Después de haber reunido una imponente caravana, formada por varios centenares de caballos y yeguas (para él mismo y para su escolta) y del doble de camellos y mulos para los pertrechos, Palamedes fue a ver a su padre.
– Estoy listo. ¿Cuándo quieres que parta?
– Esta noche -le respondió Chawar-. Porque el Nilo está en su nivel más bajo, lo que es un signo favorable. Cuando crezca de nuevo, el próximo mes de mayo, te prometo que estaremos en una posición mucho mejor que la actual. Nuestra patria volverá a levantarse y la verdad reinará. Es solo cuestión de meses. ¡Después de siglos y siglos de espera, el Día de la Serpiente se acerca por fin!
– Padre…
Un olor a limón le cosquilleaba la nariz, mientras en los cocoteros los monos se divertían persiguiéndose. Parecía que padre e hijo hubieran vivido toda su vida para este instante, el de su separación. Palamedes, cuya madre había muerto al dar a luz y que no había conocido más pariente que su padre, apretó al anciano contra su pecho. La prominente barriga de Chawar le llegaba a la ingle, y Palamedes se sintió embargado de una mezcla de amor y piedad hacia su viejo padre. ¡Qué no haría para hacer realidad sus sueños! El anciano había conspirado tanto para alcanzar su objetivo, convertirse en el jefe de la iglesia de los ofitas y visir del califa al-Adid, que merecía salir victorioso. ¿Era posible que Dios no les aprobara? No, imposible. Seguro que Dios -el dios Serpiente- estaba de su lado, y les ofrecería en los próximos meses la justa recompensa que tanto habían esperado. Entonces caerían las máscaras y se revelaría quién se ocultaba detrás. Porque en verdad ellos -los ofitas-, por más que cambiaran de piel como quien cambia de túnica, permanecían iguales a sí mismos, inmutables y eternos. La verdad estaba en el movimiento.
– Lo que he hecho -silbó Chawar-, lo he hecho por ti. Eres mi pequeña serpiente, mi muda, mi eternidad…
– Padre…-murmuró Palamedes.
– ¡Chisss…! Calla. No digas nada -exclamó Chawar, apoyando tiernamente su rollizo dedo sobre los labios de su hijo-. Dirán que soy un viejo soñador, pero el sueño más loco que nunca tuve ya se ha realizado: ¡tener un hijo del que me siento orgulloso! Porque estoy orgulloso de ti fuera de toda medida. Tú eres la prueba de que Dios es infinita bondad, la prueba de que nos escucha…
– Yo…
– Chisss… Un día nuestro pueblo reinará, y necesitará un jefe. Un soberano. ¡Ese rey serás tú! No lo olvides. ¡Ve!
– Volveré.
– Palabra de mal agüero. No, no digas nada. Prefiero recordar el silencio de tu partida y tu silueta perdida en la noche, pues no depende de ti que vuelvas o no, sino del todopoderoso dios Serpiente…
– De todos modos, padre adorado, te prometo que volveré.
– Ve.
Palamedes espoleó a su yegua, que partió al trote ligero en dirección al desierto al este del Viejo Cairo. Encaramado en su montura, seguido por más de cuatrocientos camellos y mulos cargados de víveres y de regalos para el sultán de Damasco, Palamedes condujo a su caravana en dirección al horizonte, donde la larga hilera de camellos se alargó como una cadena de montañas en miniatura, con sus llanos y sus relieves -formados por sus jorobas, tiendas y paquetes.
«Ve, hijo… Mis pensamientos te acompañan. Espero que puedas triunfar en tu empresa…»
Palamedes no se volvió. Levantando la mano, dio orden a la columna de orientarse hacia el este, para evitar a los francos en caso de que estos tuvieran la loca idea de olvidarse de Bilbais y lanzarse directamente hacia El Cairo.
Pero Palamedes conocía lo suficiente a los francos para saber que no podrían resistirse al cebo de un botín fácil, a esta infortunada ciudad cuyas murallas aún no habían sido reconstruidas desde su última incursión. Tenía algunos días por delante; dos o tres semanas, a lo sumo. El tiempo de afinar sus argumentos, por más que tuviera, en un cofrecillo de marfil y oro, el argumento decisivo, el que sin duda alguna haría que los musulmanes de Siria se unieran a sus hermanos egipcios e impulsaría al fogoso general tuerto Shirkuh a acudir a El Cairo y ponerlo patas arriba.
Después de haber atravesado el valle de Moisés, donde se encontraba la antigua ciudad de Petra, y haber ahuyentado a algunos bandidos pertenecientes a la tribu de los maraykhat, la caravana de Palamedes puso rumbo al este, y luego más hacia el norte, hacia Damasco.
Cuando el desierto empezó a difuminarse, reemplazado por algunas matas de hierba rala y amarilla, Palamedes fijó la mirada en la blancura de las nieves en la cima de las montañas sirias, que -al borde de los desiertos inflamados- parecía una espuma de leche esperando a ser bebida.
Pasándose su lengua bífida por los labios resecos, aguardó, antes de beber, a que las primeras señales de Damasco aparecieran. No podían tardar. La montaña y su cima nevada constituían un adelanto. Pero lo que él quería ver era un indicio de vida humana. Y este apareció bajo la forma de un rebaño de corderos con las colas cargadas de grasa, prueba de que los pastores rondaban por esos parajes en busca de sabrosos pastos. Las manchas de hierba amarilla dieron paso a zonas mayores de verdor, donde la vegetación estaba tan saturada de savia y de humedad que se doblaba bajo su peso. El tintineo de las esquilas de los corderos se mezclaba con los ladridos de los perros y los gritos roncos de los pastores. Finalmente, la reina de Siria, Damasco, apareció en su muelle estuche vegetal, en el que los rosales y los cipreses competían por hacerle de marco.
Desde lo alto de las murallas, los guardias distinguieron un lago de banderas verdes cargado de pesadas naves con caparazón de oro y plata, dirigidas por una multitud de jinetes de armaduras relucientes. Todas brillaban con un resplandor regio, y sus rayos eran tan intensos que herían la vista. Una docena de jinetes salieron de Damasco y galoparon hacia la caravana para averiguar su origen y sus intenciones.
Palamedes inclinó la cabeza, murmuró unas palabras, y fue conducido sin demora ante el jefe de la ciudad, Nur al-Din.
Sin embargo, el primer personaje al que fue presentado era un hombre de apenas treinta años, de una delgadez que asustaba, con las mejillas hundidas, la barba corta y unos ojos en los que brillaban las estrellas. Un hombre que parecía ver directamente en el alma y ser capaz de pelarla como una cebolla. Este hombre se llamaba Saladino.
Era el sobrino de Shirkuh el Tuerto y uno de los favoritos de Nur al-Din.
El sultán le apreciaba porque era piadoso, y también porque amaba la paz. No era un bravucón, como tantos de sus súbditos, sino más bien un ser introvertido y dulce, inclinado a la meditación. Un hombre en compañía del cual Nur al-Din se sentía a gusto desde que había fracasado lamentablemente -cinco años atrás- en su intento de apoderarse del Krak de los Caballeros. Hasta este incidente funesto, en el que el mismísimo Diablo había llevado a la derrota a su ejército antes de apoderarse de una de sus babuchas, Nur al-Din se había mostrado en todos los sentidos digno de su padre, el terrible Zengi.