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Lanzó un profundo suspiro y llegó a la entrada del mausoleo. Un círculo de piedra sellaba la abertura. En su frontón se leía: «Memento mori». Es decir, «No olvides la muerte».

Por una cruel ironía del destino, los árabes llamaban a Amaury «Mori». Así, para un rey tan desamparado como él, en este instante, esta inscripción podía leerse como un «No olvides a Amaury». ¿Sería esta su tumba?

Apoyó la mano sobre la puerta de piedra; pero no se movió.

– ¡Abrid esto! -ordenó a sus hombres, y mandó que atacaran la pesada puerta con el martillo.

Pronto esta cedió, y un estertor surgió del sepulcro. La mayoría de los habitantes que les contemplaban desde los diques de cascotes pusieron pies en polvorosa. Solo unos pocos se quedaron. No por valentía, sino por desesperación. ¿Las paredes de sus casuchas se habían mezclado con las piedras de una tumba? Pues bien, en adelante vivirían aquí. Vivirían y morirían aquí.

– ¡Crucífera, aquí estoy! -murmuró Amaury. Entró el primero en la tumba, con una antorcha en la mano.

Alexis le siguió, luego Guillermo, y luego la decena de hombres de la escolta real.

Empezaron bajando una corta escalera, cuyas paredes estaban adornadas con pinturas que representaban el combate, y luego el martirio, de san Jorge. A la izquierda, san Jorge abandonaba su Capadocia natal -esa región de montañas donde los habitantes vivían en agujeros excavados en las paredes rocosas-. Luego san Jorge se ponía al servicio de Roma, para combatir a los herejes ahí donde los encontrara. Acababa llegando a una pequeña ciudad aterrorizada por un dragón, que exigía que cada año le dieran una virgen para devorarla. Cuando ya no quedó ninguna, salvo la hija del rey, este decidió finalmente enfrentarse a él, y suplicó a san Jorge -que pasaba por allí- que venciera al monstruo.

A la derecha de la pequeña escalera se podía admirar el combate de san Jorge y el dragón, que resultaba ser una dragona. Si atacaba la ciudad, explicaba el fresco, era solo porqué sus habitantes le habían robado sus huevos y habían matado a su marido. Cegada por el dolor, la infortunada dragona solo hacía que vengarse. Cuando comprendió su desgracia, san Jorge sintió piedad, e hizo un pacto con ella. No la mataría, pero a cambio debería convertirse al cristianismo, dejar de atormentar a los habitantes de la ciudad y devolver la princesa a su padre.

La dragona aceptó el trato, y para engañar a los habitantes de la ciudad, incluso se prestó a representar una farsa en la que se la veía, como un perrito atado por una correa, siguiendo a san Jorge al interior de la población, y luego haciéndose expulsar de ella por todos los habitantes con un gran alarde de signos de la cruz. Una vez cumplida su tarea, san Jorge partió de nuevo hacia los pantanos del Lago Negro, donde vivía la dragona. Cuando volvió por segunda vez a la ciudad, les dijo a todos:

– He triunfado.

Pero solo era cierto a medias.

Más adelante, san Jorge sería torturado a causa de su religión y moriría como un mártir. Sus seguidores habían construido esta tumba, lo habían enterrado en ella, y la habían -o eso creían ellos- sellado para siempre. Porque nadie debía saber que en realidad san Jorge no había matado al dragón. Si esa información salía a la luz, podía hacerle perder su santidad.

Y para sus adoradores, nadie era más digno de serlo que él. Porque estos eran, aparte de los coptos (que creían que san Jorge había matado a su dragón), los ofitas, que sabían que le había perdonado la vida.

– Todo esto es extremadamente interesante -masculló Guillermo de Tiro-. En efecto, para Isidoro de Sevilla, un sepulcro «est quod mentem maneat».

– Habla en francés, p-p-por favor -dijo Amaury-. No hay nada más irritante que esos eruditos que se expresan en latín sin t-t-traducir. ¿Qué quieres p-p-probar? ¿Que sabes latín? Pues bien, ya lo has hecho.

– Perdonadme, sire. A veces la razón se extravía y expresa lo que ha aprendido tal como lo ha aprendido. Quería decir que un sepulcro es el lugar donde reside el espíritu, la memoria, de los difuntos. Nada tiene, pues, de sorprendente que san Jorge se nos aparezca así, en toda su verdad, en el interior de su tumba. No podría encontrarse un lugar más apropiado.

– ¡Protegeos! -gritó de pronto uno de los caballeros de Amaury.

Acababan de llegar a una gran sala, bordeada a cada lado por tres pequeñas escaleras, que conducían, cada una, a una gran puerta circular. Al pie de cada una de las seis escaleras se encontraba un gong, y cerca del gong, un pesado martillo de hierro suspendido del techo por una cadena. Si el guardia había gritado, no era a causa de esta sucesión de escaleras y de gongs, sino a causa de una docena de sombras que avanzaban silbando hacia ellos.

– ¡Muertos vivientes!

– ¡Cuidado, huid, deprisa! -gritó el caballero.

– ¡Vienen de todas partes! -bramó otro.

Uno de ellos, viendo una sombra que caminaba hacia él con el brazo tendido, desenvainó su espada para atravesarla. Pero la sombra le golpeó en el rostro con tanta violencia que su cabeza giró sobre sí misma. Así pudo ver, antes de desplomarse, cómo Morgennes entraba en la tumba, con los cabellos y la barba alborotados.

– ¡No ataquéis! -gritó Morgennes.

Alexis se volvió hacia él, sorprendido y feliz a la vez, y exclamó:

– ¡Te creíamos muerto!

– ¡Siento desengañaros!

– Pero ¿de dónde vienes? -le preguntó Amaury, estupefacto.

– ¡Del Krak, majestad! -respondió Morgennes bajando la escalera que conducía al interior de la tumba, y observando a su paso que san Jorge y el dragón le seguían con la mirada.

Como las sombras se aproximaban peligrosamente al rey, dos de los más poderosos caballeros del reino blandieron sus espadas.

– Formad un círculo en torno al rey -gritó uno de ellos.

– ¡No! -bramó Morgennes-. ¡No tengáis miedo! No son enemigas nuestras.

– ¡Traidor! -le gritó otro caballero.

Pero Morgennes se limitó a encogerse de hombros y corrió a situarse entre las sombras, a las que no parecía temer.

– Veis, él también es un muerto viviente -dijo un templario que se había cruzado con Morgennes al pie del Krak.

– No tanto como lo serás tú en breve -replicó Morgennes.