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Invariablemente los campesinos respondían tendiendo el brazo hacia el oriente, hacia el lugar donde se dirigía Guillermo. «¿Cómo es -se preguntaban los campesinos- que estos demonios no saben adónde va su amo?»

Entonces los jinetes -montados en yeguas alazanas de poca alzada, corceles rápidos muy apreciados por los musulmanes- volvían a marcharse tan rápido como habían llegado, no sin cortar antes el brazo a aquel que les había indicado el camino, mientras explicaban:

– ¡Te lo pensarás dos veces antes de indicar el camino a nadie que no seamos nosotros! ¡Y procura mantener quieta la lengua, o te la cortaremos también!

Así, el temblor de tierra y el paso de Guillermo iban acompañados, para los campesinos, de una nueva calamidad: un brazo cortado, cuando hacían falta tantos brazos.

Guillermo, por su parte, ignoraba que le espiaban. Ya hacía meses que soldados pertenecientes a una unidad de élite recientemente creada por Saladino le tenían vigilado. Esta unidad se llamaba Yazak, y a su cabeza había sido nombrado, en agradecimiento por sus numerosas hazañas, un noble y valeroso joven: Taqi ad-Din.

Taqi, acompañado por un puñado de soldados, entre los cuales se encontraba Tughril -el antiguo guardia de corps de Shirkuh-, cabalgaba tras las huellas de Guillermo, esperando que este último les condujera hasta Crucífera, que no debía caer bajo ninguna circunstancia en manos de los enemigos del islam, y menos aún en las de los ofitas.

Porque estos -aunque habían sido totalmente aplastados en El Cairo- aún tenían recursos; desde una base secreta, situada en algún lugar del desierto del Sinaí, seguían acosando a los damascenos. Lo que Saladino ignoraba, sin embargo, e ignoraba igualmente Taqi, era hasta qué punto los ofitas eran resistentes y capaces de adaptarse. Sobre todo cuando se trataba de un hijo (Palamedes) dispuesto a vengar a su padre, y sobre todo cuando ese hijo tenía en su poder a una joven (Filomena) capaz de fabricarle prácticamente cualquier artefacto, una mujer para la cual la mecánica no tenía secretos.

Guillermo tiró de las riendas de su montura. Con espuma en la boca y las patas temblorosas, su corcel amenazaba con desplomarse de agotamiento. Agitando bajo el cielo su bastón con cabeza de dragón, Guillermo esperaba que los vigías del Krak le reconocieran y le dejaran acercarse.

El Krak no parecía haber sufrido demasiado. Solo una torre se había derrumbado, provocando un corrimiento de tierras que había engullido los descubrimientos efectuados tiempo atrás pero que había revelado otros tesoros, surgidos de las entrañas del Yebel al-Teladj, y particularmente nuevas osamentas de dragones.

En medio de estas, Amaury estaba desquiciado. Gesticulaba, chillaba, hablaba sin cesar de esa leyenda de la corte del rey Arturo que pretendía que Merlín había predicho a un rey que las desgracias se abatirían sobre él mientras no se desembarazara de los dos dragones que luchaban bajo los cimientos de su castillo.

– Aquí -tartamudeaba Amaury-, no son dos d-d-dragones los que nos plantean problemas, sino decenas. Los árabes tienen toda la razón cuando dicen que el Krak es como un hueso atravesado en su garganta. ¡Esta montaña es peor que un p-p-pollo! Está infestada de huesecillos, ¿verdad, querido?

Y acto seguido dio un ala de pollo al joven chucho que tenía en los brazos. Omega IV se la zampó en un santiamén, y Alfa II, que daba vueltas ladrando a los pies de Amaury, reclamó su parte.

– ¡Majestad! -exclamó Guillermo, llevando su montura hacia el rey.

Guillermo seguía blandiendo su bastón, para que los arqueros del rey no le eligieran como diana. En esa zona se temía sobre todo a la secta de los asesinos, que cada vez se mostraban más atrevidos.

– Guillermo, ¿qué haces aquí? -preguntó Amaury al verle galopar hacia él.

– ¡Un milagro!

– ¡Una calamidad, querrás decir! -¡No, majestad, un milagro! ¡Un milagro, os digo!

Estupefacto, Amaury observó a Guillermo. ¿Acaso el anciano al que había elegido para redactar la crónica de su reino y para educar a su hijo se había vuelto loco?

A imitación de los mejores caballeros del reino, Guillermo saltó de su montura incluso antes de que se hubiera parado, pero al tocar tierra rodó varias veces sobre sí mismo, magullándose seriamente la espalda, las piernas y los hombros.

– Ya no tengo edad para estas tonterías -murmuró para sí, con el cuerpo dolorido.

El rey le ayudó a levantarse y le preguntó: -Pero ¿qué te ocurre? -¡Tenemos que marcharnos, sin demora! -¿Para ir adónde?

– A Lydda. ¡He encontrado la tumba de san Jorge! ¡Sé dónde se encuentra Crucífera!

63

No tengáis miedo.

Chrétien de Troyes,

Guillermo de Inglaterra

¿Qué es un cementerio? Un lugar en el que se duerme.

La palabra «cementerio» procede del latín coemeterium, que a su vez procede del griego koimeterion, que significa: «lugar donde se duerme». Un cementerio es, en suma, un dormitorio. No es sorprendente, por tanto, que para muchos de mis contemporáneos la muerte se asocie a un largo y profundo sueño, del que uno despertará -a elección-: cuando (1) Él vuelva, (2) para salvar a la patria, (3) en el fin de los tiempos, o bien también, aunque esto es menos glorioso, (4) porque un nigromante le ha forzado a hacerlo. Y no es extraño tampoco que numerosos soberanos hayan deseado que su último dormitorio rivalizara en belleza con los espléndidos palacios en los que se desarrolló su vida.

Así, de las pirámides de Egipto al Santo Sepulcro, pasando por las vastas necrópolis de Roma y los túmulos funerarios de Inglaterra, la historia está plagada de ejemplos de sepulturas mucho más hermosas que las viviendas ordinarias.

Porque el más allá de los reyes es más valioso que el hoy de los campesinos.

Y después de todo, ¿por qué no? ¿Qué hay de indecente en querer desafiar al tiempo? Contemplando estos monumentos, el pueblo admira su porvenir, lo que le sobrevivirá. Los faraones han muerto, pero sus tumbas siguen ahí. Jesús sucumbió, pero la tumba donde lo enterraron -brevemente, es cierto- puede visitarse.

Otros no tienen tumba. Lógicamente, su fallecimiento es objeto de debate. Porque estar muerto es ser colocado en una tumba, y a la inversa. Así ocurrió con el aterrador califa de Egipto al-Hakim, o con ciertos imanes adorados por los chutas. Para vivir siempre, al menos de forma legendaria, es preciso abstenerse de ser enterrado.

Desaparezcamos.

O mejor, compartamos el destino de Alejandro Magno, para quien Tolomeo construyó una tumba prodigiosa que debía conservar sus restos y que nadie ha llegado a descubrir.