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– Ha tomado este monasterio bajo su protección -dijo Azim a Morgennes.

– Es posible -dijo Morgennes, sin apartar los ojos de Guyana-. Igual que nos protegió, a ella y a mí, cuando estábamos en el Cofre.

– ¿Me dirás por fin cómo conseguisteis salir de allí?

Morgennes inspiró profundamente y recordó los acontecimientos de aquellos últimos días como si acabaran de producirse.

– Como sabes, estábamos en el pozo, ocultos bajo el velo sagrado de la Kaaba. Esperábamos a que los ofitas se marcharan. Por desgracia, cuando estos abandonaron el lugar, el incendio se había propagado a todo el jardín y ya no podíamos hacer nada… Excepto esperar. Afortunadamente, gracias a las provisiones que llevaba conmigo, teníamos comida suficiente. Pero el pozo era húmedo. Guyana tiritaba. Tenía frío, sobre todo de noche. Fuera el aire era caliente y seco. A veces las llamas eran tan vivas que iluminaban el pozo como un sol. Yo había cogido a Guyana entre mis brazos para transmitirle mi calor y para protegerla. Me preguntaba cuánto tiempo iba a durar el incendio y cómo íbamos a salir de allí, cuando sentí que algo se movía en mi bolsillo.

– ¿Qué era? -preguntó Azim.

– Esto -dijo Morgennes sacando la draconita de su limosnera.

La depositó cerca de la cabeza de Guyana y prosiguió su relato:

– Ahora no brilla. Solo es una piedra inerte y negra. Pero en el pozo, por una razón que desconozco, se puso a brillar, a calentar. De hecho, emanaba tanto calor de ella que creí que me quemaría. Mis ropas ya empezaban a chamuscarse.

– ¿Por qué reaccionaba de este modo?

– No lo sé.

– Qué extraña piedra… -dijo Azim, acercando la mano a la draconita.

– ¡No la toques! Podría lastimarte…

Azim interrumpió el gesto.

– Esta piedra es como una serpiente -prosiguió Morgennes-. Muerde a los que se acercan a ella, excepto a su propietario. Es decir, yo.

– Interesante -dijo Azim-. Lo mismo se dice de la Piedra Negra de la Kaaba.

– El caso es que en el interior del pozo la piedra se puso a brillar. Y cuando se la mostré a Guyana, ella exclamó: «¡Una draconita!».

– ¿Sabía qué era?

– Era la primera vez que la veía, pero los ofitas le habían hablado de ella. Me contó que se trataba de un poderoso artefacto del que solo existían dos ejemplares en la tierra. Los ofitas poseían uno. Pero un aventurero se lo había robado, mucho antes de mi nacimiento.

– Humm… -dijo Azim-. Realmente interesante. Pero a ti, ¿quién te la dio?

– Mi amigo Chrétien de Troyes, que la había recibido de su padre, que la había recibido del mío.

– ¿Que la había recibido de…?

– No lo sé.

– Sería interesante saberlo -dijo Azim-. Pero todo esto no me aclara cómo conseguisteis escapar.

– Solo quería que supieras cómo habíamos sobrevivido. Porque sin esta piedra, estoy convencido de que Guyana habría sucumbido al frío. Por esta razón precisamente la pongo a su lado -dijo señalando la draconita.

Luego tosió, se acarició el mentón y continuó su relato:

– Al extinguirse el incendio, escalé el pozo llevando a Guyana a la espalda. No fue fácil, pero conseguí llegar al jardín, que había quedado reducido a cenizas. Los árboles se habían consumido por entero, ya solo quedaban los tocones ennegrecidos a ras de tierra. Pero mientras caminábamos por este campo de ruinas, donde las volutas de humo entorpecían la visión, cuál fue nuestra sorpresa al ver que los muros habían caído. En el lugar donde, justo antes del incendio, se levantaban aún las puertas del islam y de la cristiandad, ya no había nada. Solo algunos ladrillos, aquí y allá, atestiguaban que una muralla había cerrado este jardín… Y eso era todo.

– ¡Por los nombres de los apóstoles! -exclamó Azim-. ¿Y el icono?

– Desaparecido, calcinado…

– ¡Por san Jorge, qué gran pérdida!

Morgennes marcó una pausa, y luego terminó su relato:

– Al no tener ya que elegir entre una puerta y la otra, Guyana parecía desconcertada. Me hacía pensar en un pájaro que hubiera vivido siempre en una jaula y que, una vez desaparecidos los barrotes, se diera cuenta de que no sabía volar.

– Pobre niña -murmuró Azim.

Morgennes acarició la mejilla de Guyana y dijo:

– Me gustaría tanto que despertara… Ahora es verdaderamente Ubre.

– ¿Cuándo se desvaneció?

– Justo después de haber franqueado la línea que en otro tiempo marcaba el límite del Cofre. Apenas puso el pie en el otro lado, se desplomó.

– A menudo se dice que no hay nada más arduo de franquear que el umbral.

– Primero pensé que era a causa del hambre. Llevándola en brazos, atravesé una ciudad fantasma, huyendo ante un incendio que seguía haciendo estragos al sur de Fustat. Por suerte, conseguí llegar a vuestro monasterio, que se encontraba más al norte…

Así, Morgennes había entrado con Guyana en el monasterio de San Jorge, donde Azim lo recibió con gran alegría, ya que le creía muerto. Al no haber recibido noticias suyas desde hacía demasiado tiempo, el sacerdote copto había hecho rezar muchas plegarias en nombre de su amigo. Azim pensaba que nunca volvería a ver a Morgennes. Su reencuentro fue conmovedor, y los dos amigos se apresuraron a llevar a Guyana a la celda en la que el viejo copto tenía su jergón. Allí la joven recibió los mejores cuidados. Mientras, Azim le contó a Morgennes lo que había ocurrido en El Cairo, los cambios que había experimentado Egipto, y sobre todo el principal de ellos.

– ¡Los francos han sido expulsados!

– Peste de sarracenos -refunfuñó Morgennes.

– Por suerte -prosiguió Azim-, conseguí acoger a los dos templarios que hacían los oficios de embajadores ante el califa.

– Has hecho bien. ¿Y qué ha sido de Chawar?

– Ha muerto.

– ¿Muerto? ¿Él? ¿Estás seguro? Sería capaz de aliarse con la mismísima muerte y engañarla luego.

– Si vive, es solo bajo la forma de una cabeza cortada que ofreció Shirkuh al califa al-Adid, el cual, en agradecimiento, ha dado a Shirkuh el puesto de Chawar. Debo decir que no es una buena noticia para nosotros, los coptos. Porque nuestros nuevos amos son, sin duda, menos conciliadores con los no musulmanes que los precedentes.

Azim esbozó una mueca de tristeza y luego prosiguió:

– Sin embargo, hay que reconocer que no todo han sido consecuencias negativas. Poco después de la muerte de Chawar, y para asegurarse la benevolencia de la población de El Cairo, Shirkuh la invitó a que saqueara el palacio del visir. Lo que la multitud se apresuró a hacer.