Выбрать главу

Entonces él volvería.

Mientras tanto caminaba entre la espesura con Dodin. Este último también estaba de un humor sombrío. Mientras se abrían paso entre la maraña de lianas y de ramas que obstaculizaban su avance, Dodin preguntó:

– ¿Por qué no me has matado?

– ¿Debería haberlo hecho?

Dodin le dirigió una mirada aviesa.

– Es culpa mía que Guyana te haya abandonado.

– Y debo darte las gracias por ello. Es lo que quería. De todos modos iba a decirle la verdad.

Morgennes apartó una rama, que se dobló y luego se partió ante él.

– No fue un accidente, ¿verdad? -prosiguió Dodin atacando con su espada una liana tan gruesa como el tronco de un árbol-. ¿Encontraste a Galet y le dejaste morir en medio de las llamas?

Morgennes no le respondió. El aire era húmedo y cálido. Diversas sustancias se aglutinaban en él, haciendo penoso el simple hecho de respirar. Morgennes y Dodin no podían evitar tragar mosquitos, incluso por la nariz.

– Eres un mentiroso y un traidor -balbució Dodin-. Incapaz de ser fiel a nada ni a nadie. Traicionaste a Amaury, robándole a su futura mujer. Luego mentiste a Guyana sobre su padre. Y después dejaste morir a un anciano, un amigo, en medio de las llamas. Dime, ¿por qué no me has traicionado?

Morgennes se acercó a Dodin, le sujetó del brazo y se lo torció hasta hacerle soltar la espada. Luego la cogió y la abatió contra la gruesa liana que Dodin intentaba cortar; la partió de un tajo. Finalmente se desembarazó de su cadena, refunfuñando:

– Aquí no me sirve de nada. Conserva tu lanza, yo cogeré tu espada.

– Aún no me has respondido -dijo Dodin secándose la frente con la manga-. ¿Por qué no me has matado?

Morgennes se detuvo y se volvió hacia Dodin.

El desgraciado parecía un miserable insecto, un guiñapo a punto de ser triturado, aplastado. Se diría que estaba esperando el golpe fatal. ¿Quería morir?

– ¿No lo has comprendido aún? -le preguntó Morgennes.

– No, sigo sin comprenderlo. Y yo también soy como tú. Necesito saber.

Dodin, con la cabeza rodeada de una nube de mosquitos, tenía los ojos rojos, bordeados por grandes cercos negros, y su camisa estaba empapada de sudor.

– Al igual que no maté a Galet -dijo Morgennes-, no te mataré a ti. Pero si se me presentara la oportunidad de salvarte, no lo haría. Tu Dios se encargará de eso.

– ¡Estás loco! Creía que éramos amigos. ¿Aún me guardas rencor por la babucha que te cogí en el Krak de los Caballeros? ¡Creía que era una historia olvidada!

– ¿Olvidada? Eso es fácil de decir. De todos modos no se trata de eso.

– Entonces, ¿de qué?

Mientras Dodin le escuchaba con los ojos muy abiertos, Morgennes se lo contó todo: su infancia, la llegada del invierno y de los cinco caballeros, la travesía del río helado, y luego la muerte de su padre y de su hermana. Al acabar el relato, estaba tan sudoroso como Dodin. Este último había escuchado con atención, y cuando Morgennes hubo acabado, exclamó:

– ¡Hace tanto tiempo de esto! Casi lo había olvidado. Pero sí, es cierto. Estaba allí, lo confieso.

Parecía cansado, abatido, y ni siquiera trataba de espantar a los mosquitos que le atacaban.

– Queda tan lejos -continuó-. Hará unos treinta años. Hacia 1146. Mis camaradas y yo nos dirigíamos a Tierra Santa, para combatir al lado de Luis VII. Sagremor el Insumiso, Galet, Jaufré Rudel, Reinaldo de Châtillon y yo mismo.

– ¿Sagremor el Insumiso, el Caballero Bermejo, estaba con vosotros?

Dodin inclinó la cabeza, mirándose los pies, ocultos por las altas hierbas.

– ¿Y Jaufré Rudel, el trovador?

– Sí. Pero este último descubrió, una vez llegado a Tierra Santa, que estaba más dotado para rimar y amar que para combatir. Por eso lo recluíamos: ¡para que cantara nuestras alabanzas! Volvió rápidamente a Francia, donde, según me han dicho, se convirtió en trovador.

– En efecto -dijo Morgennes, que recordaba muy bien a Jaufré Rudel, con quien se había cruzado en Arras-. Pero ¿quién es Reinaldo de Chátillon?

– Era nuestro jefe. En esa época acababa de entrar en el Temple y llevaba su uniforme. Luego le expulsaron.

Comprendiendo que ese era el hombre a quien de niño había tomado por Dios, con su armadura resplandeciente y su capa adornada con una cruz, Morgennes preguntó:

– ¿Dónde puedo encontrarle?

– Con los mahometanos. Le tienen prisionero desde hace casi veinte años, en sus calabozos de Alepo. No sé si le liberarán algún día. Lo detestan. Por otra parte, todo el mundo le odia. Con el tiempo, incluso Galet y yo acabamos por aborrecerle. Es un loco. Un fanático peligroso, ávido de gloria y de riquezas. Fue él quien tuvo la idea de aniquilar a los tuyos. ¡Compréndeme, tu padre vivía en el mayor de los pecados, con una judía! En la región era un hecho conocido. Antes de encontrarla, tu padre era famoso por su fe. Era un gran caballero. Tu madre debió de embrujarlo.

– ¿De modo que era noble? -inquirió Morgennes.

– Sí. En fin, de la pequeña nobleza. Pero renunció a todo. A su nombre y su rango, a sus títulos, honores y riquezas, para comprometerse con esa mujer. ¡Era una bruja, te digo! Nos había humillado.

– Yo no veo las cosas de este modo -dijo Morgennes, aplastando algunos mosquitos contra su cara.

– No, yo ahora tampoco -dijo Dodin-. Ahora ya no. Pero entonces era joven. Acababa de ser armado caballero. La vida me abría los brazos, y creía que, purificando la Gaste Forêt de la única judía que vivía allí, hacía una buena obra. Perdón, Morgennes. Perdón. Todo lo que puedo decirte, si es que eso puede ayudarte, es que tu madre probablemente se encuentre todavía con vida.

– Dime lo que sabes.

– Reinaldo de Châtillon la secuestró y la llevó a la fuerza, con nosotros, a Tierra Santa. Supongo que seguirá allí, en alguna parte. Hace años que no he oído hablar de ella. Lo último que supe es que había vuelto con su familia.

– ¿A Tierra Santa?

– No, no exactamente. A Arabia. Pues ella descendía de una antigua tribu judía establecida en las inmediaciones de Medina. Es todo lo que sé. Ahora, si quieres matarme, hazlo. No me defenderé.

– Te lo he dicho. No seré yo quien te mate.

Morgennes continuó su ruta, lanzando poderosos golpes con su espada para abrirse camino a través de la jungla, por donde había pasado lo que parecía ser un navío gigantesco. Aquí y allá aparecían árboles derribados, y aún podían verse restos de cordajes y de rodillos de madera, que probablemente habían servido para hacer avanzar el Arca. Pero el bosque ya lo había recubierto casi todo, y los rastros no habrían sido fáciles de seguir para alguien menos experimentado que Morgennes. «¡Qué proyecto de locos! -pensó-. Pero ¿qué buscaban en esta terra incognita? ¿El Paraíso?»