Morgennes miró a Galet, y de pronto se sintió incapaz de ayudarle.
– No puedo…
– ¡Ayúdame!
Morgennes tuvo una nueva visión. La de Galet, aún joven, cargando contra su padre y su hermana, con la lanza apuntando hacia delante.
– ¿Por qué?-preguntó Morgennes a Galet.
– ¿Por qué, qué?-susurró el viejo jadeando.
– ¿Por qué mataste a mi hermana y a mis padres?
– Pero ¿de qué estás hablando? ¡Estás loco! ¡Sálvame! ¿No ves que mis calzas se están quemando? ¡Tengo las piernas ardiendo! ¡Piedad, piedad!
Morgennes se arrodilló junto al viejo templario y miró a derecha e izquierda. En torno a ellos las llamas eran tan altas que formaban nuevos muros, incandescentes.
– ¿Por qué debería salvarte precisamente yo? -preguntó Morgennes bajando la cabeza-. No he sido yo quien te ha colocado bajo este muro. Ha sido él. ¿Por qué no le pides que te ayude?
– ¿Él? ¿Quién es él?
– Tu Dios.
– ¿De qué hablas? -sollozó Galet el Calvo, con las mejillas bañadas en lágrimas-. ¿No somos amigos?
– No lo sé -dijo Morgennes adelantando la mano hacia la pierna de Galet, por donde corrían las llamas.
– ¡Y yo que lo había creído!
Morgennes no dijo nada. Abría y cerraba la mano sobre las llamas sin sentir aparentemente ningún dolor, dejando pasar entre sus dedos cuatro Mamitas que parecían las cuatro pequeñas lenguas de una hidra en miniatura.
– ¿Qué sortilegio es este? -resopló Galet.
Entonces comprendió que estaba condenado y le escupió:
– ¡No me equivocaba en el Krak de los Caballeros! ¡Eres el hijo del Diablo! ¡Confiésalo!
– Si para ti el Diablo es un hombre apacible, entregado a su trabajo, a su mujer y a sus dos hijos, entonces sí, el Diablo es mi padre. Y puedes estar contento, porque fuiste tú quien lo mataste, tú y otros cuatro caballeros.
– Pero ¿de qué hablas? ¡Creí que sentías rencor hacia mí a causa de la babucha de Nur al-Din! ¡Cógela! ¡Es tuya! ¡Te la doy!
– ¿Aún no lo entiendes?
– ¡No! -exclamó Galet en su agonía.
– ¿Recuerdas a cinco caballeros que en otro tiempo atacaron a una pobre mujer que vivía apartada del mundo con su marido herrero, su hija y su hijo?
– ¿De modo que eras tú?
– Éramos nosotros.
– Entonces moriré. Porque, sí, pequé. Pero te pido que me perdones, Morgennes. Porque lo que hice, lo hice por Dios.
– Que ahora te lo paga.
– ¡Era joven, Morgennes! Creía hacer el bien. ¡Castigar a un traidor que había tenido la audacia de renegar de su fe para emparejarse con una perra judía!
Se escuchó un crujido más ensordecedor que los anteriores. Cayeron piedras al suelo. Una lluvia de pez se pegó a las ropas de Morgennes y de Galet, chisporroteando sobre los cascos, los yelmos, perforando la carne de Galet, pero dejando casi indemne la de Morgennes.
– ¡Perdóname!
– No puedo -dijo Morgennes-. ¿Crees que he olvidado? No he olvidado nada, el dolor es tan vivo como entonces.
Un haz de chispas le salpicó el rostro, causándole -por primera vez en su vida- una profunda quemadura. Se llevó la mano a la cara y sintió algo pegajoso. ¿Su carne?
– Pide a Dios que te perdone, Galet. Yo no tengo ese poder.
Galet el Calvo había cerrado los ojos. Esperaba la muerte. Luego, al ver que Morgennes se levantaba y se alejaba de él, murmuró entre estertores:
– Te perdono. Que Dios pueda perdonarte también.
Morgennes se marchó corriendo. En torno a él todo ardía. Los seres y las cosas, los animales, los vegetales. Pero, en su cabeza y en su alma, era invierno y él corría por el bosque.
Estaba impaciente por llegar al río.
55
No habían pasado tres meses cuando Soredamour recibió en su
seno la simiente de hombre, que fructificó hasta su término.
Chrétien de Troyes,
Cligès
El Nilo es una serpiente.
Un inmenso dragón cuya cabeza está en Alejandría y la cola, en lo desconocido. Porque a su cola corresponde la fuente del Nilo, que nunca ha sido descubierta.
– Si hay que creer al Génesis -dijo Morgennes a Guyana, encendiendo una vela en la cabina del falucho en el que navegaban desde que habían huido de El Cairo-, el Nilo sería uno de los cuatro brazos del inmenso río creado por Dios para regar el Paraíso.
Se volvió hacia Guyana, le pasó la mano por los cabellos y la atrajo dulcemente hacia sí.
– Pero es solo una hipótesis. Para los ofitas, el Nilo es la Serpiente que en otro tiempo tentó a Eva. Un Dios al que conviene adorar, ya que al ofrecer el saber a la humanidad, la liberó de la esclavitud.
– Para mí, el Nilo es nuestro amor -murmuró Guyana.
– Para mí también -dijo Morgennes.
El falucho se deslizaba ahora, desde hacía varios días, hacia el sur, hacia la ciudad de Cocodrilópolis -actualmente llamada Abu Simbel-, donde los ofitas habían tenido su base en tiempos remotos.
– ¿No es peligroso ir allí? -preguntó Guyana, mirando cómo la luz de la luna caía como una lluvia de oro sobre las aguas centelleantes del río.
– Según Azim, no. Porque ya no quedan ofitas en Cocodrilópolis desde que Egipto fue conquistado por los árabes, es decir, desde hace cinco siglos. La ciudad está en manos de los chiítas, que siguen resistiendo a Saladino. Desde allí podremos reemprender la lucha.
Guyana no hizo ningún comentario. Pero para ella aquella lucha era vana. Posó la mano sobre la draconita que se encontraba a su lado y dijo a Morgennes:
– La he mirado bien, y la encuentro cada vez más extraña.
– ¿Por qué?
– En su interior he visto una especie de renacuajo, como un dragón en miniatura, sin las alas…
Morgennes cogió la piedra y la observó. Efectivamente, en ella se movía una forma, mezcla de blanco, gris, negro y oro, pero de ahí a ver un renacuajo…