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– Y si ese garum es tan bueno, ¿entonces para qué mezclarlo?

– Ay, hija. Pues por variar. El garum es como el sexo: al principio siempre es rico, pero lo bueno es saber combinarlo. Míranos a nosotros -sonrió-. Treinta años de casados y todavía nos buscamos. Y así es con todo: ponte tres días el mismo vestido y te huirán hasta los ciegos; añádele una flor o un peinado, y verás cómo corren tras tu trasero.

– No deseo que corran tras mi trasero -repuso ella con desdén.

– Ah, ¿no? ¿Y en qué piensa una muchacha de veinte años?

– No lo sé. En mi oficio, en mi familia… No necesito a los hombres. -Calló el que había cumplido veintitrés.

– Ya. Y por eso mirabas el colgajo de ese joven cuando lo estaba lavando…

Theresa se ruborizó tanto que pensó que la cara se le teñiría de por vida.

– ¿Me enseñaréis a hacerlo? -disimuló.

– ¿El qué? ¿Cómo lavárselo?

– No, por Dios. ¡El garum!

– Ah, claro. Te enseñaré eso y más cosas que necesitas saber -dijo con una sonrisa.

Mientras terminaba de asar unos nabos, Leonora aprovechó para hablarle del vino. Pero no del que habitualmente se ingería para calmar la sed, siempre tierno y aguado, sino de aquel que se escanciaba en las grandes ocasiones: puro, oloroso, brillante, rubí… La llave que enardecía la elocuencia del tímido y que animaba el corazón del miedoso… Aquel cuyas gotas, cada una de ellas, eran un auténtico pecado.

– Nunca lo he probado.

– Bueno. Tenemos un ánfora a la espera de una ocasión especial. Si cazáis el oso, mañana la abriremos.

Al atardecer regresó Althar luciendo una enorme sonrisa. Había encontrado el rastro de la bestia.

– Sigue ahí el muy cabrón. Cagando en la misma osera que el año pasado -anunció con euforia. Soltó los bártulos y, riendo, azotó el culo de Leonora como si fuera un pandero.

Comieron sopa de verduras y costillar de jabalí salado, acompañado con vino rebajado. Althar bebió con ganas, y antes de terminar se sirvió otro plato; después de colocar trampas toda la tarde, se habría comido una vaca.

– Lo cocinó la muchacha -le informó Leonora.

– ¡Vaya sorpresa! ¿Ves como hice bien en contratarla? -rio-. ¿Cómo sigue el enfermo? ¿Ya se ha despertado?

– Abrió los ojos un momento, pero no sé… Creo que anda mareado. El golpe en la cabeza, quizás…

– Estará confuso. Ahora iré a echarle un vistazo.

Terminaron de cenar en poco tiempo. Mientras Leonora recogía, Althar y Theresa se acercaron a Hóos, quien abrió los ojos cuando sintió el paño húmedo sobre la frente. Miró a Theresa y pareció reconocerla, pero entornó los párpados y siguió descansando. Althar se hurgó la oreja y, tras sacarse un pegote de cera, la apoyó sobre el pecho de Hóos.

– No se aprecian silbidos.

– ¿Y eso es bueno?

– Claro. Si la costilla hubiera perforado el pulmón ya la habría espichado. Mañana intentaremos que se levante para que camine un rato.

Lo abrigaron con cuidado, metieron los animales dentro de la cueva y atrancaron bien la puerta. Finalmente se despidieron antes de que cada uno se acostara en su camastro.

Pasadas unas horas, Theresa sintió cómo Satán le lamía la cara. Aún no había amanecido, pero Leonora preparaba ya un puchero y Althar canturreaba paseándose por la estancia.

– ¡Oso, osito! ¡Que te vamos a comer frito! -entonó Althar sin dejar de sonreír.

Desayunaron y se abrigaron con pieles. Althar se pertrechó con un carcaj y un arco, cargó una red al hombro y cogió tres cepos de hierro. Luego le acercó una ballesta a Theresa.

