Выбрать главу

Fue todo casi demasiado fácil. La carpeta estaba encima de la mesa y el interrogatorio que buscaba fue lo primero que encontró dentro. Hojeó rápidamente el resto del montón, pero era evidente que no había más copias, al menos de aquellos documentos. Recorrió el papel con la luz de la linterna. ¡Era el original! Se apresuró a plegarlo y lo introdujo en el fondo de un bolsillo interior de su amplia chaqueta de tweed. Echó un rápido vistazo para asegurarse de que todo estaba como cuando llegó, y a continuación se dirigió a la puerta, apagó la linterna antes de salir y cerró con llave. Un poco más adelante en el pasillo, abrió otra puerta con otra llave. También en este despacho el expediente estaba sobre el escritorio, abierto y dividido en dos pilas desordenadas, como si se hubiera quedado dormido por el agotamiento provocado por su exceso de volumen. Esta vez la búsqueda le llevó más tiempo. El interrogatorio no se encontraba donde le correspondía. Siguió buscando, pero como el documento de ocho páginas no aparecía, empezó a registrar sistemáticamente otros sitios.

Al cabo de quince minutos tiró la toalla. No podía haber otra copia. La idea lo animó, y no era del todo ilógica. Según se desprendía de los informes, Hanne Wilhelmsen no había regresado al despacho hasta las siete y media de la tarde del viernes. Tal vez no había tenido la paciencia de esperar los veinte minutos que tardaba la fotocopiadora en calentarse.

La teoría se vio reforzada por el registro del tercer despacho, el de Kaldbakken. Si tanto Wilhelmsen como el inspector carecían de copias, era bastante probable que sólo existiera el original del documento, que ahora se encontraba en su bolsillo.

A los pocos minutos ya no estaba allí. Primero lo pasó por una máquina de destrucción de documentos, hasta que adquirió el aspecto de un montón de espaguetis secos y malogrados. Luego lo dejó todo en un cuenco durante el rato que tardaron las llamas en destruirlo por completo; al final, reunió las cenizas en un trozo de papel higiénico, las tiró al inodoro y tiró de la cadena. El servicio se encontraba al fondo del pasillo de la planta más invisible de la comisaría. El hombre de la Brigada de Información de la Policía limpió las últimas pavesas de ceniza del inodoro con un cepillo bastante usado; de eso modo, el viaje de Hanne Wilhelmsen a una fría zona de Vestfold pasó al olvido.

Una vez de vuelta en su despacho, el hombre sacó el teléfono móvil y marcó el número de uno de los dos hombres con los que se había reunido un par de días antes en la calle Platou.

– He ido tan lejos como podía ir -dijo en voz baja, como por respeto al edificio adormilado-. La declaración de Karen Borg ha desaparecido del caso. Es una putada hacerle algo así a unos compañeros. A partir de ahora tendréis que apañaros sin mí.

No esperó a que le respondieran antes de cortar la conversación. En su lugar, se acercó a la ventana y contempló Oslo. La ciudad se extendía pesada y fatigada a sus pies, como una vieja ballena dormida cubierta de algas luminiscentes. Suspiró y se echó sobre un sofá pequeño y muy incómodo para esperar el comienzo de la jornada laboral. Antes de dormirse, el mismo pensamiento volvió a asaltarlo: era una putada hacerle algo así a unos compañeros.

Lunes, 30 de noviembre

No me extraña que esta gente haya conseguido funcionar durante tanto tiempo. Nunca he visto un caso en el que tengan a su gente tan controlada, no en el mundillo de la droga. Es asombroso. ¿No suelta prenda?

Kaldbakken estaba francamente sorprendido. Estuvo seis años en el grupo de drogas y sabía de lo que hablaba.

– Bueno, tampoco es que tengamos tantas cosas con las que acusar al tipo -constató Wilhelmsen en tono lúgubre-. Las amenazas a la autoridad no te dan derecho más que a unas breves vacaciones en una celda bonita. En ese sentido le conviene no hablar. No cabe duda de que parece aterrorizado, pero no lo bastante como para perder la cabeza. Es incluso lo bastante astuto como para haber reconocido que fue él quien apuntó a Billy T., así que vamos a tener que soltarlo hoy mismo. Con eso no basta para retenerlo. Si confiesa, no hay peligro de destrucción de pruebas.

