¿Qué hay más hermoso que una tumba imaginaria?
¿Una muerte imaginaria?
Amaury galopaba al frente de sus caballeros, con Guillermo y Alexis de Beaujeu pegados a sus talones, tras los cascos de Passelande. Desde que había probado su féretro en el Santo Sepulcro, el rey estaba buscando un epitafio. Algo como: «Duermo. ¡D-d-dejadme en paz!».
Pero ir por fin a hollar la tierra de la tumba de san Jorge, ¡eso sí que era excitante!
– ¡Oh, qué c-c-contento estoy! -gritó al paisaje, sin preocuparse por los campesinos con un brazo cortado con los que se cruzaba a intervalos regulares-. ¡Apresurémonos! -exclamó espoleando a Passelande.
Alexis de Beaujeu, que montaba a Iblis, era el único que no se había distanciado, a pesar de la edad avanzada del semental que le había ofrecido Morgennes. El resto de los caballeros, debido al peso de sus armaduras, al agotamiento de sus corceles, o a ambas cosas a la vez, desaparecían poco a poco en el horizonte, ocultos por las nubes de polvo que levantaban Passelande e Iblis.
– Majestad -dijo Alexis de Beaujeu a Amaury, una vez que lo hubo alcanzado-, deberíais reducir la marcha.
– ¡Vaya idea! -exclamó Amaury-. ¿Y eso por qué?
– No querréis llegar solo a esta tumba, ¿verdad?
– ¿Temes que pueda ofender a san Jorge?
– No, majestad. Solo temo por vuestra vida. Esta región está atestada de espías; no me gustaría que esa tumba fuera, además de la de un santo al que adoro, la de mi soberano.
– Gracias, mi buen Alexis, pero esta «tumba», como dices, es demasiado hermosa p-p-para mí. No moriré en ella, lo sé.
– Sire…
– Además, no es una «tumba», sino un sepulcro.
– Perdón, sire, no comprendo…
– Una «tumba», mi querido Alexis, es buena para el c-c-común de los mortales. Para ti, para mí, una tumba no es más que un cartel sobre un agujero. ¡En cambio, un «se-p-p-pulcro»…! ¡Eso da fama a un hombre! Un sepulcro es un monumento.
Alexis no estaba seguro de haber captado el matiz. Sobre todo no entendía por qué el rey se consideraba tan poco digno de un sepulcro -si era mejor que una tumba.
Luego pensó en Morgennes, cuyo caballo montaba, el caballo que en otro tiempo había sido la montura de Sagremor el Insumiso. Ese mismo Sagremor que, hacía mucho tiempo, casi en otra vida, había sido su señor. El primer caballero al que había servido. «Qué lejos queda todo esto -pensó Alexis-. Qué lejos están los tiempos en los que, mientras lloraba sobre la tumba de mis padres, un fantasma se me apareció para ordenarme que fuera a Tierra Santa.»
Alexis había partido al instante, renunciando a todo. Incluida su herencia. Como primogénito debería haber recibido de su padre un dominio soberbio, una veintena de burgos, vastos bosques abundantes en caza y una decena de lagunas. Sin embargo, lo había abandonado todo y lo había dejado en manos de su hermano menor; aunque más tarde había descubierto que el fantasma era su propio hermano.
Este se había ocultado bajo una sábana y había sabido encontrar las palabras para enviarle a la cruzada, apartándole así de la sucesión. «Qué importa eso -se decía Alexis-. Dios me quería en Tierra Santa. Y ese fantasma, aunque fuera falso, fue el medio que Dios empleó para darme a conocer Su voluntad. Todo está bien.»
En realidad, aparte de Guillermo de Tiro, nadie comprendía mejor a Amaury que Alexis. Pero los dos hombres raramente tenían ocasión de conversar, y ahora aún menos que antes, desde que Alexis de Beaujeu habían entrado en la Orden de los Hospitalarios y le habían destinado al Krak.
Después de varias horas de agotadora cabalgada, la pequeña tropa llegó a las inmediaciones de Lydda. La ciudad había sufrido mucho, como toda la región, por el terremoto. Las fallas habían abierto varios bosquecillos en dos, derribando los árboles y escupiendo finas nubes de polvo al aire seco de finales de diciembre. No se podía respirar sin toser, y durante varios días una tenue película, mezcla de arena y ceniza, se depositaba sobre todo. Habría que esperar al mes de marzo para que una lluvia torrencial lavara aquel desastre. Mientras tanto parecía que estuvieran ante el fin del mundo, con una sensación de sucio, reforzada por la expresión afligida de los miserables con los que se cruzaban por el camino.
Gentes que tendían los brazos para reclamar un pedazo de pan, unos granos de trigo. El alimento del ganado -la cebada y el mijo- era para ellos un verdadero festín. Viendo que se atiborraban con el pienso de los animales, conmovido por su miseria, Amaury ordenó que les entregaran la ración de los caballos.
Finalmente entraron en Lydda, donde se veían casas derruidas y una larga fisura que se extendía desde los arrabales hasta los primeros edificios de la ciudad.
– Es aquí -dijo Guillermo de Tiro, que trataba de hacer coincidir los recuerdos del mapa visto en su scriptorium con lo que tenía ante los ojos.
– Creía que los antiguos nunca construían sus sepulturas dentro de las ciudades -se sorprendió Amaury.
– Así era -dijo Guillermo-. Como dijo Platón: «En ningún lugar las tumbas, tanto si el monumento funerario es considerable como si es mínimo, deben ocupar un emplazamiento que sea propio de la cultura». Pero la ciudad ha crecido. Y además, a la muerte de san Jorge, los cristianos que le habían tratado prefirieron inhumarle ad sanctos, es decir, en el propio seno de la iglesia de Lydda.
Ahora bien, la primera iglesia de Lydda había sido construida sobre los cimientos de un antiguo templo dedicado, como la gran mezquita de Damasco, a Zeus o Júpiter. Alejandro Magno había ordenado que lo edificaran, para de ese modo asegurarse la ayuda del poderoso rey de los dioses. Una buena idea, sin duda, porque en menos de un año Alejandro había conquistado Oriente.
– ¡Es aquí! Mirad -dijo Guillermo.
Realmente se tendría que estar ciego para no ver la pequeña abertura que se recortaba en la tierra, como una fina raja en medio de la capa de cascotes. Lo que había sido enterrado por los años acababa de salir a la luz debido al terremoto. La hendidura parecía el rastro dejado por la quilla de un barco que abandonara la playa para hacerse a la mar. A uno y otro lado, una doble muralla, constituida por las casas que se habían derrumbado, la bordeaba. De pie en los bordes de la llaga, la multitud miraba al rey y a sus hombres, que avanzaban a caballo.
Todo estaba silencioso. Ni siquiera se escuchaban los relinchos de los caballos. Desde lo alto de su funesto pedestal, los habitantes de Lydda se preguntaban qué nueva desgracia acarrearía esta profanación. Viejas locas de mirada huraña seguían al rey, con la baba en los labios, murmurando imprecaciones.
Amaury, que avanzaba bajo sus miradas, no dio orden de ahuyentarlas.
¿Cuánto tiempo hacía que se mantenía apartado de las mujeres? Contó con los dedos. Uno, dos, t-t-tres… Hacía seis años que había pedido que las mantuvieran alejadas de él. Y ahora de nuevo volvía a ver a algunas. Sentía lástima por ellas. Y sobre todo, él mismo se sentía miserable. «Solo he reinado sobre medio reino. Solo soy medio rey.»