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– Y así fue como Nicéforo y yo nos encontramos, unos años después de la fundación de la Compañía del Dragón Blanco. Luego, después de que el Arca fuera robada, tras un largo y sangriento asedio durante el cual perecieron muchos habitantes de los montes Caspios, me uní a la Compañía del Dragón Blanco. Le había tomado gusto a la aventura, y decidí acortar mi noche.

Gargano se volvió hacia María y explicó:

– Pensé que ya recuperaría el tiempo perdido con una corta siesta, de ocho o nueve de vuestros siglos.

– ¿Y qué sucedió con el Arca mientras la Compañía del Dragón Blanco recorría el mundo en busca de los mejores artistas?

– Varios centenares de artesanos se esforzaron en ponerla de nuevo en condiciones, en los arsenales navales bizantinos. Luego Nicéforo y yo nos dirigimos al condado de Flandes, donde nos hicieron entrega de un órgano magnífico. Había sido restaurado por una maestra de los secretos llena de talento, llamada Filomena.

– ¡Vaya fábula! -dijo María sacudiendo la cabeza-. Mi buen Gargano, me resulta difícil creerte. ¿Dices que eres una montaña? ¿Y yo fui un guapo joven que, en realidad, era la sobrina nieta de un emperador bizantino?

– Ajá…-dijo Gargano.

– Pruébalo.

– ¿Cómo?

– Vuelve a recuperar tu tamaño original.

Gargano confesó, con expresión incómoda:

– Es que… He olvidado cómo se hace. Esta larga estancia en los pantanos me ha perturbado.

María se encogió de hombros y sonrió. No le creía, aunque para Gargano no era un problema. Sin embargo, tenían que marcharse. Entonces se incorporó, la levantó delicadamente por las caderas y se la cargó sobre los hombros.

– ¡En marcha, princesa!

– ¿Adónde vamos? -preguntó María.

– ¡Al Paraíso!

Gargano estaba desconcertado por la nueva personalidad de María. Porque Nicéforo se mostraba tan emprendedor, audaz y provocador, como María -que le tuteaba- se mostraba dulce, apacible y reservada. Los dos le gustaban mucho. Pero echaba en falta a Nicéforo.

Para Gargano, la estancia en los Pantanos de la Memoria se había cobrado numerosas víctimas: Nicéforo, los habitantes de Cocodrilópolis y, desde luego, Morgennes. Caminaron, con María sobre los hombros de Gargano, durante numerosas jornadas. Una mañana, María oyó el lamento de un curso de agua, y pidió a Gargano que se dirigiera hacia él.

Habían encontrado uno de los afluentes del poderoso Nilo. Sus aguas azules arrastraban pequeñas hojas rojas y amarillas, procedentes de los árboles que crecían al pie de los Montes de la Luna.

– Sigámoslo -dijo Gargano.

Tal como le había dicho Morgennes, un poco más adelante el Nilo se hundió bajo tierra. Era una visión prodigiosa: justo antes de desaparecer, el divino río se precipitaba en una falla en forma de boca excavada en la montaña. Esta perforación, adornada en cada uno de sus flancos y en su cara principal por gigantescas estatuas de faraones, constituía la última obra construida por los antiguos habitantes de esta región. Estos habían vivido en la época en la que hombres y dragones convivían apaciblemente, antes de que los ejércitos de Roma, Atenas y Alejandría fueran a sembrar cizaña entre ellos.

Ochenta y cinco estatuas de bronce con una altura de unas veinte toesas dominaban el río recordando el poder del rey Menelik, legendario soberano de esta zona. Gargano tenía la sensación de estar jugando entre las piernas de sus primos mayores. En sus manos, pergaminos, libros e instrumentos de medición reemplazaban a las armas que se encontraban habitualmente en este tipo de estatuas; pues el poder de Menelik descansaba en la justicia y el derecho, y no en la fuerza y las armas. Heredero de la reina de Saba, conocida también en Egipto bajo el nombre de Hatshepsut, Menelik había reinado, hacía mucho tiempo, sobre Tebas y sobre Axum, y se decía que había devuelto allí el Arca de la Alianza.

Después de haber tallado una piragua en un tronco de árbol vaciado, Gargano y María remontaron este afluente del Nilo en el curso de un periplo que más parecía un viaje al Infierno que al Paraíso.

La falla se hundía en la tierra, conduciendo al Nilo a una red de canales subterráneos que parecían excavados por titanes. Las altas bóvedas se perdían en la oscuridad, y miríadas de murciélagos pasaban sobre sus cabezas lanzando chillidos. Varias veces, María -demasiado asustada para remar- se acurrucó contra Gargano, que se esforzaba en mantener la piragua a flote.

Finalmente, cuando hacía ya varias horas que navegaban contra corriente, oyeron el fragor de una cascada y se encontraron rodeados por una densa niebla. Las gotas de agua en suspensión daban la impresión de una lluvia inmóvil, de un aguacero que no caía y que no se detendría nunca.

– ¡Qué horror! -exclamó María-. ¡Moriremos ahogados!

– No, no -dijo Gargano-; al contrario, es un buen augurio.

Como no veían nada, se vieron obligados a avanzar lentamente para no arriesgarse a dañar la piragua. Al cabo de un momento tropezaron con una roca, luego con otra, y con otra más. Entonces comprendieron que habían llegado lo más lejos posible en barca. No llegarían más allá.

– ¡Bajemos! -dijo Gargano.

– Pero ¿dónde? ¡Hay agua por todas partes!

– Nadaremos. Quedaos junto a mí. Trataré de trepar por este acantilado. Tal vez haya una salida en lo alto.

Después de haberse colocado a María a la espalda y de haberla asegurado firmemente con ayuda de la cuerda que Morgennes le había dado, Gargano inició la ascensión de esta séptima y última catarata, una catarata de la que nadie había oído hablar jamás y que no aparecía en ningún mapa. Pero el agua había bruñido la piedra, lo que hacía imposible la escalada. Gargano siempre acababa resbalando, y cuando no resbalaba, era expulsado por la increíble cantidad de agua que les caía encima y que a cada instante amenazaba con tragárselos.

– ¡Es como escalar un río! -se lamentó cuando, por tercera vez, cayó al pie de la cascada espumeante.

Cada tentativa se saldaba con un fracaso. Aquella era una proeza que nadie podía ejecutar solo.

– Necesitaríamos ayuda -concluyó Gargano.

María tuvo una idea al ver a un murciélago que volaba en picado. Señalándolo, le propuso:

– Tal vez ellos podrían ayudarnos.

– ¡Excelente idea!

Luego Gargano se frotó la nariz.

– Pero ¿cómo?

– Podrían llevarnos.

– Pesamos demasiado.

– Entonces podrían llevar esta cuerda hasta la cima y atarla a una roca -dijo desatando la soga con la que Gargano la había amarrado a su espalda-. De este modo no nos costará tanto escalar.