Había atacado sin descanso al reino de Jerusalén, llegando incluso a mordisquearle los tobillos -en Edesa o en Trípoli-, como un perro que retrocede un instante ante la amenaza de un bastonazo, pero vuelve incansablemente a la carga.
Pero desde el incidente del Krak de los Caballeros, el humor del sultán había cambiado. Ya no sentía deseos de luchar, y a menudo pensaba en la célebre fórmula de Aníbaclass="underline" «Consentir en la paz es permanecer árbitro de tu destino; combatir es poner tu suerte en manos de los dioses». Nur al-Din le daba vueltas en la cabeza una y otra vez, y no dejaba de decirse que solo la paz le daba ocasión de acercarse a Dios y de rezarle.
¿Había envejecido? ¿Estaba fatigado? ¿Hastiado?
En cualquier caso, en lugar de permanecer en su palacio para recibir las condolencias de sus súbditos o de las embajadas de los países vecinos, Nur al-Din había preferido retirarse a una de las mezquitas de Damasco. Allí pasaba el día leyendo el Corán y discutiendo acerca de su sentido con su médico particular, el doctor ibn al-Waqqar (de una delgadez aún más inquietante que la de Saladino, porque era más alto que él) y un sabio llegado de Persia, llamado Sohrawardi.
En compañía de estos dos doctos hombres, Nur al-Din recorría los meandros de la palabra divina, saboreando el éxtasis en cada versículo. Sus súbditos no veían con buenos ojos esta actividad, pues la ciencia que consistía en interpretar la palabra divina acercaba cada día un poco más a Nur al-Din a los chiítas, para quienes el Corán tenía un sentido oculto. Palabra a palabra, versículo a versículo, Nur al-Din, Sohrawardi e ibn al-Waqqar avanzaban, como tres exploradores en tierra desconocida, buscando el lugar donde Dios se había ocultado, retirando al texto un velo que los musulmanes ortodoxos -los sunitas- decían que no existía.
Pero Nur al-Din no se preocupaba por eso. Cuando tenía el Libro entre las manos y recorría sus páginas, era el más feliz de los hombres.
– ¡Maestro! Perdonad que os moleste, esplendor del islam, pero aquí hay un visitante que solicita entrevistarse con vos.
Nur al-Din abrió los ojos y vio a su querido Saladino, con la rodilla en tierra ante él.
– Levántate, hijo mío. -Así llamaba a los que amaba-. Dime qué quieres…
– El visitante aquí presente -dijo Saladino señalando a Palamedes, que se encontraba tras él- ha venido desde El Cairo para…
– Acércate -le interrumpió Nur al-Din.
Palamedes se adelantó, inclinó la cabeza y se arrodilló, con las manos abiertas. Ahora se trataba de dar prueba de la mayor humildad. Unos años atrás, su propio padre, Chawar, fue a ver al sultán de Damasco para pedirle, antes de traicionarle, lo mismo que él había ido a buscar hoy. Debía mostrarse arrepentido, humilde, muy humilde. Palamedes se dijo que tal vez no fuera buena idea colmar de riquezas al sultán, ya que este se encontraba, no en la Gran Mezquita de Damasco, sino en una pequeña mezquita, tranquila y noble, situada en medio de un jardín de árboles frutales. El canto de los pájaros, las ramas agitadas por el viento y el rumor de pequeños cursos de agua hacían de muralla a los ruidos de la ciudad. En realidad, aparte de sus palabras y de los sonidos del jardín, se habría dicho que esta humilde mezquita era la morada del silencio.
Palamedes se lanzó súbitamente a los pies de Nur al-Din y exclamó:
– ¡Perdón! Mi padre, el noble y, sin embargo, tan amenazado visir Chawar, os suplica que acudáis en su ayuda. A cambio os envía mi cabeza, que os ruego aceptéis. Aquí está…
Nur al-Din le miró con expresión divertida. ¿Su cabeza? Tal vez sería un bonito trofeo, como la del caballero rubio que, unos años atrás, había enviado como regalo al califa de Bagdad en un soberbio cefalotafio de plata. A menos que la utilizara para uno de esos partidos de polo que disputaba con Saladino y que tanto placer le habían proporcionado en otro tiempo. Pero ya no jugaba. Y lo que necesitaba no era una cabeza, sino paz. Para meditar.
De modo que este individuo le molestaba. Su lengua parecía una horquilla, como la de las serpientes; su piel, curtida como la de los cocodrilos, y sus uñas recordaban las formidables garras de este mismo reptil, cuyas momias habían hecho furor en otro tiempo en Damasco.
– ¿Qué quieres?
– El rey de los francos, Amaury, marcha sobre Egipto. Quinientos hospitalarios le acompañan. Sospechamos que quiere someternos.
– ¿Acaso no lo estáis ya?
– No. En parte solamente… Pero lo fingimos para engañarle mejor, porque nosotros solo aspiramos a una única verdad, que es la del islam…
– Continúa…
– Dos musulmanes pueden tener una visión divergente de una misma situación. Basta con que estas dos visiones respeten igualmente la sharia. Por eso apelo a vuestra grandeza de alma.
Una sombra se movió detrás de Palamedes, que sintió cómo una brisa soplaba en su cuello. Pero se mantuvo callado, sin pestañear. Mientras Nur al-Din no le echara, aún podía ganar la partida. A él correspondía descubrir cómo.
– Vos sois poderoso, y como el dragón en su montaña, no queréis abandonar vuestros territorios. Pero vuestras alas son inmensas. Una de ellas podría, si lo deseáis, alcanzar Egipto, mientras con la otra barreríais el reino de Jerusalén sin que vuestro cuerpo tuviera tan siquiera que moverse.
– No me halagues. Debo recuperar la unidad del mundo árabe. Luego me preocuparé de los francos. En cuanto a vosotros, los fatimíes…
Palamedes sentía una presencia a su espalda, distinta a la de Saladino. ¿Quién podía ser?
– … estamos a vuestro servicio -susurró-. ¡Y os suplicamos que intervengáis, no por mi padre, no por el califa al-Adid, no por el islam, sino por ella!
Sacó de debajo de su manto un cofrecillo de marfil y lo ofreció a Nur al-Din.
Saladino se acercó, cogió el cofrecillo y lo entregó al sultán.
Antes de que lo abriera, Palamedes -seguro de su éxito- se incorporó y trató de mantener una actitud de máxima humildad, porque todo en su ser respiraba, rezumaba, apestaba a avidez, a poder. Estaba a punto de ganar.
«Vamos -se dijo-. Saborea este instante. Tal vez seamos la más débil de todas las facciones, pero ¡qué importa eso! Somos nosotros quienes manipulamos a los demás. ¡De modo que aprovéchalo! Disfruta del modo como aquí el día se tiñe de azul bajo la acción del crepúsculo…» Paseó su mirada por los muros del jardín, donde la luna se entretenía recortando siluetas y formas inhumanas, recuerdos del tenebroso pasado de Damasco. Sin siquiera darse cuenta, había empezado a acariciar con mano distraída el pomo de su espada, y con una voz átona declaró: