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– Bien -dije-, si me atreviera a…

– ¡Atrévete! Te lo ordeno.

– Me apasionan los textos y las obras de todos los géneros… ¿No podría consultar vuestros libros? ¿Entrar en vuestras bibliotecas?

– ¿Nuestros libros? Pero ¿p-p-para qué?

– No solo los vuestros -precisé-, sino los de todo vuestro reino. Yo pongo en romance cuentos de aventuras, y me es muy útil rodearme de los mejores autores, para inspirarme en ellos…

– Ya veo. No es complicado. -Amaury se volvió hacia el canónigo de Acre y le ordenó-: Guillermo, muestra nuestros manuscritos a este buen monje.

– ¿Todos?

– Sí, incluidos los que mantienes a salvo de miradas indiscretas…

– Se hará como deseáis, sire -dijo Guillermo.

– ¿Y tú? ¿Qué quieres? -preguntó Amaury a Nicéforo.

– ¿Yo? Nada. Solo vuestro éxito…

– ¿Es decir…? P-p-perdóname, joven amigo, pero desconfío de los que quieren mi bien.

– Sin embargo, majestad, eso es justamente lo que más deseo: vuestro bien.

– ¿Cuál? ¿El que significará unir Egipto al reino, o bien el de verme en los b-b-brazos de una mujer?

– Ambos, amado rey -concluyó Nicéforo con una sonrisa enigmática.

– Bien, haré t-t-todo lo que esté en mi mano por satisfacerte. Y tú, mi buen, emm…, soldado, monje, comediante… En fin, tú, el del cráneo más o menos tonsurado, ¿qué deseas?

La pregunta iba dirigida a Morgennes, que se tomó tanto tiempo para responder que todos los que estaban a su alrededor se impacientaron.

– ¿Y bien? -dijo el rey-. ¿Tan complicado es?

– Sire, por favor -dijo Morgennes-. ¡Hacedme caballero!

– ¿Caballero? ¿Pero por qué d-d-demonios un clérigo que ronda la treintena querría hacerse caballero?

– Tengo mis razones -dijo Morgennes-. Por otra parte, solo tengo veinticuatro años.

– ¡Entonces tenemos casi la misma edad! Pero eso no te hace más digno de llevar las armas… ¿Has sido ya el escudero de alguien?

– Nunca.

– ¿Y tu linaje? ¿Es noble acaso?

– Lo ignoro, majestad.

– Probablemente no, entonces. Porque unos orígenes nobles no se olvidan. ¡Se proclaman!

Amaury se apartó de Morgennes, dejó en el suelo a uno de sus bassets y se alejó mascullando:

– P-p-problema solucionado…

– Pero sire…

El rey se detuvo, encendido de cólera:

– Escucha, tal vez tu p-p-padre fuera un caballero, y en ese caso, en virtud de las normas en uso entre nosotros, tienes hasta los t-t-treinta años para ser armado caballero tú también. Después de lo cual, volverás a convertirte en un rusticus. O dicho de otro modo, en un desharrapado, un destripaterrones…

Algunos hombres rieron burlonamente. Pero Amaury les ordenó callar.

– ¡Un campesino! Tenemos necesidad de ellos…

– ¡Sire -insistió Morgennes-, ponedme a prueba, y veréis que merezco ser armado!

– Cualquier otro, en tu lugar, ya habría renunciado. Escucha, tu d-d-determinación me complace, pero no se p-p-puede cambiar el hecho de que nunca has sido escudero y de que t-t-tus orígenes son, como mínimo, dudosos. De modo que te p-p-propongo esto: ¡el día que mates a un auténtico d-d-dragón, con escamas, g-g-garras y fuego, ese día te armaré caballero!

– ¡Sire, es un gran honor! -se lo agradeció Morgennes.

Dirigiéndose a su corte, Amaury declaró:

– Vosotros sois testigos. ¡Si este individuo me trae la prueba de que ha matado a un d-d-dragón, le armaré caballero al momento!

Algunos rieron. Otros no. A decir verdad, nadie sabía si los dragones existían. Había rumores que afirmaban que en Egipto se encontraban serpientes tan enormes que tal vez habían sido concebidas por dragones.

– Si su alteza me lo permite -intervino entonces el senescal de Amaury-, para matar a una criatura como esa hay que estar bien equipado… Este hombre no puede partir a la aventura enfundado en una armadura de tela y armado con una espada de madera… Necesita una buena y recia coraza y una espada de buen metal.

– ¿Qué propones? -preguntó el rey.

– Me han informado de que Sagremor el Insumiso, ese caballero que os faltó al respeto hace poco, se encuentra por aquí… Su armadura tiene una magnífica corladura y su espada está bien bruñida. Tal vez aceptaría separarse de ellas para dárselas a Morgennes, si este las reclamara cortésmente.

– Extraña idea -dijo Amaury-. Pero, después de todo, ¿quien dice «caballero» no dice también «p-p-pruebas»?

El rey se volvió hacia Morgennes, que mantenía la cabeza humildemente baja, y sentenció:

– T-t-te autorizo a ir a ver a Sagremor el Insumiso. Lo reconocerás por su armadura corlada. Le dirás que te he autorizado a c-c-coger sus armas…

– Iré sin demora -dijo Morgennes antes de salir.

Mientras el rey se disponía a preguntar a Gargano y a Filomena lo que deseaban en recompensa por su éxito, yo salí a buscar a Thierry de Alsacia, cuya desaparición me inquietaba cada vez más.

La atmósfera asfixiante que reinaba en el interior de la sala donde se había desarrollado el espectáculo dio paso al agradable frescor del mes de febrero hierosolimitano. En el patio de la ciudadela de David se apretujaba una multitud tan densa que no se podía dar un paso. Todo tipo de gentes, villanos y nobles, laicos y religiosos, se abrían paso a codazos para ver al nuevo rey. Entre ellos, Morgennes divisó una mancha rojiza que se desplazaba sobre un caballo blanco y se dirigió hacia ella.

– ¡Eh, vos!

El hombre que llevaba la armadura rojiza se volvió hacia Morgennes:

– ¿Qué quieres? -gritó.

– ¡Vuestra armadura, y también vuestra espada, si no tenéis inconveniente!

– ¿Y si lo tengo?

– ¡Las necesito!

– ¡Ven a buscarlas!

El caballero espoleó a su montura y la lanzó a través de la multitud sin preocuparse por evitarla. Un muchacho que no había tenido tiempo de apartarse, habría sido pisoteado por los cascos del caballo si un hombre no se hubiera lanzado sobre él para ponerle a salvo.