– ¿Y dices que no fue negativo? No veo qué beneficio podéis sacar de eso.
– ¿Beneficio? Helo aquí.
Azim sacó de uno de sus bolsillos una monedita cuadrada. La moneda llevaba en el anverso la pirámide de Keops, con el ojo de Udjat (un viejo símbolo egipcio) grabado en el centro; el reverso estaba ilustrado con el dibujo de un dragón, aunque sin alas, y con esta frase: «Presbyter Johannes. Per Dei gratiam Cosmocrator».
– ¿Por qué está en latín? -preguntó Morgennes.
– Para estimular la imaginación de los cristianos. Pero en realidad, esta moneda constituye la prueba de que la historia del «Preste Juan» era un cuento inventado de cabo a rabo por Chawar y su hijo; hemos encontrado varios cofres en los sótanos de su palacio. Pero eso no es todo…
Morgennes aguzó el oído, impaciente por saber lo que el viejo jefe de los coptos tenía que comunicarle.
– Los templarios han recibido la orden de fomentar una revuelta apoyándose en nosotros y en la guardia de esclavos negros.
– ¿Una orden? ¿De quién?
– De Amaury, evidentemente. El rey de Jerusalén quiere lanzar un último ataque. Dar un gran golpe antes de que sea demasiado tarde. Quiere amputar el miembro gangrenado que está a punto de contaminar a todo Egipto. Y para eso, ha elegido a tres hombres.
– ¿A los templarios? ¿Creía que eran solo dos?
– El tercero eres tú. Y tú tendrás el mando, ha dicho Amaury. Los templarios te obedecerán.
– Muy bien -dijo Morgennes-. ¿Ha dicho Amaury por dónde quería empezar?
– Por matar a Shirkuh.
53
¡Eh! ¡Dios! ¿Es posible expiar este asesinato, este pecado?
¡No, no antes de que todos los ríos se hayan secado y
el mar se haya vaciado!
Chrétien de Troyes,
Lanzarote o El Caballero de la Carreta
Los preparativos del asesinato duraron seis semanas, durante las cuales Morgennes no dejó de hacerse preguntas con respecto a Guyana: «Si le arrebato a su futuro marido, ¿puedo arrebatarle también a su padre?».
Era incapaz de encontrar una respuesta adecuada porque otra cuestión le atormentaba: «¿Y mi rey? Ya le desobedezco al arrebatarle a su futura reina. ¿Puedo desobedecerle de nuevo no obedeciendo su orden?».
Morgennes volvía una y otra vez sobre estas preguntas, hasta el día en el que se dijo: «¡Vamos! ¿Puede llamarse padre a un hombre que ha abandonado a su hija? Shirkuh no es su padre, del mismo modo que Leonor no es su madre. Guyana está sola en el mundo».
«¡Solo me tiene a mí!», se decía mientras acariciaba sus cabellos y velaba por ella, humedeciéndole los labios y dándole de comer algunas cucharadas de sopa. A menudo pasaba la noche a su lado y solo dormía un par de horas. El resto del tiempo le explicaba alguna de las numerosas historias que conocía.
Pero en su fuero interno no podía evitar lamentarse: «¡Ah si pudiera olvidar! ¿Por qué no soy como los demás? ¿Quién se acordaría de que Shirkuh es el padre de Guyana? ¡Nadie! Mi crimen entonces no sería tal. Apenas sería una falta. ¡Esta memoria es una maldición!».
Una noche en la que había acabado de narrarle un cuento, le abrió su corazón.
– ¿Qué debo hacer? ¡Aconséjame!
Pero Guyana estaba en coma. No podía responderle.
– ¿Debo obedecer a mi rey?
Guyana esbozó una sonrisa.
– Es eso, ¿verdad? ¿Tú también quieres que mate a tu padre?
Se acercó a ella hasta sentir su calor y tuvo la alegría de verla sonreír de nuevo. Entonces su espíritu se serenó, y abandonó la celda donde descansaba Guyana convencido de haber tomado la decisión correcta.
«Obedezco a mi rey y no disgusto a Guyana, ya que no le arrebato nada de lo que ya no estuviera privada…»
– ¡Voy a buscar a mis soldados!
Morgennes había dado a Galet el Calvo y a Dodin el Salvaje todo tipo de instrucciones que los dos viejos templarios se habían apresurado a obedecer, con mayor presteza aún porque temían por su vida. Aparentemente habían aprendido a respetar a Morgennes. Al contrario que ellos, este último se había integrado perfectamente a la forma de vida de los egipcios. Algunos días se parecía tanto a un copto -con su piel tostada, sus numerosos tatuajes y su fraseo lento- que era imposible distinguirle de los verdaderos. Su dominio de los diversos dialectos de Egipto, Francia, Oriente, el Cáucaso y Tierra Santa era tan perfecto que podía atribuirse numerosos orígenes. Siempre que se disfrazara bien, Morgennes podía engañar al mundo entero.
«Habrías sido un excelente ofita», se divertía a veces en decir Azim, para pincharle.
Pero Morgennes no solo disfrazaba su apariencia. Había adoptado también la costumbre de prescindir de ciertos sentimientos y de ponerlos -provisionalmente- como en el interior de una bolsita hundida en el fondo, muy en el fondo, de su corazón. Los acontecimientos que le habían llevado, en otro tiempo, a enfrentarse a los dos veteranos del Temple no debían perturbar el buen desarrollo de su misión. Por el momento, no tenía tiempo para dedicarse a esos detalles. «Los detestaré más tarde», se había dicho un día.
Lo más curioso fue que, durante las semanas que siguieron al incendio de Fustat y mientras Guyana permanecía en coma, los tres hombres llegaron casi a establecer lazos de amistad. Estaban haciendo un trabajo excelente. Más viejos que Morgennes, Galet el Calvo y Dodin el Salvaje le narraban sus antiguos hechos de armas, jactándose de tal o cual hazaña que les había valido una generosa recompensa en armas, armaduras o en especies contantes y sonantes.
– Creía que vuestra orden proscribía la posesión de riquezas.
– No las poseemos -aclaraba Galet el Calvo, cuyo rostro estaba surcado por tantas cicatrices como relámpagos cruzan el cielo en una noche tormentosa-. Nos limitamos a entregarlas a nuestra orden, que a su vez está encantada de prestárnoslas.
Al ver que Morgennes reaccionaba a esta declaración con una mueca extraña, Dodin el Salvaje creyó conveniente precisar: