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– Lo siento, pero no veo nada.

Guyana sonrió y añadió:

– No es eso lo más extraño. Lo más extraño es esto.

Hizo girar la piedra en sus manos, bajo los ojos de Morgennes. Pero él seguía viendo la misma forma, como si la piedra no se hubiera movido.

– Lo sé, efectivamente es muy extraño -dijo Morgennes-. Por más que la gires una y otra vez en todos los sentidos, siempre se ve lo mismo.

– Las leyes de nuestro mundo no cuentan para ella.

– ¿Y tú? ¿Qué ves?

Guyana hundió su mirada en la de Morgennes y le dijo:

– A una magnífica niña.

Morgennes se quedó sin aliento.

– Y si te pidiera en matrimonio, ¿aceptarías?

– ¿Me lo pides?

En ese momento llamaron a la puerta, y Azim les dijo:

– Hemos llegado. Preparaos para desembarcar.

Unos instantes más tarde, un puñado de ex insurrectos agotados llegaron al puerto, medio en ruinas, de Cocodrilópolis. El cielo era de color malva y la luna de un tono cremoso. Guyana miró alrededor, sujetó la orla de su vestido con una mano y le dio la otra a Morgennes, que la ayudó a poner pie a tierra. Sus pasos resonaron tristemente sobre los bloques de piedra agrietados del pontón, donde estaban pudriéndose algunas barcas de caña.

– No me gusta este lugar -dijo Guyana-. Está demasiado tranquilo.

– La calma que precede a la tempestad -dijo Azim acercándose, con una cuerda en la mano.

Después de atar la cuerda a un poste, abrió los brazos y declaró:

– Sabed, amigos míos, que aquí empieza y termina todo. Estamos en el punto de confluencia de los dos Egiptos, el bajo y el alto. Aquí se entrelazan los misterios y todo puede bascular. De modo que prestad atención. Antiguos dioses nos observan.

Como para apoyar sus palabras, los gritos de las grullas resonaron en el aire.

Dodin el Salvaje desembarcó a su vez, con el único acólito de Azim que había escapado a la matanza. Los dos hombres llevaban una silla, sobre la que iba sentada la mujer de Azim.

– No la dejéis caer -dijo el viejo copto.

– No os preocupéis -replicó el acólito.

Dodin, por su parte, no dijo nada. No había abierto la boca durante todo el viaje, y seguía lamentando la pérdida de su viejo amigo, Galet el Calvo. Galet, del que había sido escudero. Galet, que le había armado caballero. Galet, que ya no estaba con él.

«¡Vengaré tu muerte!»

De vez en cuando acariciaba el mango de su corta daga -esa misericordia encontrada en Francia que había sido su primer trofeo-. Morgennes a menudo le había preguntado por ella: «¿De dónde procede? ¿Quién te la dio? ¿Fue un niño? ¿Una niña…?».

Dodin siempre había evitado responderle. Incluso cuando su relación había mejorado. Porque en las preguntas de Morgennes había algo que no podía definir, una forma de insistir que le daba escalofríos. La misma sensación que había sentido un día cuando una serpiente le había rozado el pie. Y Dodin detestaba a las serpientes y a todo lo que se les parecía. Incluidos los cocodrilos. Por eso no tenía ningunas ganas de permanecer en Cocodrilópolis, por más que se hubiera convertido en Abu Simbel y estuviera habitada por gente normal.

Después de haber dejado a la mujer de Azim en la orilla, volvió la mirada hacia la vaga línea verde que bordeaba el acantilado, un poco más al sur, marcando el inicio de la jungla y de los territorios desconocidos.

– Busquemos con qué abastecernos -dijo-. Y luego larguémonos a lomos de camello hacia el mar Rojo. Después remontaremos hacia Aqaba, y de allí hacia el Pontus Euxinus y luego a Jerusalén. No debemos permanecer aquí. Egipto y todos sus dioses, antiguos y nuevos, sus faraones, sus animales, se nos echarán encima.

– Sobre todo es Saladino quien podría echársenos encima -dijo Azim-. Según mis informaciones, ha enviado una decena de faluchos en nuestra persecución.

– Razón de más para que no prolonguemos nuestra estancia aquí -añadió Dodin.

Desde su huida precipitada de El Cairo, sus cabellos se habían vuelto totalmente blancos. Su mirada, su boca, que en otro tiempo daban a su rostro una expresión sumamente cruel, parecían ahora marcadas por el agotamiento más que por el odio. Dodin el Salvaje se había convertido en Dodin el Fatigado. El derrengado. Estaba tan cansado que, como solía decir: «Ni siquiera sentado me tengo en pie». Dodin no era nada sin Galet. El templario no quería dar vueltas a la pregunta -no ahora-, pero sabía que un día u otro tendría que responder a ella: «¿Qué pasó en El Cairo entre Morgennes y Galet? ¿Cómo murió Galet?».

Después de que los hombres hubieran abandonado el falucho, les tocó el turno a los monos. Durante el viaje, los animales se habían relevado en la popa, en la proa y en la punta del mástil para desempeñar el papel de vigías, con una mano sobre los ojos, escrutando el horizonte para dar la señal de alerta en caso de peligro.

Pero no había habido ningún peligro. Apenas una vaga presencia de cocodrilos aquí o allá, pero nada demasiado inquietante.

Una vez en tierra, Frontín se puso a bailar saltando de un muelle a otro, trepando al hombro de Azim, volviendo a bajar, tirándole del manto, corriendo a ver a Morgennes, escupiéndole al oído entre chillidos.

– ¡Lo siento, Frontín, pero no hablo tu lengua!

Azim rió. Guyana les miró, afligida.

– Se diría que trata de decirnos algo.

– Si Gargano estuviera aquí, nos diría qué. Porque pretendía conocer el lenguaje de los animales -añadió Morgennes.

Al oír el nombre de Gargano, Frontín dio unas palmadas e hizo una pirueta.

– Gargano -repitió Morgennes.

Frontín corrió en todas direcciones, más excitado que nunca. Arengó a los demás monos, que sujetaron a Morgennes por las calzas, para invitarle a seguirlos. Morgennes abrió los brazos y dijo:

– ¡Está bien, está bien! ¡Os sigo!

Dejándose guiar por los monos, atravesó una ciudad sorprendentemente desierta y llegó al pie de una enorme escalinata. Bordeada de estatuas de dioses con cabeza de cocodrilo, la escalera ascendía hacia una catarata que hacía de frontera entre la ciudad y la jungla. Los escalones eran tan antiguos que probablemente databan de la época heroica en la que los faraones iban a descansar a Cocodrilópolis. Pero un detalle intrigaba a Morgennes. Virutas de madera aparecían esparcidas aquí y allá sobre las losas gigantes. ¿Qué era aquello? Cogió una entre los dedos y la reconoció enseguida.

– ¡Madera de gofer!