– Con esto será suficiente -afirmó-. ¡Cariño! ¡Esta tarde tendrás un abrigo nuevo!

Leonora rio y lo besó varias veces. Luego palmeó la cabeza de Theresa y les deseó buena suerte.

Cuando abandonaron la cueva comenzaba a alborear. Era un día limpio y frío, lo que Althar interpretó como buen augurio. Dejaron el caballo porque, según Althar, podría alertar al oso. Además sólo necesitaban la piel, ya que su carne no era comestible. Mientras caminaban, Theresa le confesó que estaba asustada, pero el viejo la tranquilizó.

– No tendrás que hacer nada. Tan sólo vigilar.

– ¿Y este arco tan extraño?

– ¿Te refieres a la ballesta? Se la gané a un soldado en Aquis-Granum. Lo cierto es que nunca había visto nada semejante, pero funciona bien. Te enseñaré cómo se maneja.

Clavó su extremo en el suelo y apoyó un pie en el arco. Luego tensó la cuerda con las dos manos hasta hacerla encajar en una muesca.

– No es un juguete, así que ten cuidado. Esto es la nuez -señaló-, y debajo está el gatillo. Introduce el dardo en la acanaladura. ¿Ves? Ahora sujétala con las dos manos y apunta firmemente.

Theresa elevó el arma pero fue incapaz de mantenerla erguida.

– Pesa demasiado -se lamentó.

– Apóyate en el suelo -refunfuñó-. Y atiende a esto: si llegado el momento hubieras de utilizarla, sólo dispondrás de una oportunidad. No podrás cargarla de nuevo, de modo que apunta bien y dispara a la barriga, ¿de acuerdo?

Theresa asintió con la cabeza. Echó cuerpo a tierra y apuntó con el arma.

– Que no te tiemble.

Althar le indicó un tronco podrido ancho como dos hombres. A su señal, Theresa apretó la palanca con decisión. La saeta silbó en el aire y se perdió entre la espesura.

– Probemos otra vez -refunfuñó Althar.

Lo intentó otras dos veces con desigual fortuna. Al cuarto intento Althar dio por terminados los ensayos.

– Sigamos o se nos echará la mañana encima.

Mientras andaban, le comentó que los osos solían hibernar desde finales de noviembre hasta la llegada del deshielo.

– La gente cree que duermen como lirones, pero en realidad tienen un sueño ligero. Por eso hay que andar con cuidado.

– ¿Y si hubiera más de uno? -preguntó la muchacha.

– Bueno. Es bastante improbable. Los osos hibernan en solitario, de modo que eso no debe preocuparnos.

Siguieron caminando hasta que Althar reparó en la fijación que mostraba Satán por la entrepierna de Theresa. Lo observó durante un rato y comprobó que, pese a los esfuerzos de la chica, el chucho continuaba olisqueándola como si escondiese algo bajo sus faldas. Intrigado, le preguntó si había robado comida.

– No, señor -respondió azorada.

– ¿Y entonces qué diablos huele el perro?

– No sé -contestó ella, ruborizándose.

– Pues ya puedes ir descubriéndolo, porque lo que huela el perro también lo olisqueará la bestia.

Theresa no supo qué decir. No quería contarle que el día anterior le había bajado el menstruo, pero tampoco hizo falta porque Althar pareció adivinarlo.

– Maldita sea. Para un día que salimos de caza y tienes que venir sangrando.

Poco después arribaron a la zona donde el oso se guarecía. Althar señaló la posición de la osera, situada sobre una cuesta de difícil acceso. Theresa advirtió que bajo la entrada se abría un barranco que dificultaba el acercamiento.

– Colocaremos la red obstruyendo la boca de la osera. Luego prenderé fuego a unas ramas y Satán ladrará. Entre el humo y los ladridos, el oso despertará e intentará escapar, pero irá directo contra la red. Una vez atrapado, le abatiré con el arco. Tú esperarás donde no te huela. Ahí arriba, sobre la boca de entrada, por si fuese necesario.

– ¿Por si fuese necesario qué?