Shirkuh, por su parte, permanecía silencioso.
– Por Alá Todopoderoso, tío, ¿me diréis por fin qué os preocupa? ¿Acaso no os sonríe todo?
– Ahora que hemos vencido -dijo Shirkuh retorciendo su canoso bigote-, ya no puedo retroceder.
– Tío, no hemos vencido. Aún queda el último objetivo: ¡Jerusalén!
– Jerusalén, sí, desde luego. Hay que reconquistar Jerusalén, tienes razón.
Parecía que sus papeles se hubieran invertido. Saladino estaba impaciente por lanzarse a la batalla, mientras que Shirkuh parecía cansado. Sus ojos no brillaban cuando pronunciaba el nombre de la tercera ciudad santa del islam. Para él no era un combate importante. A decir verdad, ningún combate era importante, excepto el que consistía en encontrar…
– Mi hija -suspiró Shirkuh.
– ¿Cómo? -dijo Saladino-. Pero si se ha quedado en Homs, en vuestro feudo.
– No, no me refiero a ella. Pensaba en mi otra gacela, esa a la que nunca he visto y que estoy ansioso por conocer. ¿Querrá aceptarme? ¿O me expulsará de su vida, como a un ser indigno y enojoso? ¿Tendrá los dulces ojos de su madre? ¿Sus andares de cierva?
Volvió la mirada hacia el gigantesco incendio que consumía Fustat desde hacía varias semanas y que duraría hasta el final del mes.
– ¿Qué es esto? Se diría… ¡Pero es imposible! Los francos no pueden haber causado tantos destrozos. Por suerte, El Cairo parece indemne.
– Sí -dijo Saladino-. Solo la ciudad vieja ha sido alcanzada por las llamas.
En ese momento, Chawar y su cortejo de regalos llegaron hasta ellos. El visir lucía la mejor de sus sonrisas. Tenía una expresión alegre y jovial, y como una balanza, que siempre está encantada de inclinarse hacia un lado y luego hacia el otro, se frotaba las manos y se preguntaba qué provecho podría sacar de la situación. «Vamos -se decía-. Sobre todo no hay que tener miedo. No hay que temblar. Tienes frente a ti a tus nuevos amos. No les acaricies a contrapelo, susúrrales gentilezas, ¡y procura sacar de ellos el máximo beneficio!»
Cuando llegó cerca de Saladino y de Shirkuh, ronroneó con voz melosa:
– ¡Que la salud os acompañe siempre, oh gloriosos protegidos de los cielos! ¡Oh príncipes de nuestros destinos, oh insignes defensores de la ortodoxia! ¡Oh amados de…!
– ¡Ya basta! -escupió Shirkuh empuñando las riendas de su montura-. ¡No eres más que un miserable gusano modelado con la orina de tu padre! Guárdate tu miel corrompida y dime por qué Fustat está ardiendo.
– ¡Fustat arde -silbó Chawar- para que, a cambio, El Cairo viva!
– ¿Que viva? ¿Hasta tal punto estaba amenazada?
– ¡Por las barbas del Profeta, no sabes hasta qué punto! Pero conseguí expulsar a los francos. Retrocedieron…
– Son hombres sabios. No son como tú, cerdo vil que no tiene más Dios que el dinero. Pero dime, a propósito de Fustat…
– Tesoro de Ala, sé lo que vais a preguntarme. Pero, por desgracia, oh sí, para mi gran desgracia, la respuesta es sí… ¡Para salvar a Egipto, tuve que sacrificarla!
– ¡Carroña inmunda! ¿La has sacrificado? ¿Está muerta? Que la vergüenza caiga sobre ti -dijo Shirkuh llevándose la mano al sable.
– ¿Muerta? Pero noble Shirkuh, ¿de qué estáis hablando?
– ¡De mi hija, hijo de perra!
– ¿Vuestra hija? ¡Yo creí que hablabais de nuestra flota de guerra! Ya debéis de saber que estaba fondeada en Fustat, y…
– Me importan un rábano tus barquitos. Te construiremos diez mil más. ¡Lo que me interesa es mi hija! ¿Debo recordarte que he venido únicamente por ella? ¿O tendré que arrojar a tus pies la cabeza de tu hijo para que recuperes la memoria?
Chawar palideció. No, no lo había olvidado. Evidentemente había tomado medidas y había enviado a varios de sus ofitas al Cofre para que sacaran de él a Guyana después deprender fuego a la ciudad. Por desgracia, le habían dicho que había perecido, quemada como su yegua.
– Señor -silbó Chawar-, no sabéis cómo lo lamento, pero ha muerto…
– ¡Explícate!
– Algunos de mis hombres entraron en el Cofre, por el camino de la Serpiente, una ruta que solo nosotros conocemos y que está protegida por un dragón. Pero al entrar en el jardín donde vuestra hija estaba recluida, solo encontraron su cadáver, junto al de su yegua. ¡«La mujer que no existe» ya no está entre nosotros! Perdón.
Chawar alzó hacia Shirkuh una mirada implorante. A modo de respuesta, se escuchó un silbido metálico, y la cabeza del visir rodó por el suelo.
– Ahora estás perdonado -dijo Shirkuh devolviendo la espada a la vaina.
52
Toda la noche besa la cabellera, y cuando contempla el cabello
se cree el amo del mundo. Amor transforma al sabio en loco,
cuando alguien como Alejandro puede exultar por un cabello.
Chrétien de Troyes,
Cligès
Morgennes se tendió junto a Guyana y le acarició los cabellos.
– ¿Cómo está? -preguntó a Azim.
– No sabría decirlo -respondió este-. Es un caso muy peculiar, que mi ciencia, por desgracia, es incapaz de resolver. Aparentemente no tiene ninguna herida, y sin embargo está sumergida en un profundo coma.
– Entonces, todo lo que queda por hacer es…
– Rezar.
Los dos hombres se arrodillaron junto al lecho donde reposaba la joven y rezaron al estilo copto, con las palmas vueltas hacia el cielo.
Se encontraban en la celda que ocupaba Azim en el monasterio de San Jorge. El edificio debía a su proximidad con el acueducto de Fustat el haber salido relativamente bien librado del terrible incendio que había asolado la ciudad vieja hasta ese mes de febrero de 1169. Durante este tiempo, los coptos de Fustat habían vivido replegados sobre sí mismos, consagrando sus días a la oración, al ayuno y a relevarse junto al acueducto para ir a llenar los cubos, que luego vaciaban sobre el incendio. Al final habían sobrevivido. Y muchos decían que había sido gracias a san Jorge: