Luego recordó súbitamente que era ella la que había partido. Debería haberla retenido. Sujetarla del brazo y decirle: «No te vayas. Perdón. Perdóname. No sé qué ocurrió. Si lo hubiera sabido, no habría actuado así. Iba a confesártelo todo, pero no tuve tiempo. ¡Iba a decírtelo todo!».
Por momentos, en su delirio, tenía la impresión de que eso era lo que había hecho. Le había hablado, la había estrechado entre sus brazos y se lo había explicado todo. Al principio había sido difícil, pero ella había acabado por escucharle. Y al final le había perdonado. Apretándola contra sí, le había acariciado los cabellos mientras le decía: «Vuelve a tu casa. Vuelve con los tuyos. Ve a Francia, ve a ver a Chrétien de Troyes, es mi mejor amigo. Espérame en su casa. Cuida de nuestro hijo. ¡Volveré en cuanto pueda!».
Realmente era lo que recordaba haberle dicho.
Después de haber caminado durante una eternidad, Morgennes llegó a un vasto claro pantanoso. Los Pantanos de la Memoria, llamados también Lago Negro, a causa del tono lustroso de sus aguas, que eran negras como el carbón y donde nada, ni siquiera las estrellas, se reflejaba. Aquí y allá, un ruido de chapoteo delataba la presencia de cocodrilos. Sus cuerpos se fundían tan bien con el fango que era casi imposible distinguirlos. ¿Qué tamaño debían de tener? Era difícil saberlo. Pero el último que Morgennes y Dodin habían visto, había abierto tanto la boca como para tragarse un caballo.
Además de cocodrilos, el lugar era un hormiguero de serpientes, que se deslizaban silenciosamente por la superficie del agua. Una de ellas se acercó a Morgennes y pasó por encima de su bota. Extrañamente, no tuvo miedo. Sabía que esta serpiente no le haría ningún daño, igual que sabía que los cocodrilos le dejarían tranquilo.
¿Tal vez era a causa de la música? ¿Tendría el poder de adormecer a los reptiles? ¿De arrebatarles cualquier deseo de atacar? Pero no, Morgennes se engañaba. Porque aquí y allá se veían osamentas. A juzgar por su estado, algunas debían de estar ahí desde hacía siglos. Huesos medio roídos, abandonados; islotes formados por un montón de esqueletos, desorden de cajas torácicas y caos de cráneos con las órbitas vaciadas. Era imposible dar un paso en estos pantanos sin hacer crujir un hueso bajo la suela. Este siniestro espectáculo le recordó confusamente a otro, en el patio de un palacio, en Jerusalén. De aquello hacía mucho, mucho tiempo. Un rey celebraba su coronación. Y una compañía de teatro había llegado en el momento justo para representar una obra que narraba… ¡el combate de un caballero contra un dragón! Ahora Morgennes estaba seguro: estos pantanos, el Lago Negro, ocultaban una gruta donde vivía un dragón. Llevándose la mano al costado, sujetó la pequeña espada que había arrebatado a Dodin y se preparó para el combate.
Pero aquel no era momento para combatir. Por otra parte, la música seguía sonando, cada vez con mayor claridad. Tratando de orientarse en ese laberinto sin pasadizos, Morgennes distinguió unas ramas de árbol que sobresalían del agua como si fuesen brazos pidiendo socorro. El Arca no debía de estar muy lejos; estaba convencido. Decenas de luces blancas se encendieron en torno a él. No sabía si estaban cerca o lejos, si eran pequeñas o grandes, pero eran muchas. Flotaban en el aire sin hacer ruido. Curiosamente, esto le llenó de felicidad. Notó una presencia reconfortante, y recordó a su madre, había salido a la puerta de su pequeña vivienda y le llamaba: «¡Morgennes, ven a comer!».
También llamaba a su hermana, pero sin nombrarla.
Por cierto, ¿cómo se llamaba? Morgennes buscó en vano en su memoria; no lo recordaba. También había olvidado los nombres de sus padres. Pero veía perfectamente a su madre, sus largos cabellos recogidos en una trenza que colgaba sobre su espalda, su delantal inmaculado y sus manos dulces y finas, que no eran manos de campesina.
Su padre, con el martillo al hombro, volvía de la forja. Los «¡clang!, ¡clang!, ¡clang!» y los «¡ting!, ¡ting!, ¡ting!» habían enmudecido, y solo quedaba el zumbido del hogar, que su padre mantenía constantemente encendido.
Nunca lo había apagado. Sin que importara la cantidad de madera que tuviera que introducir en él, nunca permitía que el fuego se extinguiera. Morgennes esbozó una sonrisa: «¿Qué tenía ese fuego que fuera tan particular? ¿Por qué era tan valioso?».
De pronto oyó una voz. Era su hermana, que le llamaba:
– ¡Morgennes!
Miró a derecha e izquierda y preguntó:
– ¿Dónde estás?
Pero no había nadie. Debía de ser un fantasma.
Entonces, desesperado, se puso a silbar la dulce melodía del órgano, lo que le dio nuevas fuerzas. Revigorizado, continuó su camino en dirección al Arca.
Unas sombras se dibujaron ante él.
Varios hombres y mujeres de piel oscura, que oscilaba entre el bronce y el negro, estaban agachados en el agua, con la cabeza baja, en medio de las sanguijuelas. Le recordaron a los adeptos de la secta de los ofitas, a esos centenares de personas que habían adorado a la Serpiente bajo la mirada de Morgennes en el templo de Apopis. Tenía la sensación de que aquello había sucedido en otra vida. ¿Habían acudido aquellos hombres en busca de la Cola de la Serpiente?
Morgennes caminó entre ellos, tratando de cruzar su mirada con la suya. Pero sus ojos estaban vacíos. Las lucecitas se movían sobre sus cabezas, iluminándolos un breve instante para devolverlos enseguida a la sombra. Aunque no eran luces, no. Eran…
Atrapó una, cerró el puño e inclinó la cabeza para observarla. Era una pequeña mariposa blanca. Muerta, aparentemente. Morgennes le sopló encima. Entonces la mariposa se agitó suavemente, se volvió negra, y luego emprendió el vuelo, sembrando a su estela finas nubecillas de un polvo negro y blanco que parpadeaba extrañamente. Morgennes se dio cuenta de que las luces palpitaban al ritmo de la música de órgano, que seguía sonando, cada vez más cerca de él. Tontamente, sin saber por qué, llamó:
– ¿Dodin?
– ¡Por aquí! -le respondió una voz aflautada.
No era su hermana, sino una voz que conocía… ¿La de Nicéforo?
– ¿Nicéforo? -llamó Morgennes.
– ¿Morgennes? ¡Por aquí!
Morgennes corrió, luego tropezó con un cuerpo y cayó cuan largo era sobre el fangal, donde se le hundió la cara. Aunque había abierto la boca para gritar, no pudo proferir ningún sonido; pero lo que vio le horrorizó: cinco caballeros, uno de los cuales llevaba una gran cruz roja sobre su túnica blanca, perseguían a un hombre, a su hija y a su hijo pequeño. El hombre era su padre. La hija, su hermana. Y el niño…
Morgennes agitó las manos, trató de gritar de nuevo, pero solo consiguió tragar más fango. Iba a morir. Todo le oprimía. Se ahogaba.
Sus piernas ya no eran las suyas, sus brazos ya no le pertenecían. Su cabeza, apenas. Su campo de visión se reducía peligrosamente, y sintió una mano fría que le apretaba el corazón, una mano que decía: «¡Te llevaré al Otro Mundo!».