– ¡Por la Santa Iglesia! -exclamó.
Cerró los ojos, preguntándose por qué ahora. ¿Por qué aquí, y por qué él? Pues aquel era un descubrimiento increíble, capaz de dar -por fin- un vuelco a la historia que sería favorable a los francos.
Alejandro Magno, que según la leyenda había ordenado que se fabricara la espada Crucífera siguiendo procedimientos que, incluso en sus tiempos, eran ya muy antiguos y misteriosos, había llegado en su época a Tiro. ¿Era posible que hubiera ordenado igualmente la edificación de esta extraña alcoba en forma de huevó y del edificio que ahora hacía de iglesia?
No era imposible.
Porque ¿de qué época databa? Los cimientos del edificio eran muy anteriores a la venida de Cristo, eso era evidente. En cuanto a la iglesia de Tiro propiamente dicha, había sido una de las primeras de la cristiandad. Hasta el presente, el templo había resistido bastante bien a la historia y a las inclemencias del tiempo, pero había tenido que sufrir, como todos los lugares de culto de la región, varios saqueos y tentativas de incendio. Que unos sacerdotes hubieran decidido, en otro tiempo, emparedar este nicho no tenía nada de extraordinario. Probablemente habían querido poner a buen recaudo sus tesoros.
¿Y qué tesoros eran esos? Un mapa y un libro.
El mapa indicaba el emplazamiento de la tumba del principal héroe de la cristiandad, y sin duda otras muchas cosas; en cuanto al libro…
– Bah -se dijo Guillermo volviendo a abrir los ojos, con una leve sonrisa en los labios-. Más tarde tendremos todo el tiempo del mundo para estudiarlo en detalle.
Siempre que encontrara un medio de resistir a las llamas… Enseguida volvió a pensar en Morgennes y recordó que yo le había contado cómo había cogido, en Arras, un espetón al rojo.
El único problema era que Morgennes estaba muerto.
En ese momento un ruido de cascos de caballos y de puños golpeando contra la puerta resonó en el scriptorium. Guillermo se volvió precipitadamente y corrió hacia la entrada.
– Sellad esta puerta -ordenó a los acólitos que habían ido a interesarse por su suerte-. ¡Que la vigilen día y noche! Y que nadie entre en esta habitación bajo ningún pretexto.
Hablaba, claro está, de su scriptorium. El asunto era demasiado grave para confiarlo a un subordinado. Sobre todo, debía informar al rey.
¡Y rápido!
Por eso, a pesar de su dolor y con gran sorpresa de sus administrados, no dio ninguna muestra de pesar ante los habitantes de la ciudad, duramente castigados por el seísmo.
Y llegados a este punto, mientras Guillermo cabalga a galope tendido hacia el Krak de los Caballeros, donde el rey se ha refugiado -mientras desinfectan su palacio-, se impone un paréntesis.
Tengo que hablaros de ese día a la vez funesto y feliz, de ese 23 de diciembre de 1169, en el que se produjeron varios acontecimientos de una importancia capital para el desarrollo de nuestra historia. Cuatro acontecimientos de los que realmente es imposible decir cuál se produjo en primer lugar, y si alguno de ellos fue la causa de los otros tres.
Antes de comentarlos en detalle, empezaré por enumerarlos rápidamente en el orden que me plazca, que será, en este caso, según el número de personas que los vivieron; de mayor a menor.
Primer acontecimiento: un eclipse. Apenas acababan de tocar a tercias cuando la luna se tragó al sol. La tierra quedó sumergida en la oscuridad durante varios minutos, durante los cuales el suelo tembló; y este es el segundo acontecimiento.
Un seísmo de una potencia considerable hizo estragos en Tierra Santa, dejando innumerables víctimas y causando terribles daños, pero respetando a una joven mamá que en ese momento daba a luz a su hijo; y este es el tercer acontecimiento.
Se desarrollaba en El Cairo, donde bajo la docta supervisión de Moisés Maimónides, Guyana sufría para traer a su hijo al mundo. Después de varios días de agotador esfuerzo, la hija de Morgennes nació por fin. Moisés Maimónides, que nunca había asistido a un fenómeno como aquel, explicó tiempo después que la pequeña Casiopea, tras haber permanecido en el vientre de su madre durante un tiempo increíble, había salido tan rápidamente que parecía que la hubiesen expulsado de un puntapié.
Cuarto y último acontecimiento: en la costa oriental, Gargano había golpeado el suelo con el pie.
Pero ¿se había producido todo esto tal vez en otro orden, y por qué no, en el inverso al que acabo de enunciar? Cada uno es libre de decidir en uno u otro sentido. Por mi parte, yo no me pronunciaré, por más que piense que Gargano sufrió la influencia de las estrellas: las de las bóvedas cuajadas de diamantes cuyos accesos acababa de sellar, conforme a la promesa hecha a los murciélagos.
Guillermo no sabía nada de estos dos últimos acontecimientos. Para él, Morgennes y Chawar estaban muertos, igual que Galet el Calvo, Dodin el Salvaje, la «mujer que no existe» y otros muchos valerosos personajes cuyos destinos se habían mezclado al del rey y al suyo propio. El único que no estaba muerto, por lo que sabía, era Palamedes, ese estafador que, una vez más, había tratado de engañarles, a Amaury y a él, para lanzarles contra un Egipto ahora partidario de Saladino.
Pero siempre quedaba una esperanza. Porque Saladino no era Nur al-Din, el sultán de Damasco. Y de hecho, este último desconfiaba del joven visir, cuyo ascenso había sido demasiado rápido según su opinión y que amenazaba con eclipsar al glorioso linaje que Nur al-Din y su padre habían tardado tantos años en establecer.
«Pero si tenemos a Crucífera -pensó Guillermo-, todo puede cambiar. Si esta espada es realmente la de san Jorge y tiene los fabulosos poderes que los antiguos le otorgaban, el curso de los acontecimientos puede invertirse. Egipto aún podría ser reconquistada, siempre que se actúe con discernimiento. Con Egipto en manos de los francos, Damasco no tardará en caer. Y después de Damasco, será Bagdad. Los francos ya no tendrán nada que temer. Pero, para esto, primero se necesita un rey, un rey con una autoridad incontestable. Necesitamos a Crucífera.»
Guillermo lanzó su montura a todo galope hacia el levante. Atravesaba lo que ya era solo una sucesión de ruinas y pueblos devastados, pero no los veía. Su objetivo era el Krak de los Caballeros, castigado también con dureza por el seísmo.
Le veían pasar como una flecha, sin detenerse. Nunca un caballo había ido tan rápido. ¡Parecía el mismísimo Diablo! Los hombres se santiguaban estremeciéndose, seguros de que la tierra se había abierto solo para dejarle salir, y volvían a santiguarse cuando a su estela llegaba -un poco más tarde- un grupo de hombres enmascarados.
Estos preguntaban, en una lengua con un acento marcadamente árabe:
– ¿Habéis visto a un jinete? ¿Hacia dónde iba?