Era evidente que podían seguir al tipo, podían vigilarlo durante algunos días, pero ¿durante cuánto tiempo? Gran parte de su capacidad estaba acaparada por el seguimiento, las veinticuatro horas al día, de Roger de Sagene. Si soltaban ese día a Lavik, sencillamente iban a tener problemas de falta de personal. A corto plazo se podían resolver, sin duda, pero estos tipos no iban a hacer nada malo en los próximos días ni semanas. Era probable que pasaran meses antes de que reanudaran algo que pudiera tener interés y, a esas alturas, la Policía no se percataría. No por propia voluntad, sino porque los presupuestos no toleraban semejantes extravagancias, ni siquiera en un caso de dimensiones tan grandes. Pan comido. Como siempre.

Håkon no había dicho nada. Se había dejado llevar por la apatía. Estaba asustado, harto y profundamente decepcionado. Sus sienes grises se habían tornado más grises, su acidez de estómago más ácida y sus manos húmedas más húmedas. Ya no le quedaba más que la declaración de Karen, y no estaba claro que fuera suficiente. Se levantó resignado y abandonó la reunión sin decir una palabra. Dejó tras de sí un gran silencio.

La declaración no estaba donde él la había dejado. Distraídamente abrió un par de cajones, ¿podría haberlo metido allí? No, todo lo que encontró fueron unos casos insignificantes que estaban ya tan caducados que intentaba aplacar su mala conciencia apartándolos de su vista, pero estaba tan agotado que su conciencia no se dejó afectar por el reencuentro.

El interrogatorio no apareció en ningún sitio del despacho. Era extraño, estaba convencido de haberlo dejado justo ahí, sobre la pila de documentos. Con el ceño fruncido, empezó a repasar el día anterior. Iba a sacar unas copias, pero luego se le había olvidado. ¿O sí había pasado por la sala de la fotocopiadora? Fue a comprobarlo.

La máquina iba a todo trapo. Una oficinista sesentona, bajita y corpulenta, le aseguró que, al llegar ella, no había nada allí. Por si acaso echó un vistazo detrás y debajo de la fotocopiadora, pero el documento tampoco se había escondido allí.

Hanne no lo había cogido y Kaldbakken ya le había solicitado una copia y se limitó a encogerse de hombros con desánimo al jurarle que él nunca había llegado a verlo.

Håkon empezó a preocuparse en serio. El documento era lo único que mantenía algo parecido a la esperanza de obtener una ampliación de la prisión preventiva. Antes de irse a casa la noche anterior, lo había recorrido con sus ojos enrojecidos. Era exactamente lo que necesitaba, minucioso y hecho en profundidad, convincente y bien redactado. Pero ¿dónde coño estaba?

Era el momento de dar la alarma. Eran las nueve y media de la mañana y la solicitud de prolongación de la prisión preventiva tenía que estar lista antes de las doce para llevársela al juez. En realidad, la vista oral estaba prevista para las nueve de la mañana; sin embargo, ya el viernes, Bloch-Hansen había pedido que se pospusiera algunas horas. El abogado tenía un juicio esa misma mañana y prefería no enviar a un ayudante a una cita tan importante. Quedaban dos horas y media. En realidad era el tiempo justo para dictar una solicitud. No quedaba tiempo para una búsqueda, y sin ese documento se quedaban sin prisión preventiva.

Sobre las diez y media se suspendió la búsqueda. El documento había desaparecido sin dejar rastro. Hanne estaba desconsolada y se echaba toda la culpa. Tendría que haberse asegurado de hacer las copias enseguida. Pero el hecho de que asumiera toda la responsabilidad no ayudaba en absoluto a Håkon. Todo el mundo sabía que él era último que había tenido en su poder los papeles.

Karen podía venir a declarar. Podría conseguir un aplazamiento de una hora, de manera que tuviera tiempo de acudir desde la cabaña. Tendría que darle tiempo a llegar.