecto. Después de dos meses de abstinencia total, cinco copas de vino tinto bastaron para provocarle un placentero mareo y para despertar sus seductores encantos. Un intenso coqueteo con los pies de Cecilie la había animado a intentar poner punto final a la fiesta, pero probablemente hubiera sido inútil. Y además se sentía a gusto. En ese momento sonó el teléfono.
– Es para ti, Hanne -le gritó Cecilie desde el pasillo.
Al levantarse de la silla, Hanne tropezó con sus propias piernas, pero se rio y salió para averiguar quién se atrevía a llamarla en plena noche de sábado. Cerró la puerta del salón a sus espaldas; estaba lo bastante sobria como para percibir la cara de disgusto de su pareja. Cecilie tapó el teléfono con la mano izquierda.
– Es del trabajo. La verdad es que me voy a enfadar en serio como te largues ahora.
Rebosante de reproches, le pasó a Hanne el teléfono.
– ¡No te lo vas a creer, coño! ¡Hemos cogido al tipo, Hanne! ¡Ya lo tenemos!
Era Billy T. La subinspectora se restregó la nariz para intentar despejarse en lo posible, pero sin resultados palpables.
– ¿Qué tipo? ¿A quién has cogido?
– ¡Al tipo de la bota, mujer! ¡Pleno al quince! Está acojonado y listo como un tomate maduro. Eso parece.
No podía ser verdad. Se negaba a creerlo. El caso no sólo se había ido al garete, sino que habían tirado de la cadena y se dirigía ya a las cloacas. Pero ahora esto. El punto de inflexión, quizás: una persona implicada, con vida y detenida, alguien que podía contarles algo en firme, alguien a quien tenían cogido de los huevos y que podía arrojar a Lavik al mismo lodo en el que se había revolcado la Policía durante los últimos días. Un chivato. Exactamente lo que necesitaban.
Hanne agitó la cabeza y preguntó a Billy T. si podía ir a buscarla, descartaba la posibilidad de conducir.
– Estoy allí dentro de cinco minutos.
– Que sea un cuarto de hora. Me voy a tener que dar una duchita.
Catorce minutos después, la subinspectora se despidió de sus amigos con un beso y les ordenó seguir hasta que ella regresara. Cecilie la acompañó hasta la puerta y Hanne intentó darle un abrazo de despedida, pero ella lo rehuyó.
– De vez en cuando odio ese trabajo que tienes -dijo con seriedad-. No siempre, pero de vez en cuando sí.
– ¿Quién se pasó noche tras noche más sola que la una en un pueblo perdido de Nordfjord, dejado de la mano de Dios, cuando tuviste que hacer tus turnos en provincias? ¿Quién tuvo quince toneladas de paciencia durante cuatro años de guardias de noche en el hospital de Ullevål?
– Creo que fuiste tú… -admitió Cecilie con una sonrisa conciliadora.
Al final se dejó abrazar.
– Está tan limpio como un bebé recién bañado. No tiene ni una puta multa de tráfico. -Sus dedos sucios aporreaban el papel, que bien hubiera podido contener los antecedentes del primer ministro, porque no había nada-. Y siendo así -Billy T. sonrió de oreja a oreja-, con ese expediente impoluto, va a tener que darnos una puta explicación que nos convenza para andar amenazando con una pistola a la Policía en medio de la calle. Está ahí dentro temblando como un flan.
Llevaba razón. De cómo se reaccionaba ante una detención se podía sacar mucha información. Ciertamente, los inocentes también se asustaban, pero en esos casos era un miedo manejable, un sentimiento que se podía paliar recordando que, si todo era un malentendido, antes o después se aclararía. Nunca les llevaba más de un cuarto de hora calmar a un inocente. Según Billy T., este detenido llevaba dos horas aterrorizado.