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Por desgracia, cuando un mensajero disfrazado de mendigo abandonó El Cairo para dirigirse a Jerusalén, el azar quiso que su camino se cruzara con el de Taqi ad-Din y el antiguo guardia de corps de Shirkuh, un mameluco llamado Tughril.

– Fíjate -dijo este último a Taqi-. ¿No te parece que este hombre lleva unas sandalias demasiado hermosas para ser un mendigo?

– Tienes razón -respondió Taqi.

– ¡Eh, tú, acércate! -gritó Tughril al mensajero.

Este obedeció, temblando como un azogado. Había cometido un error. Aunque se había preocupado de vestirse con harapos, no había pensado que sus sandalias -totalmente nuevas- llamarían la atención. Y era precisamente allí donde se encontraba oculto el mensaje secreto.

El desgraciado fue conducido al palacio del visir, donde Saladino le ordenó que se descalzara.

– ¿Ocultan algo que yo deba conocer? -le interrogó Saladino, sosteniendo las sandalias en la mano.

– No, mi señor -mintió el mensajero con tanto aplomo como pudo.

Saladino pidió a Taqi que le prestara su puñal y empezó a descoser la suela de las sandalias. Apareció un pergamino. Saladino lo leyó con evidente interés.

– ¡A fe mía que Alá está con nosotros! ¡Porque este plan es excelente!

Se volvió hacia dos de sus guardias y les señaló al insurrecto:

– ¡Que lo descuarticen!

El mensajero cayó de rodillas ante Saladino implorando piedad.

– Muy bien -declaró Saladino-. No salvarás la vida, porque has tratado de ocultarme la verdad, pero como soy bueno, no te impondré un sufrimiento excesivo.

– Gracias, mi señor -clamó el insurrecto besándole los pies.

– Que lo descuarticen con ocho caballos en lugar de con cuatro -ordenó Saladino.

– ¡Piedad, esplendor del islam! ¡Tengo un hijo y una mujer!

– Y yo tenía un tío -replicó Saladino, que empezaba a sospechar que tal vez Shirkuh no había muerto de una indigestión-. ¡Lleváoslo de aquí!

Luego, llevándose aparte a Tughril y a Taqi, les dijo:

– ¡Reunid a vuestros mejores hombres, id a bloquear las salidas de los cuarteles egipcios y prendedles fuego! Cuando los guardias negros sepan que los edificios donde viven sus familias están ardiendo, se apresurarán a acudir. ¡Entonces no tendréis más que cogerlos con nuestros arqueros! ¡Ejecución!

Tughril y Taqi hicieron una reverencia y salieron a preparar la contrainsurrección. Solo en la sala, Saladino pasó revista a los acontecimientos de los últimos meses. ¿El fallecimiento de Shirkuh…?

– Un envenenamiento, sin duda.

¿Y la muerte de la «mujer que no existe»? Se acarició la barbita de chivo que le crecía en el mentón y llamó:

– ¡Guardias!

Dos soldados acudieron.

– Volved a traerme al mensajero. Tengo algunas preguntas que hacerle.

Mientras sometían a tortura al desgraciado copto, los hombres de Saladino incendiaron los cuarteles de las tropas que habían permanecido fieles a al-Adid. Estos cuarteles eran grandes edificaciones de adobe, que una antorcha y varias jarras de nafta convirtieron rápidamente en braseros ardientes. Una oleada de pánico cundió entre las filas de los guardias negros, que volvieron a sus viviendas a toda prisa. Creyendo primero que se trataba de un incendio accidental, no desconfiaron. Pero cuando una de sus cuadrillas cayó por las flechas de los soldados de Damasco, decidieron sublevarse sin esperar a los francos. Los coptos les imitaron. Y luego Morgennes, Galet el Calvo y Dodin el Salvaje.

Sin el apoyo de los francos, era casi imposible triunfar. Sin embargo, gracias a su coraje y a su determinación, los insurrectos habrían podido imponerse si el califa no les hubiera retirado su apoyo en el último momento.

– ¡Ese perro! -exclamó, rabioso, Dodin el Salvaje-. ¡En lugar de ayudarnos, ha hecho que su guardia personal aniquilara a sus propias tropas!

– Para quedar en buen lugar ante Saladino -dijo Morgennes.

La insurrección estaba a un paso del fracaso.

– ¿Qué podemos hacer? -preguntó Galet el Calvo.

– Hay que batirse en retirada. Solos, no tenemos fuerza suficiente para resistir.

– Alguien ha debido hablar, o bien el mensajero se ha dejado atrapar -añadió Dodin.

– Sin Amaury, estamos perdidos.

– Partamos -dijo Morgennes.

Los tres hombres retrocedieron en dirección a Fustat, zigzagueando entre edificios que ya no eran más que hogueras. El calor era tan intenso que enturbiaba el aire. Dodin el Salvaje y Galet el Calvo tenían dificultades para respirar. Este último, el mayor de los templarios, se había quedado atrás.

– ¡Dodin! ¡Morgennes!

Morgennes aflojó el paso. Era la voz de Galet el Calvo. ¿Dónde se había metido?

– ¡Dodin! ¡Morgennes!

Morgennes se volvió hacia Dodin el Salvaje, que corría a su lado.

– Dile a Azim que huya. Yo voy a buscar a Galet.

– Pero…

– No discutas. Es una orden.

Morgennes parecía tan decidido que Dodin salió disparado en dirección al monasterio de San Jorge, donde esperaba el jefe de los insurrectos. Allí encontró a Azim y le dijo:

– ¡Todo está perdido! ¡Hay que escapar!

Manteniendo su sangre fría, Azim declaró:

– No sin Morgennes y Galet.

– Pero el propio Morgennes…

– Marchaos si queréis, pero yo esperaré a Morgennes.

Un crujido atrajo su atención. En el marco de la puerta se dibujaba una forma. Pálida, vestida de blanco como un fantasma. Era Guyana. Viendo la expresión turbada de los dos hombres, preguntó:

– ¿Morgennes está en peligro?

– ¡Por aquí! -gritó Galet el Calvo-. ¡Morgennes, a mí!

El viejo templario se encontraba bajo un muro derrumbado. El fuego estaba tan cerca que sus ropas empezaban a chamuscarse. Morgennes corrió hacia él, y una visión cruzó por su mente. La de un niño vadeando un río helado. ¿Había llegado el momento de las explicaciones? ¿El momento de la revancha?

– ¡Morgennes, sálvame!