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Cligès

Nicéforo desprendió de sus cabellos el largo broche de oro cuajado de diamantes que los mantenía sujetos. Sacudió la cabeza para desenredarlos y los dejó caer sobre sus hombros. Sedosos y brillantes, eran tan hermosos como los cabellos de una princesa. Y en realidad eso eran. Porque Nicéforo no se llamaba Nicéforo, sino María Comneno.

– Soy la sobrina nieta del basileo de Constantinopla -le confió a Morgennes-. Mi tío abuelo se llama Manuel Comneno. Es el hombre más poderoso de la ecúmene.

– Le conozco -dijo Morgennes.

María asintió con la cabeza y le dirigió una dulce sonrisa.

– Lo sé -susurró-. Estaba al corriente de todo. Antes, antes…

– ¿Antes de qué? -preguntó Morgennes.

María Comneno se levantó y con un amplio gesto señaló a la vez el Arca, los pantanos y el órgano que había dejado de tocar.

– ¡De todo esto! Debes saber, querido Morgennes, que desde muy pequeña solo he tenido una obsesión: ser libre. Siempre me he negado a ser rehén de la vida política, un regalo más valioso que los demás, destinada a sellar la amistad de los poderosos. Además, al contrario que mis hermanas y primas, no soportaría permanecer encerrada en un gineceo. Pero aparte de un matrimonio concertado, solo mi tío tenía el poder de hacerme salir de él. Y así, gracias al emperador, después de haber jurado que siempre iría disfrazada, pude saborear el placer de los viajes y de la aventura. Por eso quería mostrarle mi agradecimiento ofreciéndole su más anhelado sueño: ¡un dragón! Sí, concebí el loco proyecto de capturar a una criatura que se remonta a la noche de los tiempos, para que la añadiera a su colección privada y fuera su más hermoso ornamento.

María pareció perderse en sus reflexiones, pero recuperó el hilo de su discurso.

– Esta criatura era considerada benévola por los orientales, y maléfica por los cristianos. Nosotros, que estamos a medio camino, la tenemos por otra cosa, más allá del bien y del mal.

– Creo saber de qué habláis -dijo Morgennes.

– ¡Hablo de los dragones! De este monstruo que la cristiandad, y Roma en particular, ha perseguido en todo el mundo para erradicarlo y al que los orientales han dado caza por su grasa, sus dientes, su lengua, sus escamas, sus garras o su hígado. El mundo se ha vaciado de dragones; ya no pueden encontrarse en ninguna parte. Los únicos indicios que conservamos de ellos son los contenidos en los libros, en los relatos y en algunas pinturas antiguas. Pero al estudiar los textos, me di cuenta de que san Jorge ¡no mató al dragón! Le perdonó la vida, y después de haberle pasado en torno al cuello el cinturón de la princesa a la que acababa de rescatar, lo condujo hasta el rey que le había encargado que lo venciera. Allí, el dragón fue juzgado, y luego liberado. De modo que aún vive en estos pantanos, al pie de los Montes de la Luna. Para transportarlo, necesitaba una nave fuera de lo común, de madera de gofer. Y solamente existe una embarcación como esa: el Arca de Noé. De hecho, el Arca ya había demostrado que podía contener a un dragón; lo hizo durante el diluvio. Solo ella podía resistir su aliento y sus zarpazos. Por eso, poco antes de ir a buscar este órgano del padre de Filomena, me dirigí a recuperar el Arca en lo alto del Ararat. Mientras viajábamos, los arsenales de mi tío trabajaban para poner el Arca en condiciones, lo que les llevó varios años.

Señaló el Arca de Noé y concluyó:

– Hicieron una labor excelente. Con ella, disponíamos de una embarcación ideal para viajar a la tierra de los dragones, es decir, a Abisinia. Una región que, mucho antes del islam, la cristiandad y el judaísmo, había conocido otro tipo de culto: el del Dragón. Sí, Morgennes, era una expedición insensata, lo sé; pero el móvil que la impulsaba era la gratitud, la que yo sentía hacia mi tío. Sabía que teníamos muy pocas posibilidades de éxito, pero, para conseguirlo, contaba con estos fabulosos cebos: este órgano y esta partitura.

– Deberíais seguir tocando -indicó Gargano a María Comneno-. Las últimas notas casi han dejado de resonar.

– Tienes razón -dijo María.

Volvió a tocar, utilizando las teclas menos deterioradas, aunque de vez en cuando determinados tubos dejaban escapar algunas notas falsas.

– Este órgano, como sabes, fue restaurado por el padre de Filomena. Nuestro proyecto la fascinaba, y estaba entusiasmada con la idea de participar en él.

– ¿Dónde está ella ahora? -preguntó Morgennes.

– Nos abandonó hace mucho tiempo, cuando pasamos por El Cairo. Pero me temo que, en realidad, nos traicionó mucho antes. Porque descubrí que en realidad trabajaba para los ofitas, y particularmente para uno de ellos, Palamedes. Filomena había tratado de convencerme de que le diera mi dragón, pero cuando comprendió que yo nunca cedería, prefirió sabotearlo todo.

Morgennes se levantó, se acercó a María Comneno y miró por encima de su hombro.

– Había visto esquemas que representaban el Arca, en Constantinopla -dijo-. Ya conocía el órgano. Y esta partitura tampoco me resulta desconocida… Es la que vuestro tío me pidió que robara. Se suponía que atraía a los dragones. Siempre pensé que eso era imposible.

– Hasta ahora -le dijo María- no ha atraído a ninguno.

– Entonces, ¿por qué seguís tocando?

– Porque durante nuestra desgraciada expedición, llamémosla naufragio, nos dimos cuenta de que, al atravesar estos pantanos, nuestra memoria se borraba. Ningún ser humano normalmente constituido puede alcanzar los Montes de la Luna sin perderse a sí mismo. Y como es imposible pasar por la costa oriental…

– Sin embargo, recuerdo haber consultado en Alejandría los trabajos de Marino de Tiro, que inspiraron a Tolomeo, y mencionaban estas montañas, las fuentes del Nilo y la Cola de la Serpiente. Incluso se hacía referencia a estos pantanos, aunque no a esta particularidad.

– ¡Y no es extraño! ¡Los que se arriesgaron a llegar hasta aquí lo olvidaron! En realidad, muy pocos llegaron y pudieron volver. Ciertas personas, sin embargo, acuden aquí de vez en cuando en el mayor de los secretos.

– ¿Cazadores de dragones?

– No. Artistas y cocineros.

Morgennes la miró sorprendido.

– Estas setas en forma de pequeña luna esponjosa que crecen en estos pantanos -explicó María- son muy apreciadas por los amantes del té. Cuando se hace una infusión con ellas, dan un sabor especial a esa bebida conocida como «té de los dragones», porque se supone que solo los dragones pueden ingerirla sin morir. También se dice que proporciona la inmortalidad, pero no es más que una leyenda. Nadie lo ha comprobado nunca.

Morgennes, que había bebido aquel té en Constantinopla, no hizo ningún comentario; pero ahora comprendía por qué había estado a punto de morir por tomar una simple taza de té. Lo que no comprendía era por qué había sobrevivido. Y por qué Constantino Colomán bebía ese té cada día.