– No todas las obras son buenas -declaró el obispo-. Algunas propagan falsedades. ¡Peor aún, se burlan de Dios y de sus servidores! Comprenderéis que no pueda acogerlas aquí, bajo la piadosa mirada de san Vaast.
Una oleada de protestas se elevó de la multitud.
– ¡Mis queridos hijos, calmaos! ¡Yo no os privo del concurso! ¡No hago más que cambiar el marco!
– ¿Por cuál? -gritó una voz.
– Un poco de paciencia -dijo el obispo-. ¡Os lo explicaré. y estoy seguro de que os gustará!
Morgennes y yo intercambiamos una mirada. Como el resto de los presentes, estábamos impacientes por oír su explicación.
– San Vaast -continuó Grosseteste haciendo un gesto en dirección a la abadía- expulsó en otro tiempo a los lobos y eliminó los espinos que se habían apoderado de esta iglesia. ¡Pues bien, ahora me toca a mí expulsar desde hoy a esos lobos y espinos que son los juglares y los trovadores!
– ¡No le gustan los juglares! -siseé entre dientes.
– ¿Y qué importa eso?
– Es un poco fastidioso. Había previsto un número que… ¡Pero ya lo verás! Es una sorpresa.
– ¡En consecuencia -prosiguió Grosseteste-, el concurso tendrá lugar en el cementerio!
Un rumor de desaprobación se propagó entre la multitud.
– En el cementerio judío -precisó el obispo.
Salva de aplausos. ¡Vivas y bravos! Algunos silbaban entre dientes y luego se llevaban los dedos a la boca para silbar más fuerte aún.
Noté que me ardían las mejillas. La cabeza me daba vueltas. Me sentía mal.
– Vámonos -le dije a Morgennes.
– ¿El cementerio judío? Pero ¿por qué? No comprendo…
Un hombre, que llevaba un niño a la espalda, le explicó:
– Porque es grande y está bien situado. El público puede sentarse sobre las tumbas. Se estará fresco. Y no se molestará a nadie. En fin, a nadie importante.
El individuo se alejó hacia la sinagoga, junto a la que se encontraba el cementerio judío.
– ¿Qué hacemos? ¿Le seguimos? -preguntó Morgennes.
Pero yo no le escuchaba.
– Siempre es lo mismo -dije-. ¡Cuando hay que meterse con alguien, siempre les toca a los judíos! ¿No están cansados ya de esto?
Pero ¿y el concurso?… ¿Dejarás ganar a Béroul? ¿O a Gautier de Arras?
Yo no sabía qué responder. Bajando los ojos hacia Cocotte, me Pregunté: «¿Vale la pena por una gallina? ¿Y si vuelvo a quedar segundo? Y aunque quedara primero, ¿debo participar en esto?».
Algunos estudiantes nos adelantaron riendo.
– ¡Qué buena idea! -exclamó uno de ellos.
Encolerizado, le espeté:
– ¿Ah, sí? ¿Eso te parece? ¡No veo qué tiene de bueno organizar un concurso en un cementerio!
– No es peor que en una iglesia -replicó otro.
– Además, yo hablaba de otra cosa -me dijo el joven al que había increpado.
– ¿De qué hablabas? -le preguntó Morgennes.
– ¡De la recompensa! -respondió el estudiante, con los ojos brillantes-. Este año será…
– ¡Excepcional! -dijo un segundo estudiante.
– ¡Increíble! -dijo un tercero.
– ¡El ganador recibirá un frasco de la Santa Sangre!
– ¡La sangre del propio Jesucristo!
– ¡Traída de Tierra Santa por Thierry de Alsacia!
– ¡Un frasco de la Santa Sangre! ¡Es extraordinario! -dije-. ¡Qué premio! Pero ¿dónde la encontró el conde?
– ¡En casa de Masada! Ya sabéis, el célebre comerciante de reliquias.
– Masada -repitió Morgennes.
Aunque oía aquel nombre por primera vez, por alguna razón que no conseguía explicarse, la palabra resonaba de un modo extraño en su mente.
– Masada -repitió una vez más Morgennes-. Masada…
– ¿Le conoces?
– No. Sin embargo, este nombre me suena de algo.
Los estudiantes se habían ido. Habían doblado la esquina, y en la alameda solo una nubecilla de polvo que flotaba en el aire daba testimonio de su reciente paso.
– Ven -dije a Morgennes-.Vayamos al cementerio.
– ¿Has cambiado de opinión?
– Sí. No podemos dejar escapar un tesoro como ése. ¡Un frasco de la Santa Sangre! ¡Pero si es mejor que la gloria! ¿Te imaginas lo que supondría en Saint-Pierre de Beauvais? ¡Acudirían miles de peregrinos, con los denarios que eso lleva consigo! ¡Hay que ganar! ¡A cualquier precio!
«Canciones de hilandera» y «albas» abrieron la fiesta. Luego hubo una pausa, hacia el mediodía, durante la que se entonaron algunas canciones picarescas. Entre estas, «El caballero que hacía hablar a los coños y a los culos» y «La damisela que no podía oír hablar de la jodienda» tuvieron un gran éxito y arrancaron salvas de aplausos y carcajadas estruendosas del público.
La multitud bailaba en medio de las sepulturas con tanta energía como la noche anterior en la taberna. Familias enteras habían tendido grandes paños blancos sobre las losas sepulcrales para utilizarlas como mesa. Niños recién nacidos berreaban colgados por los pañales de las estrellas de piedra. Barriles de cerveza y de vino, corderos, cerdos, salchichas, pollos y capones, se sirvieron en pleno cementerio, donde los abrieron, descuartizaron, asaron, desplumaron y devoraron. Se reía y se bebía a placer, y el buen humor reinaba en todas partes, entre los aromas de comida.
Finalmente, dos jóvenes sirvientes encargados del buen desarrollo de las celebraciones llegaron para informarnos de las últimas decisiones tomadas por el consejo. ¿Sería prohibida o censurada Cligès? ¿Y el Tristán e Iseo de Béroul? No, las dos habían sido autorizadas. Así lo habían decidido los Ardientes -la cofradía de juglares y burgueses de Arras-, que contaban con el poderoso respaldo del conde y la condesa de Champaña y de Thierry de Alsacia, los padrinos de la fiesta.
– Vivimos en una época extraña -le dije a Morgennes-. Yo también hablo de la verdad, al menos tanto como la Biblia. Y aunque es posible que no sea la verdad de la historia, ni la de la Iglesia, sin duda es la de los sentimientos. Y no pienso que sea la menos importante…
Hacia el final de la tarde, Gautier de Arras abrió la parte del concurso reservada a las obras «en romance», en la que declamó las últimas páginas de Eraclio -la obra que le había permitido llevarse la victoria hacía cuatro años-. Un capítulo particularmente conmovedor narraba el célebre episodio en el que el barco de santa Elena quedó atrapado en la tempestad y, para salvarse, la madre del emperador Constantino sacrificó a las aguas tumultuosas una parte de la Vera Cruz, que llevaba a Roma. Toda su vida, nos dijo Gautier, se preguntó si había hecho bien. Toda su vida la torturó una duda: «¿No debería, ella también, haberse hundido con la Vera Cruz?». Toda su vida oyó gritar a su corazón: «¡Ve hacia la cruz!».