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Pusieron en libertad a Jørgen Ulf Lavik esa misma noche. En el momento en que salió pareció erguirse dentro de su traje, dio la impresión de crecer algunos centímetros y de recuperar al menos algunos de los kilos que había perdido. Abandonó la comisaría riéndose, por primera vez en diez días.

Ni Hanne Wilhelmsen ni Håkon Sand se rieron, ni tampoco nadie más en el gran edificio de la calle Grønland 44.

Había salido bien. Lo cierto es que había salido todo bien. La pesadilla había terminado y no habían encontrado nada. Si hubieran encontrado algo, seguiría detenido. Pero ¿qué podían encontrar? Le dio gracias al destino, porque tan sólo unos días antes de su detención había sustraído la llave de debajo del armario y la había escondido en un sitio más seguro. Tal vez el viejo estuviera en lo cierto cuando afirmaba que las fuerzas del bien estaban de su parte. Los dioses sabrían por qué.

Aun así había algo que no acaba de entender. Cuando escogió como defensor al abogado del Tribunal Supremo Christian Bloch-Hansen, lo hizo porque estaba convencido de que era el mejor. El culpable necesita al mejor; el inocente puede apañarse con cualquier cosa. Y Bloch-Hansen había estado a la altura de sus expectativas, probablemente a él no se le hubiera ocurrido lo de la confidencialidad de la información de Karen Borg. El abogado defensor había hecho un gran trabajo y lo había tratado con corrección y cortesía, pero en ningún momento se había mostrado ni cálido ni comprensivo ni receptivo. No se había implicado en el caso. Bloch-Hansen había hecho su trabajo y lo había hecho bien, pero en sus agudos ojos había relumbrado algo que podría parecer odio, tal vez incluso desprecio. ¿Creía que era culpable? ¿Se negaba a creer sus plausibles historietas, tan plausibles que casi se las creía él mismo?

El abogado Lavik se desembarazó de la idea. Ya no tenía importancia. Era un hombre libre y no le cabía duda de que el caso sería sobreseído en poco tiempo. Le pediría a Bloch-Hansen que se encargara de eso. Lo del billete de mil coronas había sido un enorme error, pero por lo que sabía se trataba del único verdadero error que había cometido. Nunca, nunca, nunca, se volvería a poner a sí mismo en una situación semejante. Sólo le quedaba una cosa por hacer y había tenido tiempo de sobra para planearla, varios días, aunque ahora tendría que realizar ciertos ajustes en su plan, en ese sentido Sand le había hecho un regalo al explicar la ausencia de Karen Borg diciendo que estaba de vacaciones. Al juez le había irritado que la Policía tuviera problemas para contactar con una persona que se encontraba en Vestfold, como si aquello estuviera en la otra punta del mundo. No lo estaba. El abogado sabía exactamente dónde se hallaba. Nueve años antes habían estado allí junto con todos los representantes de los estudiantes que formaban parte del consejo de facultad. Progresistas y conservadores. En aquella ocasión tuvo la sensación de que la mujer tal vez estuviera enamorada de él, sin embargo, el abismo político que los separaba había imposibilitado cualquier acercamiento. Ahora bien, como se estaba hablando de restringir el acceso a los estudios, todos ellos habían dejado a un lado las grandes batallas políticas para reunir sus fuerzas en torno a la lucha contra la exclusión de estudiantes; Karen Borg se había propuesto como anfitriona de aquella histórica reunión, que acabó girando más en torno al vino que a la política, aunque por lo que podía recordar había sido un fin de semana agradable.

Tenía prisa y le iba a resultar difícil deshacerse de los moscones que sabía que le iban a perseguir durante bastante tiempo, pero podría con ello. Tenía que poder. Si se libraba de Karen Borg, nunca conseguirían cogerlo. Ella era el último obstáculo entre su persona y la libertad definitiva.

El Volvo azul oscuro había llegado al garaje, patinó un poco en el resbaladizo acceso, pero aun así encontró su sitio, como un caballo viejo que retorna a su establo tras una dura jornada de trabajo. Lavik se inclinó por encima del volante, hacia su pálida mujer, y la besó con ternura mientras le daba las gracias por su apoyo.

