Se convenció de que su única opción era la ruta de Fulda.
Elevó la vista al cielo para contemplar una inexpugnable muralla de montañas. La cordillera del Rhön delimitaba la comarca de Würzburg por su extremo septentrional, y era el camino que Hóos había empleado desde Aquis-Granum hasta Würzburg. Una vez alcanzada Fulda, continuaría por el cauce del Lahn, un río que, según Hóos, resultaba fácil de sortear.
Aunque nunca antes hubiera viajado a Fulda, Theresa supuso que alcanzaría la ciudad abacial en el transcurso de dos jornadas, lo cual le obligaría a pernoctar en el camino. Se santiguó, aspiró una bocanada de aire y emprendió la marcha en dirección a las montañas.
Caminó a paso ligero, con la vista fija en las cumbres que a cada zancada se le antojaban más lejanas. Durante el trayecto consumió el resto del agua, que acompañó con las bayas y nueces que fue encontrando por el camino. Avanzó varias millas sin que nada la sobresaltase, pero a la tercera hora comenzó a cojear. El leve hormigueo se convirtió al poco en un dolor agudo que finalmente le impidió seguir avanzando. Con la nieve cubriéndole las rodillas, miró las montañas y suspiró. El crepúsculo prosperaba. Si pretendía alcanzar el paso del Rhön, debería apresurar el ritmo.
Iba a moverse cuando unos relinchos la dejaron sin aliento. Se giró lentamente imaginando que encontraría a un enemigo, pero para su sorpresa no distinguió nada alarmante. Sin embargo, al instante, a otro relincho le siguieron unos ladridos. Se desembarazó de la nieve que la aprisionaba y corrió a agazaparse tras unas rocas, pero al esconderse advirtió con horror el reguero de huellas que acababa de imprimir en la nieve. Quien pasara por allí, sin duda la descubriría. Agachó la cabeza y esperó encogida, mientras los ladridos aumentaban hasta convertirse en el fragor de una jauría. Lentamente asomó la cabeza y escudriñó en derredor. Aunque el lugar continuaba desierto, advirtió que el bullicio procedía del barranco que flanqueaba el camino.
Dudó un instante, pero al final se decidió. Abandonó el escondrijo y gateó hasta el borde del cortado donde se tumbó cuan larga era. Luego se arrastró hasta asomar la nariz y se quedó ensimismada viendo cómo una manada de lobos se disputaba las entrañas de un caballo que yacía al fondo del barranco. El pobre animal resoplaba y se debatía en el suelo coceando desesperado. Se fijó en que sus tripas se esparcían por la nieve.
Sin pensarlo, comenzó a gritar y agitar los brazos como si fuera ella la atacada. Al escucharla, los lobos se detuvieron, pero de inmediato gruñeron amenazadores. Por un momento pensó que la atacarían, así que se agachó y agarró una rama seca que encontró a sus pies, la blandió sobre la cabeza y la arrojó hacia la jauría con todas sus fuerzas. El palo voló hasta impactar contra la copa de un árbol del que se desprendió la nieve acumulada entre sus ramas. Un lobo gris se asustó y huyó. Los otros titubearon, pero enseguida le siguieron.
Tras cerciorarse de que no regresaban, Theresa resolvió bajar.
Descender el barranco le resultó más complicado de lo previsto, de forma que cuando llegó al fondo, el jamelgo agonizaba. Lo encontró sembrado de heridas, algunas de aspecto distinto al de las producidas por las dentelladas. Intentó soltarle la cincha, pero no lo consiguió. En ese instante, el cuadrúpedo retembló como si lo rajaran, relinchó un par de veces y tras varios espasmos quedo exánime sobre la nieve.
Theresa no pudo evitar que una lágrima de compasión resbalara por su mejilla. Luego, tras serenarse, desató las alforjas y comenzó a registrarlas. En la primera encontró una manta, un trozo de queso y una talega con el nombre «Hóos» garabateado en el cuero. Se detuvo un instante aturdida por el descubrimiento. Sin duda aquel caballo pertenecía a Hóos; el que mencionó haber perdido al despeñarse por un barranco. De ahí aquellas heridas distintas. Mordió el queso y siguió buscando con fruición. En la misma alforja localizó una piel curtida de jabalí, un tarro con mermelada, otro con aceite, dos cepos metálicos y un frasco con una esencia que juzgó apestosa. Se quedó con la mermelada y olvidó todo lo demás. En la otra alforja, varias pieles más que no supo identificar, un ánfora sellada, un manojo de plumas de pavo real y una cajita de afeites. Supuso que se trataba de regalos que Hóos llevaba a sus parientes, y que al perder la montura decidió mejor no cargar.
