Mientras tanto, Morgennes se había plantado con firmeza sobre sus pies, había apretado los puños y no perdía de vista la cabeza del corcel. Cuando el caballo estaba ya a punto de derribarlo con su pecho, giró sobre sí mismo y le lanzó un vigoroso puñetazo en la frente. El semental acusó el golpe, se balanceó durante una fracción de segundo y luego se derrumbó sobre las losas del patio, inconsciente.
El caballero, caído en el suelo, estalló de rabia.
Morgennes le dio tiempo a levantarse, bajo las miradas estupefactas de los espectadores.
– ¡Sacrilegio! -aulló su oponente incorporándose-. ¡Esa no es forma de pelear entre hombres! ¡Saca tu arma!
El caballero desenvainó su espada y estuvo a punto de cortarle la cabeza, pero Morgennes había retrocedido justo a tiempo, de modo que el arma solo le hizo un pequeño corte en la garganta.
– ¡Bribón! -gritó el Caballero Bermejo-. ¡Espera y verás!
La multitud había formado un círculo en torno a ellos, sorprendida por este combate que enfrentaba a un caballero aguerrido, equipado con una soberbia espada, con un villano cuya armadura estaba hecha de tela basta y cuya única arma eran sus puños.
– ¡Guardias! -gritó alguien.
– ¡Detenedlos! -gritó otro.
Pero el senescal de Amaury llegó justo a tiempo para decir:
– ¡No os mezcléis en esto! Que la derrota del uno confirme la victoria del otro. ¡Y hasta entonces, golpes, sudor y sangre!
Morgennes observó a su adversario, buscando un punto flaco. Aparentemente no había ninguno, excepto la cabeza, que llevaba descubierta. De modo que esperó a que el Caballero Bermejo levantara su pesada espada en el aire para lanzarse contra él. Allí, pegado a su enemigo, estaría a salvo de los golpes, ya que para descargarlos necesitaba mucho más espacio del que él le concedía. Pero no por nada Sagremor era conocido como «el Insumiso», y cuando Morgennes se encontró debajo de él, en lugar de golpearle con la hoja de su espada, le descargó la empuñadura contra el cráneo. Morgennes retrocedió, aturdido, sujetándose la cabeza con las manos y lanzando gemidos de dolor. Tenía que reaccionar rápidamente, porque la espada de Sagremor volvía a alzarse hacia el cielo, y esta vez el filo no erraría el objetivo. Contando con que su enemigo no esperaría que repitiera la misma maniobra, Morgennes se lanzó de nuevo contra el caballero, lo sujetó por la cintura y lo levantó en el aire para hacerle bascular hacia atrás. Sagremor se vio obligado a soltar su arma, que chocó con gran estrépito contra el suelo.
– ¡Traidor! ¡Cobarde! -aulló Sagremor el Insumiso, indignado por la forma de combatir de su adversario.
Entonces Morgennes lo propulsó a lo lejos entre la multitud, que se apartó ante aquel insólito proyectil. Sagremor rodó como un tonel de hierro varios pies, en medio de un estruendo metálico, y luego se detuvo. Morgennes se acercó, dejó que se levantara y luego lo molió a puñetazos; descargó sobre él más golpes que los que da un herrero a la hoja que está forjando.
– ¡Tu armadura! ¡Tu espada! -dijo Morgennes.
– ¡Son mías! -gritó Sagremor, lleno de contusiones.
Morgennes le sujetó por el cuello y se acercó a su cara:
– Tu rey me las ha dado -dijo-. ¡No quiero matarte, pero si tengo que dejarte inconsciente para sacarte tu caparazón, lo haré!
De vez en cuando le lanzaba un puñetazo al mentón, para que sus dientes entrechocaran.
– ¡Piedad, dejadme! -suplicó Sagremor de rodillas.
Morgennes dejó de golpearle y le tendió la mano para ayudarle a levantarse. Sagremor, con la boca ensangrentada, escupió algunos dientes, se frotó el mentón e imploró a Morgennes:
– ¡Dime cholo chi mi caballo aún echtá vivo!
Sin pensar ni por un instante que Sagremor pudiera atacarle a traición, Morgennes le dio la espalda y buscó al caballo con la mirada. Finalmente lo encontró, aparentemente recuperado ya que estaba plantado sobre sus cuatro patas; ya se volvía hacia Sagremor para comunicarle la feliz noticia, cuando le vio -literalmente- perder la cabeza, que se desprendió de sus hombros y rodó por el polvo.
¿Qué había ocurrido?
– Iba a golpearos por la espalda -dijo a Morgennes el individuo que, al iniciarse el combate, había salvado la vida del muchacho contra el que Sagremor había lanzado su montura.
– Gracias -dijo Morgennes-. Os debo la vida…
El hombre limpió tranquilamente su espada, brillante de sangre, en la capa del difunto, y la devolvió a su vaina.
– Bah, no es nada… Entre aprendices de caballero tenemos que ayudarnos, ¿no?
Luego, señalando la armadura de Sagremor, añadió:
– Naturalmente está un poco abollada. Pero un buen herrero os la reparará sin problemas.
– ¿Con quién tengo el honor de hablar? -preguntó Morgennes.
– Alexis de Beaujeu, para serviros -dijo el joven inclinándose.
– ¿De modo que también vos queréis ser caballero?
– Era su escudero -dijo señalando al muerto-. Y temo que tendré que esperar mucho tiempo antes de que otro caballero acepte tomarme a su servicio…
Los dos hombres intercambiaron una mirada, y Morgennes midió en toda su amplitud la deuda que acababa de contraer con Alexis. Luego, mientras se apoderaba de la armadura y de la espada de la víctima, una voz clamó en la plaza:
– ¡Ha ocurrido un desastre!
16
Si los caminos de la aventura te conducen allí,
permanece en el anonimato mientras no te hayas
medido con la élite de los caballeros de la corte.
Chrétien de Troyes,
Cligès
Llevaron un cuerpo inanimado al patio de la ciudadela. Era el del conde de Flandes.
– Tenía un pergamino apretado en la mano -informé a Morgennes.
– ¿Qué decía?
– He olvidado.
– ¿Cómo? ¿Ya? Pero ¿no lo llevas contigo? ¡Muéstramelo!
– No me has entendido. Eso era lo que había escrito: «He olvidado».
– Pero ¿a qué se refiere?
– ¿A qué? Querrás decir a quién…
Tendí a Morgennes el pergamino que había encontrado en la mano del conde.