– Ahora va a ir todo bien, cariño.

Dio la impresión de que ella no le acababa de creer.

¿Debería llamarla o no debería? ¿Debería ir a buscarla o no? Deambulaba inquieto por su pequeño apartamento, que mostraba claros indicios de no haber sido, en los últimos días, más que un lugar por donde se pasaba para coger la colada y echar una cabezadita. Pero ya no le quedaba más ropa limpia y tampoco era capaz de conciliar el sueño.

Se mareó y tuvo que agarrarse a la estantería para no caer al suelo. Por suerte, tenía una botella vieja de vino tinto en el fondo de la nevera. Media hora más tarde estaba vacía.

Había perdido el caso, y probablemente también a Karen. No tenía sentido contactar con ella. Todo había terminado.

Se sentía fatal y arremetió contra media botella de aguardiente de patata, que llevaba en el congelador desde las Navidades del año anterior. Al final el alcohol surtió efecto y se quedó dormido. Durmió mal y tuvo pesadillas con grandes abogados demoníacos que lo perseguían y con una diminuta figura amarilla que lo llamaba desde una nube en el horizonte. Intentaba correr hacia ella, pero las piernas le fallaban y nunca llegaba hasta ella. Finalmente, Karen desaparecía, y él se quedaba tirado en el suelo mientras la figura amarilla salía volando y unos cuervos con capa le sacaban los ojos a un pequeño fiscal adjunto.

Martes, 1 de diciembre

Todo aquel jaleo, la brillantina y los chillones farolillos de plástico que algunos consideraban que conferían un aspecto navideño a las calles, empezaban, por fin, a tener algo de sentido. Al menos ya era diciembre. La nieve había vuelto y los comerciantes se habían percatado entusiasmados de que el consumo personal del pueblo noruego se había incrementado unos pocos puntos en el último año. Eso generaba grandes expectativas de ganancias e impulsaba a recargar los escaparates. En Navidad, los tilos de la calle Karl Johan sustituían a sus primos de hojas perennes, aunque parecían desnudos y algo embarazados con sus luces de Navidad. Dos días antes se habían encendido solemnemente las luces del enorme abeto de la plaza de la Universidad, pero aquel día sólo lo estaba disfrutando un triste oficial del ejército de salvación que, tiritando de frío, sonreía esperanzado a cualquiera que aquella mañana pasara apresurado por delante de su bote de dinero, sin disponer de un solo minuto de sobra para detenerse a admirar el enorme árbol.

Jørgen Lavik sabía que lo estaban vigilando. En varias ocasiones se detuvo bruscamente y miró hacia atrás, pero le resultaba imposible distinguir a quien le estaba siguiendo. Todo el mundo tenía la misma mirada vacía; sólo alguno de ellos miró con curiosidad al abogado Lavik, como si lo reconociera, «¿Dónde lo habré visto antes?». Por suerte, las fotografías de la prensa diaria eran tan malas y tan viejas que era probable que nadie lo reconociera de inmediato.

Pero sabía que estaban detrás de él. Eso le complicaba las cosas, pero al mismo tiempo le proporcionaba una coartada perfecta. Podía volverlo todo a su favor. Suspiró profundamente, se sentía muy lúcido.

La visita al despacho fue corta. A la secretaria estuvo a punto de caérsele la dentadura postiza de pura alegría de verle y le propinó un abrazo que olía a vieja y a lavanda. Resultó casi enternecedor. Tras dedicarle unas horas a los asuntos más urgentes, dio aviso de que iba a pasar el resto de la semana en su cabaña de la montaña. Estaría localizable por teléfono y se llevaba consigo una pila de casos, un aparato de fax portátil y un ordenador. Probablemente volvería el viernes, al fin y al cabo tenía que presentarse en el juzgado.

– Así que tendrás que ocuparte tú del negocio, Caroline, como has estado haciendo estos días -le dijo a la secretaria para darle ánimos.