Sabía que algún objeto podría serle útil, pero también que le dificultaría la marcha. Además, si alguien se los encontraba podría acusarla de ladrona, de modo que optó por coger sólo la comida. Cerró de nuevo las alforjas y, tras un último vistazo, ascendió el barranco para continuar su camino.
Alcanzó la entrada del paso con la suficiente luz como para apreciar que el acceso resultaba impracticable, por lo que se dispuso a pernoctar en la montaña. Al día siguiente proseguiría hacia el este en busca del camino a Fulda, del que tan sólo conocía la existencia de una peculiar formación rocosa que, según Hóos, señalaba su inicio.
Al principio pensó que soportaría el frío, pero cuando los pies comenzaron a congelársele probó a encender una fogata. Para ello reunió algo de leña que dispuso bajo un puñado de yesca. Cuando la tuvo preparada, golpeó el eslabón contra la lasca de pedernal. La yesca se iluminó, pero al igual que prendió, se consumió sin conseguir que las ramas ardieran.
Intuyó que el problema radicaba en la humedad infiltrada en la leña, y que por tanto debía disponer las ramas más secas sobre las mojadas. Apiló nuevamente la madera, colocó otro montoncito de yesca y repitió la operación, con idéntico resultado. Apesadumbrada, comprobó que apenas le restaba yesca para un par de intentos, y pensó que si la empleaba toda en lugar de racionarla, tal vez lo consiguiera.
Sacó el frasco de aceite y lo vertió sobre las ramas. Una vez empapadas, volcó la yesca sobre un trozo de cuero y pisoteó la cajita hasta destrozarla. Luego dispuso las astillas bajo la yesca y rezó para que prendieran.
Por tercera vez golpeó el pedernal, que escupió una miríada de chispas como por ensalmo. Al cuarto intento la yesca prendió. Rápidamente sopló sobre las llamas que querían lamer las astillas. Por un momento languidecieron hasta casi extinguirse; sin embargo, poco a poco cobraron fuerza hasta propagarse a las ramas aceitadas.
Aquella noche durmió tranquila. Al calor del fuego imaginó a su padre velándola. Soñó con su familia, con su trabajo de percamenarium y con Hóos Larsson. A él se lo figuró noble, fuerte y aguerrido. Al final del sueño creyó que la besaba.
La tormenta despertó a Theresa poco antes del amanecer, con la lluvia empapándola como si hubiera caído a un río. Recogió sus pertenencias y corrió a refugiarse bajo un roble próximo. Cuando escampó, le pareció que el frío regresaba.
Poco a poco, las nubes se desvanecieron y un sol tímido derramó sus débiles rayos sobre las crestas de las montañas. Lo interpretó como un presagio de fortuna. Antes de emprender el camino pidió a Dios por la salud de su padre, por su madrastra, y también por el desafortunado caballo de Hóos. Y le agradeció que un día más la hubiera mantenido con vida. Luego se embozó en la capa, mordió un trozo de queso y echó a andar aún mojada.
Tres millas más tarde comenzó a dudar sobre lo acertado de la ruta. Los caminos se habían angostado hasta convertirse en veredas que aparecían y desaparecían en medio de un paisaje eternamente blanco. Aun así no se arredró y siguió avanzando en dirección a ninguna parte.
A mediodía se topó con una torrentera que le cortaba el camino. Bordeó el cauce durante un trecho, buscando un lugar por donde vadearlo, hasta llegar a una vaguada en la que el agua se arremansaba formando una pequeña laguna. Se detuvo un instante a admirar el paisaje, un cristal en el que los abetos y las cumbres parecían reflejarse para duplicar su hermosura. Le fascinó la forma en que los árboles se arracimaban como un vasto ejército, su follaje aceitunado moteado por la nieve, el gorgoteo del agua, y el intenso aroma de la resina que entremezclado con el frío le despejaba los pulmones.