En ese momento, una luz brilló en las profundidades del pantano. Una luz que se manifestó primero bajo la forma de una mano que le acarició la parte baja del rostro. Esa mano era dulce y decía: «¡Vive! ¡Vive, hermano mío! ¡Te amo, ve!».
Morgennes tendió los brazos hacia delante, tratando de sujetarla. ¿A quién pertenecía?
Apareció un rostro. El de su hermana.
Al principio parecía hacer melindres, entrelazando los dedos ante el vestido, pero luego se echó a reír, como hacía tan a menudo cuando había hecho una tontería, y exclamó:
– ¿No me reconoces? ¿No dices nada?
– Sí. ¿Qué haces aquí?
– Este es el Reino de los Muertos, y aquí es donde vivo.
Era translúcida, y a través de su cuerpo Morgennes veía el fango de los pantanos.
– Pero…
– Siempre te he amado. Por desgracia, la vida no quiso que naciéramos los dos, y yo morí para dejarte vivir. Soy la hermana gemela que deberías haber tenido.
– ¿Mi hermanita gemela? ¡Habría dado mi vida por ti!
– Lo sé.
– Perdón -le dijo Morgennes-. ¡Me habría gustado tanto que vivieras!
– ¡Pero viví! Porque Dios me permitió volver. Se apiadó de tu sufrimiento y del de nuestros padres. Nos permitió estar juntos. La niña que tuvieron después, tu hermanita, ¡era yo!
Acarició fugazmente la cruz de bronce que Morgennes llevaba sobre el corazón.
– ¡Estoy delirando! ¿O estoy muerto yo también? -preguntó Morgennes acercándose a su hermana.
– No. Pero ahora ha llegado para ti el momento de olvidar. ¡Ha llegado el momento de que vivas!
– ¡No sin ti!
– ¡Que los muertos permanezcan con los muertos, y los vivos con los vivos! -dijo ella en tono cortante, con el índice levantado en un gesto imperioso.
Luego le rechazó, empujándole con las dos manos hacia la superficie del pantano, y le dijo:
– ¡Corre, Morgennes, corre!
Morgennes sacó fuerzas de flaqueza, tensó sus músculos y lanzó un grito:
– ¡Vivir!
Y el niño que había corrido en otro tiempo al otro lado del río, corrió de nuevo para salvar la piel. Morgennes sintió que tiraban de él hacia lo alto. Se abandonó, se dejó hacer, y luego empujó con los pies, empujó con sus piernas y con todo su cuerpo; de pronto sus fuerzas volvían. Morgennes renacía.
Escupiendo, tosiendo, expectorando, levantó la cabeza y vio a Gargano inclinado sobre él. El gigante le había sacado del cenagal. Luego lo cogió en brazos y lo llevó, chorreando fango, al campamento del Dragón Blanco.
Morgennes cerró los ojos. ¿No era todo perfecto? ¿No se había resuelto todo por fin?
El crepitar de un fuego de ramitas le despertó. Sobreponiéndose a su sopor, abrió los ojos y vio a Gargano, que estaba asando un avestruz, mientras Nicéforo tocaba el órgano. El instrumento se encontraba en un estado lamentable y cubierto de limo.
Morgennes buscó el Arca con la mirada. ¡Ahí estaba, casi al alcance de la mano! Era una maravilla de proporciones majestuosas, aún más enorme que la catedral más alta. Morgennes tenía la impresión de encontrarse al pie de una montaña. Y de pronto lo recordó. La montaña que había escalado unos años atrás era, sin duda, el Ararat, el monte en cuya cima debería de encontrarse el Arca. Pero en el momento en el que Morgennes se había acercado, el Arca había desaparecido de allí; porque, realizando una proeza digna de los constructores de las pirámides, centenares de individuos la habían arrancado del lugar donde había embarrancado.
– Necesitaré tiempo para comprender lo que me ha sucedido. Pero creo que he visto un fantasma… El mismo fantasma que asustó tanto a Chrétien en Arras.
Sin dejar de dar vueltas al espetón, y mientras Nicéforo seguía arrancando al órgano algunos dulces lamentos, Gargano declaró:
– ¡Benditos sean los caminos que te han conducido hasta nosotros!
– Precisamente os estaba buscando… -dijo Morgennes, pasándose la mano por la mejilla.
– ¡Y hemos sido nosotros los que te hemos encontrado! -exclamó Nicéforo.
– ¿Cómo lo conseguisteis?
– Las mariposas nos mostraron el camino.
– Hablaremos más tarde, la carne ya está asada. Pronto podremos comer -dijo Gargano, relamiéndose.
– ¿Y tú -inquirió Nicéforo desde el taburete de su órgano-, cómo nos has encontrado?
– Vuestro rastro no era difícil de seguir, y el destino me había llevado hacia el sur de Egipto. ¡Sumad ambas cosas, y aquí estoy!
Nicéforo sonrió; luego volvió una de las páginas de su partitura y siguió tocando.
– Estas mariposas son realmente extraordinarias -dijo Gargano, señalando a una de ellas con la punta de su cuchillo-. Se alimentan de las setas que crecen en los árboles. Son uita verna, una especie muy particular que, según dicen, proporciona la inmortalidad a quien las consume. Pero no es cierto. En realidad provocan una muerte instantánea. La eternidad que proporcionan es la del último reposo.
Nicéforo tocó unos acordes disonantes, que turbaron a Morgennes.
– ¿Qué haces? ¿No sigues tocando? -preguntó.
– Perdón, tenía la cabeza en otra parte. Hace días y días que mis dedos corren por las teclas, y ya no puedo más.
– Os relevaré -propuso Gargano.
– No. Come. Has tocado cinco días y cinco noches seguidos. Ahora soy yo quien debe tomar el relevo. Además ¡ya estoy harto de este manto!
Con un gesto brusco, Nicéforo levantó la capucha que le caía sobre el rostro. Y Morgennes vio entonces que Nicéforo no era un hombre, sino una magnífica joven de rasgos soberbiamente dibujados -bizantinos, para ser precisos.
– ¡Por san Jorge! ¡Tendréis que explicarme esto!
– No te preocupes -replicó Gargano, mientras daba un buen bocado a un muslo de avestruz-. Es lo que haremos. Pero antes tenemos que abandonar este lugar, este Reino de los Muertos. ¡Por eso tu llegada no podía ser más oportuna!
59
Y por eso toda emperatriz, por elevado que sea su origen,
está recluida en Constantinopla como una prisionera.
Chrétien de Troyes,