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– ¿A quién se dirige, el ibis? -preguntó Morgennes.

– ¡Pues a ti! ¿No? Quiero decir, al visitante…

– «Pasa tu llama por mi cuerpo.» ¿Cuál es la palabra importante? ¿«Llama»? Probé con la antorcha y no sirvió de nada. ¿«Cuerpo»? ¡Te juro por Dios que pasé mi antorcha tantas veces sobre este ibis que acabó totalmente negro de hollín!

– ¿Qué has dicho? -saltó Azim.

– He dicho -repitió Morgennes- que pasé tantas veces la antorcha sobre ese ibis que acabó todo negro.

Azim se levantó de la silla tan bruscamente que la derribó.

– Pero Morgennes, ¿no lo ves? ¡Es evidente!

– No -dijo Morgennes-, no veo nada.

– Pero ¡utiliza tus ojos!

– Lo siento, pero no lo entiendo.

– ¿Cuántas veces me has dicho que Palamedes abrió esta puerta?

– ¿En total? No lo sé. Pero muchas veces, seguro, ¡porque estando yo presente, al menos la franqueó tres veces!

– Y el ibis, ¿cómo era la primera vez que lo viste?

– Era de platino, ya te lo he dicho…

Su voz se volvió más intensa y Morgennes exclamó:

– ¡El ibis brillaba! No estaba ennegrecido por la antorcha de Palamedes. Lo que significa que…

– Lo que significa que la palabra importante es «tu».

– «Pasa tu llama sobre mi cuerpo.» Sí, está claro. El ibis se dirige al dragón. Y si la llama de este último alcanza al ibis, el ibis muere y se abre…

– Pero ¿dónde podemos encontrar una llama de dragón?

– Justo a la entrada de la primera puerta hay un brasero. Vi cómo Palamedes hundía en él su antorcha. Esta llama, este fuego, ¿es posible que se trate de una llama de dragón? En este caso bastaría que encendiera allí mi antorcha y rehiciera el trayecto…

– ¡Vamos, ve!

– Espera -dijo Morgennes-. Te recuerdo que este laberinto está embrujado y que necesité varios días para encontrar, y por casualidad, la séptima puerta.

– ¡Razón de más para no perder tiempo!

45

A menudo se dice que no hay nada tan arduo de

franquear como el umbral.

Chrétien de Troyes,

Cligès

Morgennes abandonó la abadía de San Jorge armado con esta información: tenía que hundir su antorcha en el brasero situado justo a la entrada de la primera puerta, al lado de los dragones, y luego… Luego quedaba la principal dificultad: orientarse. En dos ocasiones ya había creído volverse loco, hasta tal punto aquel laberinto desafiaba la lógica, ya que parecía modificarse a medida que pasaban las horas. Morgennes se había cargado a la espalda un talego con víveres, pero no tuvo que utilizarlo. Al menos, no en el laberinto…

Mientras caminaba hacia los subterráneos de la necrópolis, volvió a pensar en Palamedes, y se preguntó por qué este último no tenía ninguna dificultad para moverse por el laberinto. Debía de existir algún sistema, un truco.

Morgennes concentró sus esfuerzos en su descubrimiento -la llama- y tuvo la suerte de descubrir por qué milagro Palamedes no se perdía nunca. Una vez más, la llama era la clave. Morgennes se dio cuenta a fuerza de dar una y mil vueltas por el laberinto. Al observar rastros de hollín sobre los muros, comprendió que era él quien los había dejado en sus precedentes recorridos. Intrigado, acercó su antorcha -encendida en el brasero de la puerta de los dragones- y vio que no ennegrecía los muros. Curiosamente, la llama indicaba cierta dirección, siempre la misma, cualquiera que fuera el sentido en el que Morgennes inclinara la antorcha.

Comprendió entonces que la antorcha no solo era la clave, sino también la vía: el guía. Le bastaría con tomar en cada cruce el corredor que le indicaba y llegaría a la séptima puerta. Después de haber cambiado de dirección siete veces, se encontró por fin justo ante la puerta del ibis.

Morgennes sintió que su pecho se hinchaba de satisfacción. ¡Lo había conseguido!

– ¿Y ahora? Volver a ver a Azim para informarle de mi descubrimiento, o…

La curiosidad le venció. Pasó la llama de su antorcha por el ibis, y la puerta se abrió chirriando sobre sus goznes.

VI

***

46

Eso es justamente lo que venía a buscar, y lo tendrá.

Chrétien de Troyes,

Lanzarote o El Caballero de la Carreta

Apremiado por su padre a encontrar rápidamente un paliativo a las maquinaciones de los francos, que querían reforzar su dominio sobre Egipto, Palamedes decidió partir a Damasco. Allí se arrojaría a los pies del sultán Nur al-Din, le imploraría que perdonara a los egipcios sus acciones pasadas y le invitaría a dirigirse sin tardanza a Egipto, para dirigir juntos la guerra y expulsar de Tierra Santa al abyecto invasor cristiano. Como buen ofita y perfecto retoño de su padre, Palamedes era capaz de adoptar cualquier creencia, fe o religión. En este aspecto reunía todas las cualidades del camaleón, que se funde con el paisaje para engañar mejor a sus predadores y sorprender a sus presas.

Frente a vos, vuestro mejor amigo, ¡por mi fe! Pero detrás, vuestro peor enemigo, dispuesto a degollaros.

Alternativamente «embajador extraordinario» del Preste Juan para los cristianos de Jerusalén y saboteador para los griegos de Constantinopla (que había que mantener a cualquier precio alejados de Egipto, ya que eran demasiado peligrosos), Palamedes se disponía ahora a solicitar la ayuda de sus supuestos hermanos de religión, los sunitas. Por tanto, adoptaría la personalidad del «noble y contrito musulmán» que iba a prosternarse a los pies de esos infames, pero no por ello menos poderosos, «infieles sunitas» -pues eso eran los musulmanes de Damasco a ojos de los egipcios, de obediencia chiíta.